El nombre de un pueblo puede guardar toda una historia. Owaka, el poblado principal de los Catlins, significa en te reo māori 'el lugar de la canoa', y ese nombre revela lo que esta costa fue durante siglos: un territorio donde el bosque, el río y el mar se combinaban para sostener la vida. La madera de los densos bosques nativos era ideal para construir waka (canoas), y las desembocaduras de los ríos ofrecían el mejor acceso a los recursos del mar.
La evidencia arqueológica sitúa la presencia humana en los Catlins alrededor del año 1350, poco después de la llegada de los māori a la Isla Sur. Los primeros habitantes fueron los Waitaha, seguidos por los Kāti Māmoe y luego por Kāi Tahu (Ngāi Tahu), pueblos que a través de matrimonios y conquistas terminaron fundidos en el iwi que hoy conocemos como Kāi Tahu. Eran comunidades semi-nómades que se movían con las estaciones a lo largo de un vasto territorio, desde la Isla Stewart en el sur hasta el interior de Central Otago, instalándose sobre todo cerca de las bocas de los ríos por su riqueza de alimento.
En épocas tempranas, estos habitantes cazaban el moa, la gigantesca ave no voladora hoy extinta, que abundaba en el sur; hay yacimientos de cazadores de moa en la región. Con el tiempo, la dieta se basó en el pescado, los mariscos, las aves marinas y los recursos del bosque. Esta era una tierra profundamente habitada y conocida, con senderos, campamentos estacionales y nombres para cada cabo y cada bahía, mucho antes de que ningún europeo la llamara 'los Catlins'.
El primer contacto europeo con esta costa, como en gran parte del sur de Nueva Zelanda, llegó de la mano de la explotación marina. A comienzos del siglo XIX, cazadores de focas (sealers) recorrieron estas costas atraídos por las colonias de lobos marinos, cuyas pieles alimentaban un comercio lucrativo. Más tarde vinieron los balleneros, que instalaron estaciones costeras en varios puntos del sur y de los Catlins para procesar las ballenas que cazaban en el mar.
La región debe su nombre a este período: 'los Catlins' viene del capitán Edward Cattlin (o Catlin), un ballenero que en 1840 negoció la compra de tierras en la zona del río que hoy lleva su nombre a jefes de Kāi Tahu. Como en toda la Isla Sur, las transacciones de tierra entre europeos y māori se harían por sumas mínimas y con promesas que a menudo no se cumplieron, alimentando el largo agravio de Ngāi Tahu que recién se repararía con el acuerdo del Tratado de Waitangi de 1998.
Estos primeros europeos -foqueros, balleneros, comerciantes- formaron, como en Ōtākou y en Rakiura, comunidades mixtas con las familias māori locales, y dejaron una huella temprana en el paisaje humano de la costa. Pero la verdadera transformación de los Catlins, la que definiría su economía y su geografía durante casi un siglo, llegaría con un recurso distinto: los inmensos bosques que cubrían la región.
A partir de la década de 1860, la historia de los Catlins pasó a girar en torno a la madera. Los bosques de rimu, kahikatea, tōtara y otras especies nativas que cubrían la región eran un recurso codiciado para una colonia en expansión que necesitaba madera para construir casas, puentes, barcos y vías. En 1865 se instaló el primer aserradero, y pronto surgieron muchos más alrededor del estuario del río Catlins y a lo largo de la costa.
Colonos pioneros abrieron pequeñas granjas en los claros, y así nació el primer poblado de Owaka. La industria maderera dio forma al territorio: se abrieron caminos, se levantaron aserraderos y campamentos, y llegó incluso el ferrocarril. La línea del Catlins River Branch alcanzó Owaka en 1896, lo que provocó que el pueblo se trasladara unos dos kilómetros tierra adentro para acompañar a la estación. Durante décadas, el chirrido de las sierras y el humo de los aserraderos marcaron el ritmo de la vida en los Catlins.
Pero la explotación tenía un límite. La tala intensiva fue agotando los bosques, y a lo largo del siglo XX la industria maderera declinó, los aserraderos cerraron y el ferrocarril terminó abandonándose. Lo que quedó fue una tierra de granjas dispersas, poblados pequeños y, sobre todo, retazos de aquel bosque original protegidos en reservas: el mismo bosque que hoy, recuperándose, atrae a los viajeros que buscan cascadas y naturaleza salvaje.
Ninguna historia de los Catlins está completa sin el desastre de Waipapa Point. La costa sur de Nueva Zelanda es traicionera: arrecifes bajos, nieblas, mares bravos y, en el siglo XIX, escasa señalización. El 29 de abril de 1881, el vapor SS Tararua, que navegaba de Port Chalmers (Dunedin) rumbo a Melbourne con unas 151 personas a bordo, encalló en el arrecife frente a Waipapa Point, en el extremo oeste de los Catlins.
Lo que siguió fue una agonía. El barco quedó varado sobre el arrecife, a la vista de la costa pero fuera del alcance de un rescate efectivo. Durante horas, mientras el mar destrozaba el casco, los intentos de llegar a tierra fracasaron uno tras otro. Al final, 131 personas perdieron la vida: fue, y sigue siendo, el peor naufragio civil de la historia de Nueva Zelanda. Muchas de las víctimas fueron enterradas en un cementerio cerca del punto, que aún puede visitarse.
La tragedia tuvo una consecuencia directa: la construcción del faro de Waipapa Point, inaugurado en 1884, uno de los últimos faros de madera del país, para evitar que se repitiera semejante desastre. Hoy Waipapa Point es un lugar sereno y evocador -un faro solitario, un cementerio, leones marinos en la playa- donde el visitante se topa de golpe con una de las historias más dolorosas del sur. Es un recordatorio del precio humano que tuvo domar esta costa salvaje.
Los Catlins contemporáneos viven un renacimiento como destino de naturaleza. Lejos de las grandes rutas turísticas, la región se reinventó a partir de lo que le quedó tras la era de la madera: bosques en recuperación, una costa espectacular y una fauna extraordinaria. La panorámica Southern Scenic Route conecta hoy sus cascadas -Purakaunui, McLean-, sus faros -Nugget Point, Waipapa-, sus cuevas catedralicias y sus bahías salvajes, atrayendo a viajeros que buscan justamente lo que la región tiene de sobra: soledad y naturaleza cruda.
Sus tesoros naturales son de fama creciente: el bosque petrificado de Curio Bay, con troncos de 170 millones de años del período Jurásico, uno de los mejor conservados del mundo; los rarísimos pingüinos de ojo amarillo (hoiho) que salen del mar al atardecer; los diminutos delfines de Héctor de Porpoise Bay; y las colonias de leones y lobos marinos que reaparecieron en las playas tras casi desaparecer por la caza. Buena parte de esta fauna está protegida y en recuperación gracias al trabajo del DOC y de las comunidades locales.
Y, como en toda la Isla Sur, la presencia de Kāi Tahu sigue viva y reconocida. El acuerdo del Tratado de Waitangi de 1998 reparó los agravios históricos del iwi y reafirmó su rol como kaitiaki (guardianes) de este territorio ancestral. Los Catlins condensan así, en un puñado de bahías y bosques, varias de las grandes historias del sur: la de los cazadores de moa y las canoas de Owaka, la de los aserraderos y el ferrocarril, la del Tararua y el mar implacable, y la de una naturaleza que, protegida, vuelve a florecer para quien se anima a manejar despacio hasta el fin del mundo.