En el desierto más seco de la costa peruana, donde casi nunca llueve, la arena hizo algo asombroso: conservó cuerpos, tejidos y cráneos durante más de dos mil años, como una cámara de vacío natural. Por eso el valle de Ica guarda momias con la piel y el cabello intactos, textiles bordados que aún conservan sus colores y cráneos alargados y perforados por cirugías milenarias. Antes de ser tierra del pisco y las dunas, Ica fue el laboratorio funerario del Perú antiguo. Mucho antes de que llegaran los conquistadores, el valle de Ica fue hogar de algunas de las culturas más notables del antiguo Perú. Aquí floreció la cultura Paracas (aprox. 700 a.C. - 200 d.C.), célebre por sus textiles bordados, sus fardos funerarios y sus trepanaciones de cráneo, y más tarde la cultura Nazca (aprox. 100 a.C. - 700 d.C.), famosa por su cerámica policroma y por las líneas trazadas en el desierto vecino.
En el periodo tardío surgió además la cultura Ica o Chincha-Ica, con su propia cerámica y tejidos, antes de quedar bajo dominio inca. Todo este legado -momias, cráneos alargados, textiles y cerámica- se conserva hoy en el Museo Regional de Ica, una de las mejores colecciones arqueológicas de la costa peruana. El desierto extremadamente seco actuó como conservante natural, preservando tejidos y cuerpos durante siglos.
La ciudad española de Ica fue fundada el 17 de junio de 1563 por el conquistador Jerónimo Luis de Cabrera, con el nombre de 'Villa de Valverde del Valle de Ica'. Como tantas ciudades coloniales, se organizó alrededor de una plaza central y se repartieron tierras y encomiendas en el fértil valle.
La ubicación no era casual: el valle de Ica, cálido y soleado pero con agua de río y napas subterráneas, resultó ideal para la agricultura. Muy pronto, los españoles introdujeron la vid, y desde el siglo XVI Ica se convirtió en uno de los grandes centros vitivinícolas de la región. De esos viñedos nacerían el vino y, más adelante, el pisco.
A lo largo de su historia, Ica sufrió terremotos importantes -un riesgo de toda la costa peruana- y reconstrucciones, además de cambios de emplazamiento en sus primeros tiempos. Pese a ello, mantuvo su identidad de ciudad del desierto, el sol y el vino, que conserva hasta hoy.
Si hay algo que define a Ica, es el pisco. Cuando los españoles plantaron vid en el valle, primero produjeron vino; con el tiempo, destilando el mosto fermentado, nació el pisco, un aguardiente de uva que se convertiría en bandera del Perú. Ica es considerada el corazón histórico de su producción, con bodegas que llevan siglos en actividad.
Entre ellas destaca la hacienda Tacama, presentada como el viñedo más antiguo de Sudamérica, y bodegas tan queridas como El Catador, que mantiene la pisa tradicional de la uva y es famosa por su pisco sour. Otras como Vista Alegre, Lazo y Ocucaje completan la llamada Ruta del Pisco y el Vino, donde el visitante recorre los lagares y degusta.
El punto culminante de esta cultura es la Vendimia, la fiesta de la cosecha que se celebra cada marzo. Durante varios días hay pisa de uva descalzos en los lagares, elección de la Reina de la Vendimia, música, danzas, gastronomía y, por supuesto, mucho pisco y vino. Es la mejor época para entender por qué Ica y el pisco son inseparables.
El nombre Huacachina proviene del quechua wakay ('llorar') y china ('mujer' o 'hembra'), y significa aproximadamente 'mujer que llora'. Esa etimología es la base de varias leyendas orales que explican, en clave mítica, el origen de este pequeño oasis en pleno desierto, transmitidas de generación en generación sin un autor ni un texto único que las fije.
La versión más difundida cuenta la historia de una hermosa princesa (a veces llamada Huacca China) que se bañaba desnuda en el oasis, admirando su belleza en un espejo. Sorprendida por un cazador o un forastero, huyó despavorida hacia el desierto: los pliegues de su manto, al caer, se transformaron en las dunas que hoy rodean la laguna, y el espejo que dejó caer y se hizo pedazos dio origen al espejo de agua. Incapaz de escapar, la princesa se sumergió en las aguas y quedó convertida para siempre en una sirena, que algunos dicen que todavía puede verse o escucharse en las noches de luna llena.
Otras versiones hablan de una doncella del pueblo de Tacara que lloró la muerte de su amado, un guerrero inca caído en batalla, con un llanto tan profundo y prolongado que sus lágrimas formaron la laguna; o de la diosa Huacca China, que se bañaba en el río Ica y cuyo tocado de plumas, al caer, se transformó en el oasis. Más allá de cuál sea la versión preferida, estas leyendas reflejan el asombro que sigue generando este espejo de agua dulce en medio de dunas de hasta 100 metros, un fenómeno geológico poco común que hoy es el gran ícono turístico de la región.
La historia reciente de Ica está marcada por el terremoto del 15 de agosto de 2007. A las 18:40 horas, un sismo de magnitud 7,9 sacudió la costa central peruana durante unos 210 segundos, el más fuerte registrado en la zona en cinco décadas. Ica y la vecina Pisco fueron las ciudades más golpeadas, con una intensidad estimada de VIII-IX en la escala de Mercalli Modificada; en las semanas siguientes se registraron más de 4.500 réplicas.
El saldo fue devastador: alrededor de 600 personas fallecidas, más de 2.000 heridos y unos 432.000 damnificados en la región, con daños severos en viviendas, iglesias, colegios y comercios. El emblemático Santuario del Señor de Luren, el templo más querido de la ciudad, quedó gravemente dañado y tuvo que ser reconstruido casi por completo. El impacto económico también fue duro: miles de puestos de trabajo se perdieron en los meses posteriores al sismo, golpeando especialmente el comercio y los servicios de la zona.
El Gobierno peruano creó el Fondo de Reconstrucción del Sur (FORSUR) para coordinar la rehabilitación de la región, con un presupuesto estimado de varios cientos de millones de dólares para vivienda, salud, educación y saneamiento. El proceso fue lento y no estuvo exento de denuncias de corrupción y demoras burocráticas; casi dos décadas después, la reconstrucción sigue siendo tema de debate en la región, aunque Ica se ha levantado con nueva infraestructura, hoteles y una economía que hoy vuelve a girar en torno al turismo, el vino y el pisco.