Cutimbo nace del mismo mundo que dio origen a las grandes necrópolis del altiplano puneño. Tras el colapso de la civilización de Tiwanaku (Tiahuanaco), hacia el año 1000-1200 d.C., la región del lago Titicaca se fragmentó en una serie de reinos o señoríos de habla aimara, sociedades guerreras y ganaderas que se disputaban el control de los pastos, los rebaños de camélidos y los recursos del altiplano. Es el período conocido como de los 'señoríos aimaras' o 'reinos altiplánicos', anterior a la expansión del Imperio inca.
Entre estos señoríos destacaron los lupacas y los collas, además de otros grupos. Los lupacas, en particular, tuvieron su centro de poder en la zona occidental del lago, con capital en Chucuito, y controlaron un extenso territorio y numerosos rebaños, lo que los convirtió en uno de los reinos aimaras más poderosos. A esta esfera cultural —lupaca y colla— se vincula principalmente la construcción de Cutimbo.
Estos pueblos del altiplano desarrollaron una sociedad jerarquizada, con élites que reclamaban un estatus especial que se extendía más allá de la muerte. La necesidad de honrar y conservar a sus gobernantes y ancestros importantes, en consonancia con la cosmovisión andina, los llevó a construir monumentos funerarios visibles e imponentes: las chullpas. Cutimbo, en lo alto de su meseta, fue uno de esos grandes centros funerarios donde reposaban las élites del altiplano.
Las chullpas de Cutimbo son el legado más visible de aquellos pueblos del altiplano. Estas torres funerarias respondían a una concepción del mundo en la que la muerte era un tránsito, no un final, y en la que los ancestros importantes seguían vinculados a la comunidad y debían ser honrados con monumentos acordes a su jerarquía. En el interior de las chullpas se depositaba a los gobernantes y personajes de élite, a menudo en posición fetal y acompañados de ofrendas, alimentos y objetos para el más allá.
Un rasgo distintivo de Cutimbo es la coexistencia de chullpas de planta circular y de planta cuadrada en un mismo sitio. Esta variedad de formas constructivas, no tan habitual, sugiere distintas tradiciones, fases o jerarquías, y vuelve al conjunto especialmente interesante para el estudio de la arquitectura funeraria del altiplano. Las torres están construidas con bloques de piedra, y las de mejor factura muestran un notable dominio técnico, capaz de levantar estructuras estables y de cierta altura en un terreno expuesto al viento del altiplano.
La ubicación de la necrópolis en lo alto de una meseta o cerro testigo de cima plana no fue casual. Los lugares elevados y prominentes tenían un fuerte valor sagrado en el mundo andino, asociados a los apus (montañas-deidad) y al mundo de arriba. Colocar las tumbas de la élite en una posición tan visible y dominante reforzaba su prestigio y su conexión con lo sagrado. Cutimbo, así, era un cementerio monumental, pero también un espacio ritual que vinculaba a los muertos con el paisaje y el cosmos.
Uno de los aspectos más fascinantes y singulares de Cutimbo son los relieves tallados en algunas de sus chullpas: figuras de animales como monos, lagartos, serpientes y felinos (pumas), labradas en la piedra. Estos relieves, poco frecuentes en la arquitectura funeraria del altiplano, dan a Cutimbo un valor artístico y simbólico especial y lo convierten en un sitio de gran interés para entender la religión y la cosmovisión de los pueblos andinos.
En el pensamiento andino, los animales no eran simples figuras decorativas, sino seres cargados de significado, asociados a los distintos planos del cosmos: el mundo de arriba (hanan pacha), el mundo de aquí (kay pacha) y el mundo de abajo o inframundo (uku pacha). El puma se vinculaba al poder y al mundo terrestre; la serpiente y el lagarto, al agua, la fertilidad y el inframundo; otros animales tenían sus propios significados. Que estas figuras aparezcan en tumbas de la élite sugiere su papel en el tránsito de los difuntos al más allá, en su protección o en la afirmación de su poder y prestigio.
La presencia de monos resulta especialmente llamativa, ya que no son animales del altiplano, sino de la selva: su representación podría aludir a relaciones, intercambios o significados simbólicos que conectaban el altiplano con otras regiones y mundos. Estos relieves recuerdan que las chullpas no eran solo arquitectura, sino soportes de un complejo lenguaje religioso. Interpretarlos —idealmente con la ayuda de un guía— es una de las experiencias más enriquecedoras que ofrece la visita a Cutimbo.
En el siglo XV, el Imperio inca (Tahuantinsuyo), en plena expansión hacia el altiplano, incorporó los señoríos aimaras —lupacas, collas y otros— a su dominio. La conquista no fue inmediata ni sencilla, pero finalmente la región del Titicaca quedó integrada al imperio, con su red de caminos, su administración y su culto al Sol. Los incas, como en otros lugares, no borraron las tradiciones locales, sino que las integraron: adoptaron la costumbre de construir chullpas y aportaron su característica técnica de labrado fino de la piedra, dejando su huella también en sitios como Cutimbo.
Así, en Cutimbo se superponen tradiciones: las chullpas más toscas y antiguas de las culturas aimaras conviven con elementos de factura inca, más refinados. Esta acumulación de fases y estilos es justamente lo que hace de estos sitios funerarios del altiplano documentos tan ricos para reconstruir la historia de la región. Bajo dominio inca, Cutimbo siguió siendo un espacio funerario y sagrado, integrando el prestigio de las élites locales al orden imperial.
La llegada de los españoles en el siglo XVI cambió todo. El nuevo orden colonial impuso el cristianismo y persiguió las prácticas religiosas andinas como idolatría: el culto a los ancestros, los entierros en chullpas y los rituales asociados fueron prohibidos. Las necrópolis del altiplano quedaron abandonadas. A esto se sumó el flagelo del saqueo (el 'huaqueo'), motivado por la búsqueda de objetos de valor en las tumbas, que dañó muchas chullpas. El tiempo, los sismos y la erosión completaron el deterioro, aunque buena parte del conjunto de Cutimbo logró sobrevivir.
En la actualidad, Cutimbo es un sitio arqueológico protegido y uno de los testimonios más valiosos del mundo aimara e inca del altiplano de Puno. Sin embargo, a diferencia de la cercana Sillustani —que se convirtió en un destino turístico de primer orden, junto a la laguna Umayo y con buena infraestructura—, Cutimbo permaneció mucho más al margen de los circuitos masivos. Su ubicación en lo alto de una meseta que hay que subir a pie, su carácter remoto y la menor cantidad de servicios explican que reciba relativamente pocas visitas.
Esa misma condición de sitio poco visitado es, paradójicamente, parte de su atractivo. Quien llega a Cutimbo suele encontrarlo solitario, en silencio, lo que permite recorrer las chullpas y contemplar el inmenso paisaje del altiplano con una calma difícil de hallar en lugares más concurridos. Para los viajeros que buscan experiencias auténticas y fuera de lo común, y para los amantes de la arqueología y la fotografía, Cutimbo ofrece una recompensa especial: la sensación de descubrir, casi en soledad, una gran necrópolis del pasado.
Visitar Cutimbo, idealmente combinándolo con Sillustani, permite obtener una visión más completa y matizada de la cultura funeraria del altiplano: las distintas formas de las chullpas, los relieves simbólicos, los emplazamientos sagrados y la larga historia de los pueblos —aimaras e incas— que poblaron esta tierra de altura. Es una invitación a mirar más allá del lago Titicaca y a adentrarse en uno de los capítulos más profundos y enigmáticos de la historia del sur andino del Perú.