La costa de Puerto Plata fue avistada por Cristóbal Colón en 1493, quien quedó deslumbrado por el brillo plateado de las nubes sobre la montaña que hoy llamamos Isabel de Torres y bautizó el lugar como «Puerto de Plata». Muy cerca, en el vecino territorio, había fundado poco antes La Isabela, el primer asentamiento europeo estable del Nuevo Mundo.
La ciudad de San Felipe de Puerto Plata fue formalmente establecida a comienzos del siglo XVI por orden de Nicolás de Ovando. Su puerto natural la convirtió pronto en escala del comercio entre Europa y las Indias, pero también en blanco de contrabandistas y piratas.
Para proteger la bahía de los ataques piratas, la Corona española ordenó levantar la fortaleza San Felipe, iniciada en el siglo XVI y una de las construcciones militares coloniales más antiguas del Nuevo Mundo, hoy convertida en museo. A pesar de sus murallas, el intenso contrabando de la zona llevó al gobernador Antonio Osorio a ejecutar en 1605-1606 las llamadas devastaciones, que despoblaron por la fuerza toda la banda norte y arruinaron la ciudad durante más de un siglo.
Puerto Plata renació a mediados del siglo XVIII, cuando familias canarias repoblaron el lugar y la ciudad volvió a prosperar al calor del auge tabacalero del Cibao, cuyo tabaco salía al mundo por su puerto.
Puerto Plata es tierra del general Gregorio Luperón, uno de los grandes héroes de la Guerra de la Restauración (1863-1865), que devolvió la independencia al país tras la anexión a España. Comerciante, militar y luego presidente de la República, Luperón hizo de la ciudad un bastión del liberalismo y del progreso.
Durante la segunda mitad del siglo XIX, bajo su impulso, Puerto Plata vivió una época dorada de esplendor comercial y cultural: casas victorianas de madera, el primer alumbrado, prensa, teatro y un intenso movimiento cívico que le valió el apodo de «la Novia del Atlántico». Su estatua ecuestre preside hoy el parque central.
Puerto Plata es célebre por su ámbar, resina fósil de millones de años que aquí alcanza calidad y colores excepcionales —incluido el rarísimo ámbar azul—, exhibida en el Museo del Ámbar de la ciudad. La región es también cuna de uno de los rones más famosos del país, con destilerías de larga tradición.
Sobre la ciudad se alza el pico Isabel de Torres, coronado por una réplica del Cristo Redentor y accesible mediante un teleférico, el único del Caribe, desde cuya cima se domina toda la costa. Ámbar, ron y montaña resumen el carácter único de esta provincia norteña.
En la década de 1970, Puerto Plata fue pionera del turismo de masas en la República Dominicana: el complejo de Playa Dorada, con sus grandes hoteles frente al Atlántico, marcó el inicio de la industria que hoy sostiene buena parte de la economía nacional. Su aeropuerto internacional Gregorio Luperón y el puerto de cruceros de Amber Cove reforzaron ese papel.
Entre playas como Sosúa y Cabarete —esta última meca mundial del windsurf y el kitesurf—, su casco histórico de arquitectura victoriana y sus montañas verdes, Puerto Plata mantiene la doble condición de ciudad histórica y gran destino turístico del norte del país.