La Transfăgărășan no nació del deseo de admirar los Cárpatos ni de facilitar el turismo: nació del miedo. Su historia empieza en agosto de 1968, a cientos de kilómetros de las cumbres de los montes Făgăraș, cuando los tanques del Pacto de Varsovia entraron en Checoslovaquia para aplastar la Primavera de Praga. Rumania, gobernada por Nicolae Ceaușescu, se negó a participar en aquella invasión y condenó públicamente la intervención soviética, un gesto de independencia dentro del bloque comunista que le valió aplausos en Occidente, pero que también encendió en Bucarest un temor concreto: que la Unión Soviética hiciera con Rumania lo mismo que había hecho con Checoslovaquia.
Ceaușescu, obsesionado con la idea de una posible invasión soviética, ordenó preparar al país para resistir. Parte de esa estrategia era garantizar que el ejército rumano pudiera mover tropas y material pesado a través de la barrera natural de los Cárpatos Meridionales incluso si las rutas principales quedaban cortadas. Los montes Făgăraș, los más altos de Rumania, eran justamente uno de esos obstáculos: una muralla de picos que supera los 2.500 metros y que separa Transilvania de Valaquia. Cruzarlos con una carretera de alta montaña, por un punto inesperado, se convirtió en un objetivo estratégico. Así, de un cálculo militar de la Guerra Fría, surgió la orden de construir lo que hoy conocemos como Transfăgărășan.
Las obras comenzaron en 1970 y se prolongaron hasta 1974. Fue una empresa titánica, ejecutada en gran parte por unidades del ejército rumano y con mano de obra civil, en uno de los terrenos más difíciles imaginables: laderas casi verticales, roca dura, altitudes de más de 2.000 metros, inviernos larguísimos y una ventana de trabajo reducida a los meses de verano. Para abrir paso a la carretera se emplearon cantidades enormes de explosivos —las estimaciones hablan de miles de toneladas de dinamita usadas para volar la roca de la montaña— y se levantaron viaductos, muros de contención y el túnel de Bâlea, que con casi 900 metros es el túnel de carretera más largo de Rumania y perfora la cresta bajo el punto más alto.
El costo humano fue alto y quedó envuelto en la niebla de la propaganda oficial. Las cifras del régimen minimizaron las muertes, hablando de apenas unas pocas víctimas, pero se estima que en realidad murieron varias decenas de trabajadores y soldados a causa de las explosiones, los desprendimientos, los accidentes y las durísimas condiciones de la alta montaña. La carretera se construyó además con enormes prisas y sin la planificación técnica ideal para una vía de ese tipo, lo que explica su trazado extremo, sus pendientes y sus curvas apretadísimas. Fue inaugurada oficialmente en 1974 como la DN7C. Y entonces llegó la gran ironía: aquella carretera concebida como ruta militar estratégica no tuvo nunca un uso militar real. La temida invasión soviética jamás se produjo, y la Transfăgărășan quedó como un monumento involuntario a la paranoia de un régimen.
Más allá de su origen, la Transfăgărășan es una proeza de ingeniería que impresiona por sí sola. A lo largo de sus aproximadamente 90 kilómetros, la carretera asciende desde los valles del norte, en la zona de Cârțișoara (condado de Sibiu), hasta el collado del lago glaciar Bâlea, a 2.034 metros de altitud, donde alcanza su cota máxima antes de meterse en el túnel que la cruza al otro lado de la montaña. Desde allí desciende hacia el sur, hacia el gran embalse de Vidraru y la ciudad de Curtea de Argeș, en Valaquia.
El trazado es un catálogo de retos vencidos: curvas de herradura encadenadas que trepan por laderas desnudas, viaductos suspendidos, taludes de roca, más de 800 obras de fábrica entre puentes y alcantarillas, y el túnel de Bâlea perforando la cresta. La carretera atraviesa varios pisos de vegetación, desde los bosques de hayas y coníferas de media montaña hasta la pradera alpina pelada de las alturas, pasando junto a cascadas como las de Bâlea y Capra y lagos glaciares suspendidos en circos de origen glaciar. En la vertiente sur, el lago Vidraru —creado por una presa de arco de más de 160 metros terminada en 1966— añade otro elemento monumental al paisaje. Precisamente por su exposición y su altura, el tramo superior solo puede permanecer abierto unos pocos meses al año, de julio a octubre, cuando la nieve se retira y desaparece el peligro de avalanchas; el resto del año, la montaña recupera su silencio blanco.
Durante los años del comunismo, la Transfăgărășan fue poco más que una curiosidad remota, poco transitada y asociada al régimen que la había ordenado. Todo cambió tras la Revolución de 1989, que derrocó y ejecutó a Ceaușescu, y con la apertura de Rumania al turismo internacional en las décadas siguientes. La carretera empezó a ser redescubierta por viajeros, motoqueros y ciclistas atraídos por sus paisajes y su trazado imposible.
El salto a la fama planetaria llegó en 2009, cuando el programa británico de automóviles Top Gear grabó allí un episodio y su presentador la describió como la mejor carretera del mundo para conducir, por encima incluso de rutas alpinas legendarias. Aquella declaración, repetida hasta el infinito en internet, convirtió a la Transfăgărășan en un destino de peregrinación para los amantes del motor y en un símbolo turístico de Rumania. Desde entonces, cada verano, cientos de miles de personas suben a Bâlea en auto, moto o bicicleta, y la carretera aparece en incontables listas de 'rutas que hay que conducir antes de morir'. La otra gran ruta de montaña rumana, la Transalpina (aún más alta), se beneficia del mismo tirón. La Transfăgărășan pasó así de arma disuasoria imaginaria a joya del turismo, un giro que resume bien la historia reciente del país.
La Transfăgărășan no solo atraviesa un paisaje espectacular: pasa junto a algunos de los lugares más cargados de leyenda de Rumania. En su vertiente sur, encaramada sobre el valle del Argeș, se alza la fortaleza de Poenari, la auténtica plaza fuerte de Vlad Țepeș, Vlad el Empalador, el príncipe del siglo XV que inspiró siglos después el personaje de Drácula de Bram Stoker. A diferencia del turístico castillo de Bran, Poenari sí fue de verdad una de las residencias de Vlad, quien la reforzó —según la tradición— con el trabajo forzado de los boyardos que lo habían traicionado. Hoy se sube a sus ruinas por una escalera de casi 1.500 peldaños, con vistas de vértigo.
Los bosques que rodean la carretera son también territorio del oso pardo de los Cárpatos, cuya población en Rumania es la mayor de Europa fuera de Rusia. No es raro ver osos al borde del asfalto en los tramos boscosos, atraídos a veces por la comida que —de forma irresponsable y peligrosa— algunos conductores les dan; las autoridades insisten en no alimentarlos ni bajarse del vehículo. En el presente, la Transfăgărășan vive una tensión típica de los grandes iconos turísticos: es un motor económico para la región y un orgullo nacional, pero en pleno verano sufre atascos, aglomeraciones y presión sobre un entorno de alta montaña frágil. Recorrerla temprano, con respeto por la naturaleza y por su historia, sigue siendo una de las grandes experiencias de viaje de Europa: una carretera que nació del miedo de un dictador y que hoy regala libertad, curvas y cumbres a quien se atreve a subir hasta el lago Bâlea.