Antes de ser Raiatea, esta isla fue Havai'i. El nombre no es un detalle: en la memoria de los pueblos oceánicos, Havai'i es la patria ancestral, el ombligo del mundo, la tierra de la que salieron las canoas que sembraron de gente el mayor océano del planeta. Ese mismo nombre reaparece a miles de kilómetros —en Hawái, en Savai'i (Samoa), en el Hawaiki de la tradición maorí— como un eco de este punto de partida. Raiatea no es una isla más de la Polinesia Francesa: es, para la civilización mā'ohi, el lugar donde todo empezó.
Las Islas de la Sociedad fueron pobladas por navegantes austronesios que, siglos antes de la era cristiana, remontaron el Pacífico desde el sudeste asiático y las islas del oeste (Samoa y Tonga), llevando en sus grandes canoas de doble casco cerdos, perros, gallinas y las 'plantas canoa': taro, ñame, árbol del pan, cocotero, banano. Guiándose por las estrellas, el vuelo de las aves, el oleaje y las corrientes, sin más instrumentos que un conocimiento transmitido de generación en generación, colonizaron un triángulo inmenso cuyos vértices son Hawái al norte, Aotearoa (Nueva Zelanda) al suroeste y Rapa Nui (Isla de Pascua) al sureste. En el centro de gravedad espiritual de ese triángulo, latía Raiatea.
La isla, alta y volcánica, con montañas de más de mil metros y una laguna generosa compartida con Taha'a, ofrecía todo lo necesario para una sociedad próspera: valles fértiles, pesca abundante, madera para las canoas. Sobre esa base creció una cultura jerárquica y refinada, organizada en torno a los ari'i (jefes), los sacerdotes y el culto a los dioses, con el mana —el poder sagrado que emana de los dioses y los antepasados— como principio que ordenaba el mundo. Y por encima de todos los lugares sagrados de esa cultura, se alzaba uno.
En la costa este de Raiatea, en el distrito de Opoa, sobre una punta que se adentra en la laguna, se levanta el marae Taputapuātea, el templo más sagrado de toda la Polinesia. Un marae es un recinto ceremonial de piedra, un espacio consagrado donde el mundo de los vivos se cruzaba con el de los antepasados y los dioses. Taputapuātea no era un marae cualquiera: era el marae de los marae, el centro religioso y político de la Polinesia oriental durante siglos. Su nombre suele traducirse como 'sacrificios de más allá' o 'sacrificios traídos de lejos'.
Dedicado originalmente a Ta'aroa, el creador, el complejo pasó a ser el gran santuario de 'Oro, el dios de la guerra y de la fertilidad, cuyo culto se expandió por las islas desde Raiatea. En su gran patio pavimentado de basalto, ante el ahu —la plataforma sagrada de piedra y coral—, se investía a los jefes con el maro 'ura, el cinturón de plumas rojas que era el símbolo supremo del poder, y se celebraban ceremonias que incluían sacrificios, incluidos sacrificios humanos en las ocasiones más solemnes. Sacerdotes y navegantes de todo el Pacífico se reunían aquí para intercambiar genealogías, saberes de navegación y conocimiento ritual.
Taputapuātea era el corazón de una alianza que unía islas separadas por miles de kilómetros de océano. Cuando un pueblo fundaba un nuevo marae en Hawái, en las Cook, en los Australes o en Aotearoa, llevaba consigo una piedra de Taputapuātea, de modo que el nuevo templo quedaba espiritualmente enraizado en la tierra madre. Los grandes navegantes partían de aquí y regresaban aquí. Esa red de intercambios, sin embargo, no era eterna: la tradición cuenta que, durante una gran reunión, estalló un conflicto que costó la vida a dos sumos sacerdotes, y la alianza se resquebrajó, aunque el prestigio sagrado del lugar sobrevivió. En reconocimiento de su valor universal, la UNESCO inscribió el paisaje cultural de Taputapuātea en la Lista del Patrimonio Mundial el 9 de julio de 2017, el primer bien de la Polinesia Francesa en recibir esa distinción.
Cuando los europeos llegaron a estas aguas en el siglo XVIII, se toparon con una civilización de navegantes cuya destreza no podían ni empezar a comprender. El capitán James Cook avistó Raiatea el 20 de julio de 1769, durante su primer viaje por el Pacífico a bordo del Endeavour, y la bautizó 'Ulietea'; años antes, en 1772, el oficial español Domingo de Bonechea la llamaría 'Princesa'. Pero el episodio más revelador del encuentro no fue un mapa europeo, sino un mapa polinesio.
En Tahití, Cook había embarcado a Tupaia, un sacerdote y navegante nacido en Raiatea hacia 1725, custodio del saber del marae y una de las mentes más extraordinarias que los europeos encontrarían en el Pacífico. Tupaia era arioi —miembro de la sociedad sagrada dedicada a 'Oro—, había huido de Raiatea tras las guerras con Bora Bora, y llevaba en la memoria una cartografía mental de más de setenta islas, con sus posiciones y las rutas para alcanzarlas. Dibujó para Cook una carta que asombró a los británicos: sin instrumentos, orientándose por las estrellas y el oleaje, Tupaia podía señalar en todo momento la dirección de Tahití estuviera donde estuviera el barco. Actuó además como intérprete y diplomático clave en Nueva Zelanda, donde los maoríes lo entendían porque hablaban una lengua hermana de la suya, prueba viva del origen común de todos estos pueblos. Tupaia murió de enfermedad en Batavia (la actual Yakarta) en 1770, sin volver a ver su isla.
De Raiatea era también Omai (o Mai), un joven que embarcó con los británicos y llegó a Londres, donde fue presentado en sociedad y retratado por los grandes pintores de la época, convertido en una celebridad exótica antes de regresar al Pacífico. Estas figuras encarnan el momento en que dos mundos se miraron por primera vez. Para los mā'ohi, sin embargo, la llegada europea no traería solo curiosidad y comercio: traería enfermedades nuevas, armas de fuego y una transformación religiosa que cambiaría la isla para siempre.
El siglo XIX abrió una era de cambios profundos. Los misioneros de la London Missionary Society, llegados a Tahití desde 1797 y a las Islas de Sotavento en las décadas siguientes, se propusieron cristianizar el archipiélago. Su gran aliado fue el ascenso de la dinastía Pomare: hacia 1810, Pomare II, el jefe que unificaría Tahití con armas y apoyo europeo, selló su alianza con las Islas de Sotavento casándose con Teremo'emo'e, hija de un jefe de Raiatea. Tras la batalla de Feipi (1815), Pomare II derrotó a los partidarios de la vieja religión y abrazó el cristianismo, y con él se convirtió buena parte de la población.
El efecto sobre Raiatea fue demoledor para la cultura tradicional. Alrededor de 1828, el marae Taputapuātea, corazón del culto a 'Oro, fue abandonado y sus estructuras desmanteladas; los ídolos fueron destruidos o escondidos, las ceremonias prohibidas, el tatau (tatuaje) y las danzas reprimidos por considerarse paganos. El sacerdote-navegante John Williams, de la LMS, se instaló en Raiatea y la convirtió en un centro de irradiación misionera hacia el resto del Pacífico. Las epidemias traídas por los europeos, contra las que los mā'ohi no tenían defensas, diezmaron a la población en pocas generaciones.
Y sin embargo, Raiatea no se sometió sin más. A diferencia de Tahití, que en 1842 aceptó bajo presión el protectorado francés y en 1880 se convirtió en colonia, las Islas de Sotavento —Raiatea, Taha'a, Huahine, Bora Bora, Maupiti— habían quedado protegidas de la anexión francesa por la Convención de Jarnac (1847), un acuerdo entre Francia y Gran Bretaña que reconocía su independencia. Durante décadas, Raiatea vivió como un pequeño reino aparte, con sus propios jefes, mientras Francia consolidaba su dominio sobre el resto. Esa independencia, sin embargo, tenía los días contados.
En 1887, Francia y Gran Bretaña acordaron dejar sin efecto la Convención de Jarnac, y Francia se lanzó a anexar las Islas de Sotavento. Raiatea protagonizó la resistencia más larga y tenaz de toda la Polinesia contra la colonización francesa. El 21 de abril de 1888, Francia proclamó formalmente la anexión, pero buena parte de los raiateanos se negaron a aceptarla. Bajo el liderazgo del jefe Teraupo'o, se organizó una rebelión que resistió a las tropas coloniales durante casi diez años en lo que se conoce como la Guerra de las Islas de Sotavento.
Los rebeldes se refugiaron en los valles y las montañas del interior, entre ellos las estribaciones del Temehani, y hostigaron a las fuerzas francesas en una guerra de desgaste. Francia respondió con bombardeos navales y expediciones de castigo. La resistencia solo terminó en 1897, cuando las tropas francesas capturaron a Teraupo'o; el jefe rebelde y decenas de sus seguidores fueron deportados a Nueva Caledonia, y Raiatea quedó definitivamente incorporada a los Establecimientos Franceses de Oceanía. Con la caída de Teraupo'o se apagaba la última llama de soberanía mā'ohi en las Islas de la Sociedad.
El siglo XX trajo la lenta integración de Raiatea a la Polinesia Francesa: la administración colonial, el franco, la escuela en francés, el cristianismo consolidado. La isla, alejada del centro de poder en Papeete, conservó un carácter rural y tradicional. A lo largo del siglo, la sombra de los ensayos nucleares que Francia realizó en los atolones de Moruroa y Fangataufa entre 1966 y 1996 —179 y 14 pruebas respectivamente— marcó a toda la Polinesia Francesa, alimentando el movimiento autonomista e independentista y el debate, aún abierto, sobre la salud, el medio ambiente y la reparación a las víctimas.
La Raiatea de hoy es una isla que ha reencontrado el orgullo de su historia. La segunda isla más grande de la Polinesia Francesa, con su capital Uturoa —la mayor ciudad después de Papeete—, vive de la administración, la pesca, la vainilla y las perlas de la región, el copra y, cada vez más, del turismo y la náutica. Su gran laguna protegida y su posición central la convirtieron en la capital de la vela del país: desde sus marinas zarpan los veleros de charter que recorren las Islas de Sotavento.
Pero el verdadero renacimiento de Raiatea es cultural. La inscripción de Taputapuātea en el Patrimonio Mundial de la UNESCO en 2017 fue la culminación de décadas de trabajo de asociaciones locales, como Na Papa E Va'u Raiatea, por restaurar el sitio y revivir los lazos del triángulo polinesio. En las últimas décadas, la renovación del renacimiento cultural mā'ohi —el resurgir del 'ori tahiti (la danza), del tatau, de la lengua reo mā'ohi y, sobre todo, de la navegación tradicional— ha tenido en Raiatea un punto de referencia. Canoas de doble casco reconstruidas, como las de la flota polinesia, han vuelto a partir de estas aguas rumbo a Hawái y Aotearoa, rehaciendo las rutas de los antepasados con las mismas técnicas de orientación por las estrellas.
Para el viajero, Raiatea ofrece algo que casi ninguna otra isla del país: profundidad. No es la postal de bungalows sobre el agua de Bora Bora, sino el lugar donde entender de dónde viene todo esto. Caminar por el marae Taputapuātea al amanecer, remontar en kayak el único río navegable de la Polinesia, buscar la tiare apetahi en la bruma del Temehani o cruzar en lancha a Taha'a es acercarse al alma de la Polinesia. Havai'i, la tierra madre, sigue aquí, latiendo bajo las montañas y la laguna, esperando a quien quiera escucharla.