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Historia de Cricova

De canteras de piedra a galerías subterráneas

La historia de Cricova no empieza con el vino, sino con la piedra. Durante siglos, el subsuelo de esta zona al norte de Chișinău fue explotado como cantera: de aquí se extrajo la piedra caliza con la que se construyeron edificios de Chișinău y de otras ciudades de Besarabia. A medida que los canteros iban arrancando bloques de roca, dejaban tras de sí un vacío que crecía año tras año: kilómetros y kilómetros de galerías y salas excavadas en la profundidad de la tierra.

Con el tiempo, alguien reparó en que aquellas cavidades tenían una propiedad extraordinaria. A decenas de metros bajo la superficie, la temperatura se mantenía constante en torno a los 12-14 grados durante todo el año, con una humedad alta y estable. Eran, sin saberlo, las condiciones ideales para conservar y madurar vino: frescas, oscuras, tranquilas, sin las oscilaciones del clima exterior. Lo que había sido un simple hueco dejado por la extracción de piedra escondía un potencial enológico enorme.

Esa combinación —una red inmensa de túneles ya excavados y un microclima perfecto para el vino— es el origen de todo. Moldavia tenía además una larguísima tradición vitivinícola, heredada de siglos de cultivo de la vid en sus suaves colinas. Solo faltaba unir las dos cosas: el vino de la superficie y las galerías del subsuelo. Eso ocurriría a mediados del siglo XX, y daría lugar a una de las bodegas más asombrosas del planeta.

La gran bodega soviética (1952-1954)

El nacimiento de la bodega tal como la conocemos se produjo en plena época soviética. En 1952 se fundó el Combinado de Vinos de Cricova (Combinatul de Vinuri Cricova), y a partir de 1954 las antiguas galerías de la cantera empezaron a transformarse en una gran bodega estatal dedicada a la producción y el añejamiento de vinos. Fue un proyecto ambicioso, acorde con la escala monumental que caracterizaba a muchas empresas soviéticas.

Los túneles se acondicionaron, se organizaron y se pusieron al servicio del vino. Cricova se especializó desde el principio en los vinos espumantes elaborados por el método tradicional o champenoise —el mismo del champán francés—, en el que la segunda fermentación se produce dentro de la botella y estas maduran durante años en las cavas. Este producto de prestigio convirtió a Cricova en una de las bodegas más valoradas del mundo soviético, cuyos espumantes llegaban a las mesas de todo el bloque del Este.

Con las décadas, la bodega no dejó de crecer, ampliando sus galerías hasta superar los 120 kilómetros de longitud y organizándolas como una auténtica ciudad subterránea, con 'calles' que recibieron nombres de vinos y variedades: Cabernet, Pinot, Feteasca. Cricova se convirtió así en un emblema del enoturismo y la enología moldavos, una obra colosal que combinaba la herencia de las canteras, la tradición vinícola del país y la vocación por lo gigantesco de la industria soviética.

La colección de vinos y los tesoros de las cavas

Más allá de su producción, Cricova se hizo célebre por su vinoteca de colección, una de las más importantes del mundo. En lo más profundo de las galerías, la bodega fue reuniendo a lo largo de las décadas cientos de miles de botellas de vinos raros, antiguos y de gran valor, procedentes de distintos países y épocas, conservados en las condiciones perfectas que ofrecen las cavas.

Entre estos tesoros, la tradición de la bodega menciona botellas realmente excepcionales y muy antiguas, verdaderas reliquias enológicas. Uno de los relatos más difundidos cuenta que Cricova custodió parte de una colección de vinos vinculada a la Segunda Guerra Mundial, botellas de gran valor histórico que habrían acabado guardadas en sus profundidades. Sea cual sea el detalle exacto de cada historia, lo cierto es que estas galerías-tesoro convierten a la bodega en un patrimonio tanto enológico como histórico.

Con el prestigio llegaron también los visitantes ilustres. A lo largo de los años, Cricova ha recibido a numerosos jefes de Estado, políticos, diplomáticos y celebridades, agasajados en sus suntuosas salas de cata excavadas en la roca. La bodega se fue rodeando de un aura de lugar único y algo mítico, un sitio donde el vino, la historia y el poder se daban cita bajo tierra. Ese prestigio, cultivado durante la etapa soviética, sobreviviría a la caída de la URSS.

De la URSS a la Moldavia independiente

La independencia de Moldavia en 1991, tras el desmoronamiento de la Unión Soviética, abrió una etapa difícil para todo el país, y también para su industria del vino. La pérdida de los mercados garantizados del bloque soviético, las crisis económicas de los años 90 y, más tarde, las tensiones comerciales con Rusia —que en distintos momentos aplicó embargos a los vinos moldavos— golpearon duramente al sector, del que depende buena parte de la economía nacional.

Cricova, sin embargo, supo mantener su posición como una de las joyas del país. La bodega siguió produciendo sus espumantes y vinos, conservó y amplió su colección, y apostó cada vez más por el turismo como fuente de ingresos y de proyección internacional. Recibir visitantes de todo el mundo, mostrarles las galerías y las salas de cata, y venderles el vino de la casa se convirtió en una parte esencial de su actividad, ayudando a dar a conocer el vino moldavo más allá de sus fronteras.

El Estado moldavo reconoció el valor excepcional de la bodega declarándola patrimonio de importancia nacional. Cricova pasó a ser una de las cartas de presentación del país, un lugar del que Moldavia se enorgullece y que aparece de forma destacada en toda la promoción turística. En un país pequeño y poco conocido, la 'ciudad subterránea del vino' se convirtió en un símbolo reconocible y en un motor del incipiente turismo internacional.

Cricova hoy: ícono del vino moldavo

Hoy, Cricova es, junto a Mileștii Mici, la visita imprescindible de Moldavia y uno de los grandes íconos del país. Sus más de 120 kilómetros de galerías a 60-80 metros de profundidad, sus 'calles' bautizadas con nombres de vinos, sus salas de cata talladas en la roca y su colección legendaria atraen a viajeros de todo el mundo, curiosos por descubrir una de las bodegas más grandes y espectaculares del planeta.

La visita, siempre guiada y con reserva previa, permite recorrer los túneles en tren eléctrico o en auto, conocer el proceso de elaboración de los espumantes por método tradicional, admirar las botellas de la colección y terminar con una degustación en los famosos salones subterráneos. Distintos paquetes, desde el básico 'Ciudad subterránea' hasta las experiencias premium, se adaptan a distintos bolsillos e intereses, y la tienda de la bodega permite llevarse un recuerdo líquido a precio de origen.

Más allá de la anécdota turística, Cricova encarna algo profundo sobre Moldavia: su condición de gran potencia vinícola, con un vino que forma parte de la identidad nacional, de la economía y de la vida cotidiana. Bajar a sus galerías es entender por qué este pequeño país, tan poco conocido, se toma tan en serio su vino, y por qué el enoturismo es su gran baza para atraer al mundo. En la penumbra fresca de sus túneles, con millones de botellas madurando en silencio, Cricova cuenta la historia de una tierra donde el vino no es un lujo ocasional, sino una manera de ser.

📚 Bibliografía

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