El nombre de Oxford encierra su origen más humilde. Proviene del antiguo inglés 'Oxenaforda', que significa literalmente 'el vado de los bueyes': el lugar donde el ganado podía cruzar el río Támesis por un punto poco profundo. Ese vado, en el corazón de la actual ciudad, fue la razón de ser del asentamiento, un cruce de caminos y de ríos en una llanura entre el Támesis (que aquí llaman Isis) y su afluente el Cherwell.
Hay constancia de un asentamiento en la zona desde el período sajón, probablemente desde el siglo VIII. Oxford aparece de forma destacada hacia el año 900, en tiempos del rey Alfredo el Grande y de su hija Etelfleda, cuando formaba parte de las defensas del reino de Wessex frente a las incursiones vikingas. Era uno de los 'burhs', las poblaciones fortificadas que protegían el territorio. Su ubicación fronteriza, entre los reinos de Mercia y Wessex, le dio importancia estratégica desde temprano.
Tras la conquista normanda de 1066, Oxford recibió, como tantas ciudades inglesas, un castillo: en 1071 Robert D'Oilly levantó una fortaleza de la que aún se conservan vestigios, como la torre de San Jorge y el montículo del castillo. La ciudad creció como centro comercial y administrativo. Pero su destino estaba a punto de cambiar para siempre, no por las armas ni por el comercio, sino por algo mucho más perdurable: el conocimiento. Pronto Oxford se convertiría en uno de los grandes focos del saber de Europa.
La enseñanza existía en Oxford de alguna forma desde fines del siglo XI, pero el momento decisivo llegó en 1167. Ese año, en medio de las disputas entre el rey Enrique II de Inglaterra y el rey de Francia, el monarca inglés prohibió a sus súbditos estudiar en la Universidad de París, que era entonces el gran centro del saber europeo. La medida hizo que muchos académicos y estudiantes ingleses regresaran o se concentraran en Oxford, que ya contaba con maestros y escuelas. Aquel flujo aceleró la formación de una verdadera universidad.
Así nació la Universidad de Oxford, la más antigua del mundo de habla inglesa y una de las más antiguas de Europa, solo precedida por unas pocas como Bolonia y París. No tuvo un acto fundacional único: fue creciendo orgánicamente como una comunidad (un 'studium generale') de maestros y alumnos. La tensión entre estos estudiantes —a menudo jóvenes, foráneos y ruidosos— y los habitantes de la ciudad dio origen a los famosos conflictos de 'town and gown' ('la ciudad y la toga'), que a veces terminaban en violencia.
A lo largo del siglo XIII se fundaron los primeros colegios residenciales, el modelo que definiría a Oxford: University College, Balliol y Merton. Estos colegios eran comunidades autónomas donde los estudiantes vivían, comían y estudiaban juntos bajo la tutela de los maestros, un sistema que perdura hasta hoy y que distingue a Oxford (y a Cambridge) de casi cualquier otra universidad del mundo. La universidad se convirtió pronto en un centro intelectual de primer orden, con figuras como el filósofo y científico Roger Bacon.
La convivencia entre la universidad y la ciudad nunca fue del todo pacífica en la Edad Media. Los privilegios concedidos a la universidad por la Corona y la Iglesia generaban roces constantes con los vecinos y comerciantes. El episodio más grave fue el motín del Día de Santa Escolástica (St Scholastica's Day Riot), en 1355: una disputa en una taberna por la calidad del vino desató dos días de violencia entre estudiantes y habitantes que dejó decenas de muertos. El rey falló a favor de la universidad, que obtuvo aún más privilegios sobre la ciudad: durante siglos, los alcaldes de Oxford debieron rendir un humillante homenaje anual en penitencia por aquellos hechos.
La Edad Media también convirtió a Oxford en escenario de los grandes debates religiosos e intelectuales. En el siglo XIV, el teólogo John Wycliffe, profesor en Oxford, promovió ideas reformistas y la traducción de la Biblia al inglés, anticipándose en más de un siglo a la Reforma protestante. Más tarde, en el siglo XVI, durante el convulso reinado de María I, Oxford fue el lugar donde fueron quemados en la hoguera los 'Mártires de Oxford': los obispos protestantes Thomas Cranmer, Hugh Latimer y Nicholas Ridley, ejecutados por su fe entre 1555 y 1556. El Martyrs' Memorial, en el centro de la ciudad, los recuerda.
Durante todos estos siglos, la universidad siguió creciendo y fundando colegios, consolidando su prestigio. Oxford era ya, en plena Edad Media y Renacimiento, uno de los grandes centros del pensamiento de la cristiandad occidental, un lugar donde se forjaban teólogos, filósofos y hombres de Estado, y donde las ideas podían cambiar el rumbo de la historia.
El siglo XVII colocó a Oxford en el centro de la historia política de Inglaterra. Cuando estalló la guerra civil inglesa (1642-1651), que enfrentó al rey Carlos I con el Parlamento, la ciudad se convirtió en la capital realista y en el cuartel general del monarca. Tras verse expulsado de Londres, Carlos I estableció en Oxford su corte, su consejo e incluso un parlamento propio, y la universidad —de simpatías mayoritariamente realistas— puso sus recursos al servicio de la causa del rey.
La ciudad se fortificó y se llenó de soldados, cortesanos y refugiados. Los colegios fundieron su platería para acuñar moneda con la que pagar a las tropas, y muchos edificios universitarios se convirtieron en almacenes, talleres de armas o alojamiento militar. Durante varios años, Oxford fue, de hecho, la capital alternativa del reino, hasta que en 1646 se rindió a las fuerzas parlamentarias del Parlamento, marcando un punto de inflexión en la guerra que terminaría con la ejecución del rey en 1649.
Pese a la convulsión, el siglo XVII fue también una época de gran esplendor arquitectónico y científico para Oxford. Se construyeron edificios emblemáticos como el Sheldonian Theatre, la primera gran obra de Christopher Wren, inaugurada en 1669. Y en la órbita de la universidad surgieron figuras y grupos científicos que contribuyeron a la fundación de la Royal Society. Oxford salía de la guerra como un centro del saber renovado, que en los siglos siguientes seguiría levantando algunas de las bibliotecas y monumentos que hoy definen su perfil de 'agujas de ensueño'.
La Oxford moderna tiene dos almas que conviven: la académica y la industrial. Durante el siglo XIX, la universidad vivió importantes reformas que la modernizaron y la abrieron poco a poco (la admisión de mujeres a títulos plenos no llegaría hasta 1920). Fue también el Oxford del Movimiento de Oxford en la Iglesia anglicana y de figuras intelectuales y literarias de primer orden. En 1860, el Museo de Historia Natural fue escenario del célebre debate sobre la teoría de la evolución de Darwin entre Thomas Huxley y el obispo Wilberforce, símbolo del choque entre ciencia y religión.
A comienzos del siglo XX, Oxford sumó una dimensión inesperada: la industrial. En 1913, William Morris (luego Lord Nuffield) fundó en el barrio de Cowley la fábrica de automóviles Morris Motors, que se convirtió en uno de los grandes centros de producción de coches del Reino Unido y transformó la economía y la demografía de la ciudad, atrayendo a miles de obreros. Oxford dejó de ser solo una ciudad universitaria para ser también una urbe trabajadora y manufacturera, una dualidad que perdura.
Pero si algo distingue a la Oxford del siglo XX es su extraordinaria fecundidad literaria. La ciudad y su universidad fueron hogar de los Inklings, el grupo que reunía a J. R. R. Tolkien y C. S. Lewis, que dieron al mundo 'El Señor de los Anillos' y 'Las Crónicas de Narnia' y se reunían en pubs como The Eagle and Child. Antes, Lewis Carroll había imaginado allí a su Alicia, y después llegarían escenarios de Harry Potter y novelas como las de Philip Pullman. Hoy Oxford combina su milenario prestigio académico, su pasado industrial y su aura literaria en una ciudad vibrante que sigue atrayendo a estudiantes y visitantes de todo el mundo.