Antes de que existiera un pueblo, antes del oro y de los barcos, la desembocadura del río Hokitika ya era uno de los lugares más importantes de la Isla Sur. Durante siglos, esta costa fue el corazón del pounamu, el jade verde que solo se encuentra en la vertiente occidental de los Alpes, y cuyo nombre -Te Waipounamu, 'las aguas del jade'- bautiza a toda la Isla Sur.
La historia del pounamu se cuenta a través de Poutini, el taniwha guardián, un ser sobrenatural que recorre las aguas de esta costa protegiendo el mauri, la fuerza vital, de la piedra. Según la tradición, Poutini se enamoró de una mujer, Waitaiki, y huyó con ella hacia el sur; perseguido, la convirtió en pounamu y la dejó en el lecho del río Arahura, apenas al norte de Hokitika. Por eso el Arahura guarda el jade más fino, y por eso los māori de esta costa se llaman Poutini Ngāi Tahu, en honor al taniwha. El grupo local, Ngāti Waewae, es hasta hoy el guardián (kaitiaki) de estas tierras y de su piedra.
El pounamu no era una simple mercancía: era taonga, tesoro heredado, con nombre y genealogía propios. Se tallaba en adzes, anzuelos, armas ceremoniales (mere) y colgantes (hei-tiki, koru), y viajaba por rutas comerciales que cruzaban los Alpes hacia el este y el norte de la isla. La desembocadura del Hokitika era un centro de extracción y trabajo de la piedra, un sitio de conocimiento acumulado durante generaciones. Cuando llegaron los europeos, no encontraron un vacío: encontraron una economía milenaria del jade que ellos apenas empezaban a comprender.
El primer gran cambio no lo trajo el oro, sino un documento. En 1860, los jefes de Poutini Ngāi Tahu firmaron el llamado Arahura Deed, mediante el cual se vendía a la Corona casi toda la Costa Oeste -cerca de tres millones de hectáreas- salvo pequeñas reservas para los māori. El precio: 300 libras.
La cifra, irrisoria incluso para la época, refleja el patrón de despojo que marcó las compras de tierras en la Isla Sur. La Corona adquirió territorios inmensos por sumas mínimas y con promesas de reservas, escuelas y hospitales que en gran medida nunca se cumplieron. Ngāi Tahu pasaría más de un siglo reclamando justicia por estos tratos, en uno de los agravios más largos de la historia neozelandesa, hasta el acuerdo del Tratado de Waitangi de 1998, que reconoció formalmente las injusticias y ofreció una reparación.
Hay, sin embargo, una excepción notable en esa historia de pérdida. El pounamu -la piedra que dio identidad y sustento a estos pueblos- fue recuperado legalmente en 1997, cuando la Ngāi Tahu (Pounamu Vesting) Act devolvió al iwi la propiedad de todo el jade en estado natural de su territorio tribal. La piedra sagrada de Poutini volvió, al menos en términos de ley, a manos de sus guardianes. Es por eso que el jade auténtico que se vende hoy en Hokitika está ligado a Ngāi Tahu, y comprar en talleres serios es parte de respetar esa historia.
Todo cambió con un destello. En 1864, dos māori -Ihaia Tainui y Haimona Taukau- hallaron oro cerca del río Taramakau, y la noticia desató una de las fiebres del oro más frenéticas de la historia neozelandesa. A fines de ese año ya había unos 1.800 buscadores en la Costa Oeste, y en 1865 llegó una avalancha de mineros y comerciantes de todo el mundo. Un pueblo entero brotó de la nada en la desembocadura del Hokitika en cuestión de meses.
La cifra es asombrosa: en 1866, Hokitika era el asentamiento más poblado de Nueva Zelanda, con más de 25.000 personas, más de 100 bares y un puerto que hervía de actividad. Entre 1864 y 1867, unos 37.000 buscadores entraron por su puerto, y calles de barro se llenaron de hoteles, teatros, bancos y periódicos casi de un día para el otro. Era el corazón del boom aurífero de la Costa Oeste (el West Coast Gold Rush), una sociedad instantánea, cosmopolita y caótica, con una fuerte presencia irlandesa que dejó su huella hasta hoy.
Pero la riqueza tenía un precio brutal. El puerto de Hokitika, en la boca de un río traicionero lleno de bancos de arena, fue a la vez el más ocupado y el más peligroso del país: entre 1865 y 1867 se registraron 108 varamientos y 32 barcos perdidos. Los naufragios eran tan frecuentes que se volvieron parte del paisaje. El oro fácil se agotó rápido, como en todas las fiebres, y la población se desplomó tan velozmente como había crecido; muchos siguieron hacia nuevos yacimientos, dejando atrás un pueblo que había sido, por un instante, el más grande de Nueva Zelanda.
Cuando el oro se apagó, Hokitika tuvo que reinventarse. La economía viró hacia la madera nativa -rimu, kahikatea- que abundaba en la selva de la Costa Oeste, hacia la ganadería y hacia el trabajo del pounamu, que nunca dejó de ser el sello de la región. El puerto, antes febril, fue perdiendo importancia a medida que el ferrocarril y las carreteras conectaban mejor la costa, y el pueblo se asentó en un ritmo tranquilo de comunidad pequeña y aislada, con ese carácter independiente y curtido que define a los 'Coasters', los habitantes de la Costa Oeste.
El edificio del reloj de la torre, los antiguos bancos y almacenes de la calle Tancred, el muelle histórico y los restos del puerto son testigos de la era dorada. La ciudad conservó su trazado de pueblo minero y su escala humana, mientras la selva y el mar seguían marcando el pulso de la vida. Lejos de las grandes rutas turísticas del siglo XX, Hokitika mantuvo una autenticidad que muchos otros lugares perdieron.
El jade, mientras tanto, encontró un nuevo florecimiento. A lo largo del siglo XX, Hokitika se consolidó como el centro del arte del pounamu en Nueva Zelanda, con generaciones de tallistas -māori y pakeha- que mantuvieron viva la tradición de trabajar la piedra. Las galerías del centro, donde se puede ver a los artistas dar forma al jade, son herederas directas de un oficio milenario que empezó con Poutini Ngāi Tahu.
El Hokitika contemporáneo vive de su carácter: un pueblo pequeño, creativo y salvaje, que hizo de su aislamiento una virtud. La playa de troncos plateados, con el enorme cartel de driftwood y los atardeceres más espectaculares del país sobre el mar de Tasmania, se volvió una imagen icónica de Nueva Zelanda. En verano, el concurso de esculturas Driftwood & Sand transforma la arena en galería al aire libre.
El gran evento del año es el Wildfoods Festival, cada segundo sábado de marzo, un festival de comida salvaje donde se prueban larvas de huhu, mariscos raros e ingredientes extremos entre música y disfraces; nacido en 1990 como una celebración pequeña, hoy atrae a más de 10.000 personas y puso a Hokitika en el mapa nacional. A eso se suman atracciones que no cuestan casi nada, como el Glow-worm Dell, una gruta de luciérnagas al borde del pueblo, o la deslumbrante Hokitika Gorge, con su río de turquesa lechoso teñido por la harina de roca glaciar.
Detrás de la postal, la historia sigue viva. Ngāti Waewae, el hapū local de Ngāi Tahu, reafirmó su papel de guardián de la tierra y del pounamu, y el jade que se talla y se vende hoy en Hokitika lleva consigo la genealogía de Poutini y Waitaiki. El pueblo que fue capital efímera del oro, puerto de naufragios y centro milenario del jade condensa, en pocas cuadras junto al mar, varias de las grandes historias de la Isla Sur: la del taniwha guardián, la del despojo y la reparación, y la de una comunidad que aprendió a florecer al borde de la selva más lluviosa del país.