En el corazón de los Codri, los densos bosques de robles y hayas que en la Edad Media cubrían el centro de Moldavia y servían de refugio a su gente, nació uno de los monasterios más antiguos y venerados del país: Căpriana. La tradición sitúa sus orígenes a comienzos del siglo XV, cuando aquel paraje boscoso, entonces llamado Codrii Lăpușnei, albergaba a ermitaños y pequeñas comunidades religiosas atraídas por su soledad y su silencio.
La primera mención documental de peso data de 1429, en tiempos del voivoda Alejandro el Bueno (Alexandru cel Bun), que gobernó el Principado de Moldavia entre 1400 y 1432 y fue uno de sus grandes organizadores. En un documento de ese año, Căpriana aparece elevada a la categoría de monasterio real, es decir, protegido y sostenido directamente por el príncipe. Esa vinculación con la corte convirtió al monasterio, desde muy temprano, en algo más que un simple retiro espiritual: pasó a ser una institución con tierras, rentas y un papel en la vida del principado.
El Principado de Moldavia era entonces un estado joven pero pujante, encajado entre grandes potencias —el reino de Hungría, Polonia, los tártaros y el creciente Imperio otomano— y con una fuerte identidad ortodoxa. Los monasterios como Căpriana eran centros de fe, de cultura y de poder económico, y muchos estaban ligados personalmente a los voivodas, que los fundaban o los protegían como una forma de piedad y también de afirmación de su autoridad. Căpriana nació en ese mundo y a él debe su importancia.
El nombre que da a Căpriana su mayor prestigio es el de Esteban el Grande (Ștefan cel Mare), el voivoda que reinó entre 1457 y 1504 y que se convirtió en el gran héroe de Moldavia. Esteban ganó decenas de batallas defendiendo el principado de otomanos, húngaros y polacos, y a lo largo de su reinado fundó o dotó una impresionante cantidad de iglesias y monasterios —la tradición habla de casi medio centenar—, muchos de ellos como acción de gracias tras sus victorias. Căpriana quedó bajo su protección y su cuidado, lo que reforzó su rango y su patrimonio.
El edificio más valioso del monasterio, sin embargo, se levantó ya bajo uno de los sucesores de Esteban: su hijo Petru Rareș. Hacia mediados del siglo XVI (en torno a 1542-1545), se construyó en piedra la iglesia de verano de la Dormición de la Virgen (Adormirea Maicii Domnului), que hoy se considera la iglesia más antigua conservada en pie en toda Moldavia. Con sus muros gruesos, su planta compacta y su silueta sobria, es un ejemplo precioso de la arquitectura religiosa moldava medieval y el tesoro que sigue atrayendo a peregrinos y visitantes.
Durante los siglos siguientes, Căpriana fue uno de los centros monásticos más influyentes del principado. Acumuló tierras y donaciones, tuvo una valiosa biblioteca con manuscritos y libros religiosos, y participó en la vida cultural de la Iglesia ortodoxa moldava. Como muchos monasterios de la época, conoció también periodos de decadencia y saqueos en tiempos turbulentos, y en cierta etapa quedó vinculado —como 'metocho' o dependencia— a monasterios del Monte Athos, lo que a la vez lo conectaba con el gran mundo ortodoxo y le restaba autonomía.
En 1812, tras la guerra ruso-turca, el Imperio otomano cedió a Rusia la mitad oriental del Principado de Moldavia, la región entre el Prut y el Dniéster que pasó a llamarse Besarabia. Căpriana, como el resto de la zona, quedó dentro del Imperio ruso, y su vida quedó sujeta a la política eclesiástica de San Petersburgo, que buscaba integrar y controlar la Iglesia ortodoxa local dentro de las estructuras rusas.
Durante el siglo XIX, el monasterio se fue transformando y ampliando. En 1840 se construyó la iglesia de invierno de San Nicolás (Sfântul Nicolae), un templo de líneas más clásicas pensado para los oficios de la estación fría, reflejo del gusto y de la administración del período ruso. Ya a comienzos del siglo siguiente, en 1907, se levantó la tercera iglesia del conjunto, dedicada a San Jorge (Sfântul Gheorghe). Así quedó formado el trío de iglesias que el visitante recorre hoy, cada una de una época distinta: la medieval moldava, la del siglo XIX ruso y la de comienzos del XX.
El monasterio siguió siendo un punto de referencia espiritual para la población rural de la zona, mayoritariamente rumanoparlante y profundamente ortodoxa. Tras la Primera Guerra Mundial, con la unión de Besarabia al Reino de Rumania (1918), Căpriana pasó a formar parte de la Iglesia ortodoxa rumana. Ese período rumano, sin embargo, sería relativamente breve: los grandes trastornos del siglo XX estaban por llegar y golpearían con dureza a la vida monástica.
La ocupación soviética de Besarabia en 1940 y, tras el paréntesis de la Segunda Guerra Mundial, la consolidación de la República Socialista Soviética de Moldavia a partir de 1944, marcaron el capítulo más duro en la larga historia de Căpriana. El régimen soviético era oficialmente ateo y hostil a la religión organizada: a lo largo de las décadas siguientes, la mayoría de los monasterios y muchas iglesias de Moldavia fueron cerrados, sus comunidades dispersadas y sus edificios reconvertidos para otros usos o simplemente abandonados.
Căpriana no escapó a ese destino. Su actividad religiosa fue prohibida, la comunidad monástica se disolvió y el recinto se destinó a fines ajenos a su función original, sufriendo el deterioro y el olvido. Buena parte de su patrimonio se perdió o se dispersó. Durante décadas, uno de los monasterios más antiguos y simbólicos del país permaneció mudo, como tantos otros lugares de culto silenciados por el poder soviético.
El renacimiento llegó de la mano del despertar nacional de finales de los años 80. Con la 'perestroika' y el resurgir de la identidad rumana y ortodoxa en Moldavia, Căpriana se convirtió en un símbolo de esa recuperación: reabrió en 1989, siendo uno de los primeros monasterios del país en volver a la vida religiosa. Desde entonces, y ya en la Moldavia independiente tras 1991, el conjunto ha sido objeto de importantes trabajos de restauración que devolvieron dignidad a sus tres iglesias, sus celdas y su recinto.
Hoy, Căpriana es de nuevo un monasterio en pleno funcionamiento y uno de los grandes centros de peregrinación de Moldavia. En sus fiestas patronales y en las grandes celebraciones ortodoxas, el recinto se llena de fieles que llegan desde Chișinău y desde toda la región para asistir a las liturgias, encender velas y venerar el que consideran uno de los lugares más sagrados del país. Su valor no es solo religioso: como cuna de cultura moldava y depositario de siglos de historia, se ha convertido también en emblema de la identidad nacional recuperada.
Para el viajero, Căpriana ofrece una experiencia distinta de la de la capital y las bodegas. Aquí no hay bullicio ni grandes multitudes de turistas, sino el silencio de los bosques de los Codri, el sonido de las campanas y el ritmo pausado de la vida monástica. Recorrer sus tres iglesias —empezando por la venerable iglesia de la Dormición, la más antigua de Moldavia—, pasear por el recinto y asomarse a la aldea y al bosque cercano es una forma de acercarse a la Moldavia profunda, rural y ortodoxa.
El entorno completa el atractivo: los Codri, con la reserva natural más antigua del país, y árboles emblemáticos como el roble asociado a Esteban el Grande, tejen un paisaje cargado de simbolismo. Muchas excursiones combinan el monasterio con la naturaleza o con una comida casera en una casa rural, donde se prueban la cocina y el vino locales. Así, Căpriana resume en un solo lugar buena parte de lo que hace especial a Moldavia: su fe ortodoxa, su historia medieval, su naturaleza serena y su tradición vinícola y campesina, todo a apenas cuarenta kilómetros de Chișinău.