Los orígenes de San Pedro de Macorís se remontan a comienzos del siglo XIX, cuando personas que huían de la ocupación haitiana formaron los caseríos de Mosquito y Sol en la desembocadura del río Higuamo. Ambas comunidades crecieron hasta fundirse en un solo pueblo, que tomó el nombre del apóstol San Pedro y del antiguo topónimo indígena «Macorís», ligado a los pueblos macoriges que habitaban la región antes de la conquista.
Su posición sobre el Higuamo, con un puerto natural abierto al mar Caribe, sería decisiva: por allí saldrían durante décadas los barcos cargados de azúcar que hicieron la fortuna de la ciudad.
A finales del siglo XIX, inmigrantes cubanos que huían de las guerras de independencia trajeron su experiencia en el cultivo de la caña e impulsaron la industria azucarera hasta convertirla en la principal actividad de todo el este del país. A comienzos del siglo XX, ingenios como Porvenir, Angelina, Consuelo y Quisqueya llegaron a representar cerca del setenta por ciento de la producción nacional de azúcar.
El muelle de San Pedro se transformó en el puerto más importante de la República, y la ciudad vivió una época dorada de riqueza, arquitectura señorial y efervescencia cultural que le valió el apodo poético de «la Sultana del Este».
La expansión de los ingenios atrajo a miles de trabajadores procedentes de las islas inglesas del Caribe —Saint Kitts, Nevis, Anguila, Tortola—, conocidos en el país como cocolos. Su llegada dejó una huella imborrable en la cultura de la provincia: introdujeron el protestantismo, las escuelas dominicales, el idioma inglés, comidas como el yaniqueque y, sobre todo, las teatrales danzas del Guloya.
Los guloyas de San Pedro, con sus trajes coloridos, sus máscaras y sus tambores, fueron declarados por la UNESCO Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad, testimonio vivo del mestizaje afroantillano que define la identidad petromacorisana.
Ninguna otra ciudad del mundo ha dado tantos peloteros de Grandes Ligas en proporción a su tamaño como San Pedro de Macorís. La provincia es reconocida como la cuna del béisbol dominicano y ha producido más jugadores de las Mayores que muchas naciones enteras.
De sus bateyes y potreros salieron figuras como Sammy Sosa, Alfonso Soriano, Rico Carty, Pedro Guerrero, Tony Fernández y Robinson Canó. El béisbol, heredado del contacto con Cuba y los cocolos, se convirtió en la gran pasión y en una verdadera vía de ascenso social para generaciones de jóvenes de la ciudad.
Convertida en provincia y con una vida universitaria de peso —es sede de la Universidad Central del Este—, San Pedro de Macorís mantiene su carácter de ciudad portuaria, industrial y cañera, complementado hoy por zonas francas y por el turismo de la vecina costa de Juan Dolio. Su malecón sobre el Higuamo, su catedral San Pedro Apóstol y sus casonas de la belle époque azucarera recuerdan los tiempos de esplendor.
Entre el azúcar, los guloyas y el béisbol, la Sultana del Este conserva una identidad inconfundible, mezcla de trabajo cañero, herencia afroantillana y orgullo deportivo.