Sremski Karlovci se asienta en la región histórica de Srem (Sirmia), la fértil franja de tierra entre los ríos Danubio y Sava que fue, ya en la Antigüedad, una de las zonas más importantes de la Panonia romana (no lejos de aquí estuvo Sirmium, una de las capitales del Imperio romano tardío). El nombre del pueblo aparece en los documentos medievales, ligado al Reino de Hungría, y hace referencia a un asentamiento a orillas del Danubio, al pie de la sierra de la Fruška Gora.
Como toda esta región, Karlovci vivió el trauma de la conquista otomana. Tras la derrota húngara en Mohács (1526), la zona quedó bajo dominio del Imperio otomano durante siglo y medio, en la frontera móvil entre el mundo turco y el húngaro-habsbúrgico. Fue una época de inestabilidad, en la que la población cambió y en la que se asentaron comunidades serbias ortodoxas que huían del avance otomano por el sur o que se movían dentro del propio imperio. La cercana Fruška Gora se llenó entonces de monasterios ortodoxos serbios, refugio espiritual de esa población.
El pueblo no tendría mayor relevancia hasta finales del siglo XVII, cuando la historia de Europa central cambió de rumbo y Karlovci, por una de esas casualidades de la geografía y la diplomacia, se convirtió de pronto en un nombre conocido en todas las cancillerías del continente. Ese giro está ligado al fin de la presencia otomana en la región y al famoso tratado que lleva su nombre.
En 1683, el Imperio otomano lanzó su segundo gran asalto a Viena, y fracasó estrepitosamente. Aquella derrota marcó el comienzo del repliegue otomano de Europa central. Una coalición cristiana, la Liga Santa (formada por la Monarquía de los Habsburgo, la República de Venecia, Polonia-Lituania y, más tarde, Rusia), pasó a la ofensiva y, en una guerra de dieciséis años, fue expulsando a los turcos de Hungría y de amplias zonas de los Balcanes. Cuando ambos bandos, agotados, decidieron negociar la paz, el lugar elegido fue un pequeño pueblo a orillas del Danubio: Sremski Karlovci (Karlowitz).
Allí, entre finales de 1698 y comienzos de 1699, se reunieron las delegaciones. La tradición cuenta que las negociaciones se celebraron en un pabellón levantado para la ocasión, diseñado con cuatro puertas, una para cada delegación principal, de modo que todas pudieran entrar y salir simultáneamente y en pie de igualdad, sin que ninguna 'cediera el paso' a otra, un detalle diplomático que se ha hecho célebre. El 26 de enero de 1699 se firmó el Tratado de Karlowitz.
Las consecuencias fueron enormes. El tratado consagró la retirada otomana de gran parte de Hungría y de la región, que pasó a manos de los Habsburgo, y marcó el punto de inflexión a partir del cual el Imperio otomano dejó de ser una potencia en expansión en Europa para entrar en una larga fase de retroceso. Karlowitz fue uno de los grandes tratados de la historia europea, y el pueblo que le dio nombre quedó para siempre asociado a aquel momento. La Capilla de la Paz, erigida más tarde en el lugar, lo conmemora.
Tras la retirada otomana y la incorporación de la región a la Monarquía de los Habsburgo, Sremski Karlovci vivió su gran transformación. En el siglo XVIII, el pueblo se convirtió en la sede de la jerarquía de la Iglesia ortodoxa serbia dentro del Imperio austrohúngaro. Los serbios que vivían en tierras de los Habsburgo, muchos de ellos llegados en las grandes migraciones encabezadas por el patriarca Arsenije III Čarnojević a finales del siglo XVII, necesitaban un centro religioso propio, y Karlovci lo fue: aquí residieron los metropolitanos y, más tarde, los patriarcas de Karlovci, que dirigieron la vida espiritual de los serbios del imperio.
Aquel papel eclesiástico convirtió al pueblo en un foco de cultura y educación de primer orden. En 1791 se fundó el Liceo de Karlovci (Karlovačka gimnazija), el instituto de enseñanza secundaria más antiguo de los serbios, y en 1794 el Seminario Teológico, el primero de la Iglesia ortodoxa serbia. De estas instituciones salieron generaciones de escritores, clérigos, políticos y maestros que fueron el motor del renacimiento nacional y cultural serbio. Karlovci se llenó de iglesias barrocas, del palacio del metropolitano y de edificios señoriales, y adquirió el aire de pequeña capital eclesiástica que todavía conserva.
Por todo ello, Sremski Karlovci fue durante mucho tiempo el corazón espiritual e intelectual de los serbios que vivían al norte de la frontera con la Serbia otomana y luego autónoma. Un pueblo diminuto que, gracias a la Iglesia y a la educación, tuvo una influencia inmensa en la formación de la nación serbia moderna.
El papel de Sremski Karlovci como centro político de los serbios del imperio alcanzó su punto culminante durante la oleada revolucionaria que sacudió Europa en 1848. En aquel año convulso, mientras húngaros, alemanes, italianos y otros pueblos reclamaban derechos nacionales, los serbios de la Monarquía de los Habsburgo también hicieron oír su voz, y lo hicieron precisamente en Karlovci.
En mayo de 1848 se celebró en el pueblo la llamada Asamblea de Mayo (Majska skupština), en la que los serbios de la región proclamaron la creación de la Voivodina serbia, una entidad autónoma dentro del imperio, y eligieron a sus máximas autoridades: elevaron al metropolitano Josif Rajačić a la dignidad de patriarca y nombraron a un voivoda (líder político-militar). Fue un momento fundacional para la idea de una Voivodina serbia, el germen histórico de la actual provincia autónoma de Voivodina, y situó de nuevo a Karlovci en el centro de los acontecimientos.
La revolución de 1848-1849 desembocó en enfrentamientos armados en la región, en el marco de la compleja guerra entre húngaros, serbios y las autoridades imperiales. Aunque la Voivodina serbia proclamada en Karlovci tuvo una vida institucional breve y accidentada, su proclamación quedó como un hito en la historia del nacionalismo serbio y reforzó el papel simbólico del pueblo. Karlovci fue, una vez más, escenario de la gran historia.
Con el final de la Primera Guerra Mundial y la disolución del Imperio austrohúngaro, en 1918 Sremski Karlovci y toda la Voivodina se incorporaron al nuevo Estado yugoslavo. El pueblo perdió parte de su antiguo protagonismo político y eclesiástico (la sede patriarcal serbia se reorganizó en el marco de la Iglesia ortodoxa serbia reunificada, con centro en Belgrado), pero conservó intacto su extraordinario patrimonio barroco y su prestigio histórico y cultural. A lo largo del siglo XX, ya dentro de la Yugoslavia socialista, Karlovci mantuvo su carácter de pueblo tranquilo, histórico y volcado en la viña.
Porque, además de su historia, Sremski Karlovci siempre fue tierra de vino. Las laderas de la Fruška Gora que lo rodean están cubiertas de viñedos desde época romana, y el pueblo desarrolló una notable tradición vinícola, con el bermet como producto estrella: ese vino dulce aromatizado de receta secreta que unas pocas familias siguen elaborando y que llegó a exportarse por toda Europa. Hoy Karlovci es una parada imprescindible de la ruta del vino de la Fruška Gora, con bodegas familiares que reciben a los visitantes para catas.
Protegido como conjunto histórico y cada vez más visitado, Sremski Karlovci se ofrece hoy al viajero como una joya en miniatura: un pueblo barroco perfecto, cargado de historia serbia y europea, rodeado de viñedos y bosques, a un paso de Novi Sad. En su plaza, junto a la fuente de los Cuatro Leones, es fácil olvidar que este lugar diminuto fue escenario de tratados que cambiaron el mapa de Europa y cuna de la cultura de toda una nación. Beber de la fuente, dice la leyenda, garantiza el regreso; y pocos que visitan Karlovci no quedan con ganas de volver.