Antes de que existiera un mapa que la llamara Nuku Hiva, esta isla ya tenía nombre y dueños. Para su gente era —y sigue siendo— parte de Te Henua 'Enata, 'la tierra de los hombres', el archipiélago que el resto del mundo conoce como las Marquesas. Los 'enata (así se llaman a sí mismos los marquesanos del norte; 'enana en el sur) llegaron a estas islas desde el oeste de la Polinesia en canoas de doble casco hace unos dos mil años, en uno de los viajes de colonización más audaces de la historia humana. Las Marquesas fueron, de hecho, una de las grandes cabeceras desde donde partieron después las canoas que poblaron Hawái, la Isla de Pascua y probablemente Nueva Zelanda.
En los valles profundos de Nuku Hiva —Taiohae, Taipivai, Hakaui, Hatiheu— floreció una civilización densa y guerrera, organizada en tribus que competían por la tierra y el prestigio. No había un reino unificado: cada valle era un mundo, con sus jefes (haka'iki), sus sacerdotes (tau'a) y sus guerreros. La arquitectura de piedra era monumental: levantaron paepae, plataformas de basalto sobre las que se alzaban las casas y los recintos; tohua, grandes explanadas alargadas para las fiestas y las danzas; y me'ae, recintos sagrados donde se celebraban los ritos, a veces con sacrificios humanos. Presidiéndolo todo, los tiki: figuras de piedra o madera, de ojos enormes y cuerpo compacto, que representaban a ancestros divinizados y concentraban el mana, la fuerza espiritual.
De esta cultura nació también el arte que haría famosas a las Marquesas en el mundo entero: el tatau, el tatuaje. En Nuku Hiva y las islas vecinas, el tatuaje cubría el cuerpo entero de los hombres de alto rango con un lenguaje complejo de símbolos geométricos que narraban linaje, hazañas y estatus. De la palabra polinesia tatau derivó el término 'tattoo' que hoy se usa en todos los idiomas. Las Marquesas son, con justicia, la cuna del tatuaje polinesio.
El primer europeo en toparse con las Marquesas fue el navegante español Álvaro de Mendaña de Neira, que en 1595, en su segundo viaje por el Pacífico en busca de las legendarias tierras del sur, avistó las islas del sur del archipiélago. Las bautizó 'Las Marquesas de Mendoza' en honor a la esposa del virrey del Perú, García Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete, que financiaba la expedición. El encuentro fue trágico: en pocas semanas, los españoles mataron a cientos de marquesanos en enfrentamientos y disparos, un anticipo brutal de lo que traería el contacto con Occidente. Mendaña, sin embargo, no llegó a Nuku Hiva ni a las islas del norte.
El grupo septentrional, donde está Nuku Hiva, permaneció ignorado por los europeos durante casi dos siglos más. Recién en 1791 llegaron dos expediciones casi simultáneas. Ese año, el capitán estadounidense Joseph Ingraham, a bordo del bergantín Hope, avistó las islas del norte y las reclamó nominalmente, poniéndoles nombres de personajes de su país; poco después llegó el francés Étienne Marchand con la nave Solide. A ellos siguieron balleneros, comerciantes de sándalo y aventureros de toda laya, atraídos por una tierra que el imaginario europeo empezaba a pintar como un paraíso sensual, mito que se alimentaría durante todo el siglo XIX.
Cada barco que fondeaba en la bahía de Taiohae dejaba algo detrás: armas de fuego, alcohol, herramientas de metal y, sobre todo, enfermedades. Los marquesanos no tenían defensas contra la gripe, la viruela, la tuberculosis o las enfermedades venéreas que llegaban en las bodegas. El contacto, disfrazado de comercio y curiosidad científica, encendió la mecha de una de las catástrofes demográficas más devastadoras del Pacífico.
En 1813, en plena guerra entre Estados Unidos y Gran Bretaña, la fragata estadounidense USS Essex, al mando del capitán David Porter, fondeó en la bahía de Taiohae. Porter buscaba una base para reparar sus barcos y aprovisionarse mientras perseguía a los balleneros británicos del Pacífico. Estableció un campamento fortificado, se involucró en las guerras entre las tribus locales —tomando partido por unas contra otras, con consecuencias sangrientas— y, con un gesto de ambición imperial, proclamó la anexión de la isla a Estados Unidos con el nombre de 'Madison Island', en honor al presidente James Madison. Fue el primer intento estadounidense de anexar territorio en el Pacífico. No duró nada: el Congreso nunca ratificó la anexión, la Essex fue capturada por los británicos poco después y Nuku Hiva volvió a quedar librada a sí misma. Pero el episodio quedó como una curiosa nota al pie de la historia colonial del océano.
Mucho más perdurable fue lo que ocurrió tres décadas más tarde. En julio de 1842, un joven marinero llamado Herman Melville desertó del ballenero Acushnet en la bahía de Taiohae, harto de la disciplina brutal a bordo, y huyó tierra adentro con un compañero apodado 'Toby'. Terminaron en el valle de Taipivai, entre los taipi, una tribu de reputación temible, donde Melville vivió cautivo y a la vez fascinado durante varias semanas, entre la hospitalidad, la belleza del lugar y el temor a las prácticas rituales de sus anfitriones.
De aquella aventura salió 'Typee: A Peep at Polynesian Life' (1846), el primer libro de Melville y un éxito inmediato que lo hizo célebre años antes de escribir 'Moby-Dick'. Mezcla de relato de viajes, crítica a los misioneros y ensueño sobre la vida 'salvaje', 'Typee' fijó en el imaginario occidental la imagen de las Marquesas como el edén del Pacífico. El valle de Taipivai, todavía verde y sembrado de antiguas plataformas de piedra, se puede recorrer hoy siguiendo las huellas de aquel joven desertor.
El mismo año de la deserción de Melville, 1842, Francia se apoderó de las Marquesas. El almirante Abel Aubert Dupetit-Thouars, que ya había forzado el protectorado francés sobre Tahití, tomó posesión formal del archipiélago y mandó levantar un fuerte en la bahía de Taiohae. Las Marquesas se convirtieron así en una de las primeras piezas del imperio colonial francés en el Pacífico, aunque durante décadas fueron una posesión marginal y descuidada, más costosa que rentable.
Con la bandera francesa llegaron con fuerza los misioneros católicos. Su empeño por convertir a los marquesanos fue también una campaña contra la cultura tradicional: prohibieron el tatuaje, las danzas, los cantos y muchos ritos, condenados como paganos, y desmantelaron la autoridad de los sacerdotes y jefes. La catedral de Notre-Dame des Marquises, en Taiohae, construida más tarde con piedras traídas de las seis islas del archipiélago, es el símbolo de esa nueva era religiosa.
Pero la tragedia mayor no fue cultural sino biológica. Las enfermedades introducidas —viruela, tuberculosis, gripe, sífilis— arrasaron a una población sin inmunidad. Las cifras son escalofriantes: se estima que en las Marquesas vivían decenas de miles de personas antes del contacto (algunas fuentes hablan de hasta 100.000 en el conjunto del archipiélago hacia 1820), y hacia 1920-1927 quedaban apenas unos pocos miles. En Nuku Hiva, valles enteros que habían albergado a tribus florecientes quedaron desiertos, con las paepae tragadas por la selva. Fue un colapso de más del noventa por ciento de la población, uno de los peores del Pacífico. Sólo en el siglo XX, con la llegada de atención médica, la población tocó fondo y empezó a recuperarse lentamente.
Que la cultura marquesana haya sobrevivido es casi un milagro. Después de un siglo de prohibiciones, epidemias y despoblación, a fines del siglo XX se produjo un renacimiento profundo, impulsado por la propia gente de las islas y por un puñado de artistas, historiadores y líderes comunitarios decididos a recuperar lo que casi se había perdido. Se restauraron sitios arqueológicos como Kamuihei, Hikokua y Tohua Koueva, se rescataron la talla en madera y piedra, la danza, el canto y el haka, y el tatuaje —prohibido durante generaciones— volvió a florecer con maestros que recuperaron los motivos tradicionales.
El motor de ese renacimiento fue el Matava'a o Festival de las Artes de las Marquesas, creado en 1987, que cada pocos años reúne a las seis islas habitadas en un gran encuentro de danzas, cantos, deportes tradicionales y ceremonias, rotando la sede entre las islas. El Matava'a no es un espectáculo para turistas: es un acto de reafirmación identitaria que devolvió el orgullo a un pueblo al que se le había dicho durante décadas que su cultura era vergonzosa. De esos encuentros salieron muchas de las restauraciones de los sitios ceremoniales que hoy visita el viajero.
Ese largo trabajo de recuperación tuvo su reconocimiento máximo el 26 de julio de 2024, cuando el Comité del Patrimonio Mundial de la UNESCO inscribió las islas Marquesas —bajo el nombre 'Te Henua Enata / Te Henua 'Enana', la tierra de los hombres— en la Lista del Patrimonio Mundial, como sitio mixto por su excepcional valor natural y cultural. Es el primer sitio de la Polinesia Francesa en obtener esta distinción. Hoy Nuku Hiva vive de la pesca, la copra, la artesanía —entre las más valoradas del Pacífico— y de un turismo pequeño y respetuoso que llega en el largo vuelo de Air Tahiti o a bordo del Aranui 5. Sigue siendo remota, montañosa y poderosa: la tierra de los hombres, que sobrevivió para volver a contarse a sí misma.