La historia de Oaxaca empieza mucho antes de la ciudad colonial, en lo alto de un cerro que domina el Valle de Oaxaca. Allí, hacia el año 500 a.C., el pueblo zapoteco fundó Monte Albán, aplanando artificialmente la cima de una montaña para construir una de las ciudades más impresionantes del México antiguo. Durante más de mil años, Monte Albán fue la capital política, religiosa y cultural de los zapotecos, y llegó a albergar a decenas de miles de habitantes en su período de apogeo.
En su Gran Plaza se levantaron templos, palacios, un juego de pelota y un singular edificio (el llamado edificio J u Observatorio) vinculado a la astronomía. Los zapotecos desarrollaron uno de los primeros sistemas de escritura de Mesoamérica, un calendario y un complejo sistema de creencias. Entre los vestigios más enigmáticos están los 'Danzantes', losas grabadas con figuras humanas en posturas extrañas, que durante mucho tiempo se interpretaron como danzantes o enfermos y que hoy se asocian más bien a cautivos o sacrificados, como expresión del poder militar de la ciudad.
Hacia los siglos VIII y IX d.C., Monte Albán entró en decadencia y fue perdiendo población, en un proceso que comparten muchas grandes ciudades mesoamericanas del período. La región no quedó vacía: los zapotecos se redistribuyeron por el valle y, más tarde, llegó la influencia de los mixtecos, otro pueblo de gran refinamiento artístico, especialmente en la orfebrería y la arquitectura, como muestran las grecas de Mitla. La huella de estas civilizaciones es la base profunda de la identidad oaxaqueña.
Cuando llegaron los españoles, a comienzos del siglo XVI, el Valle de Oaxaca estaba poblado por señoríos zapotecos y mixtecos y se hallaba bajo creciente influencia mexica (azteca), que mantenía una guarnición en la zona. Tras la caída de Tenochtitlan, los conquistadores avanzaron hacia el sur y fundaron, sobre un asentamiento previo en el valle, la villa que daría origen a la ciudad actual.
La ciudad colonial fue establecida formalmente en 1532, cuando recibió de la Corona española el título de ciudad con el nombre de Antequera (en recuerdo de la ciudad andaluza), aunque popularmente se la siguió llamando Oaxaca, derivado del náhuatl 'Huaxyacac'. Hubo, además, un conflicto temprano por el dominio del valle, ya que la rica región había sido otorgada como marquesado al propio Hernán Cortés (Marqués del Valle de Oaxaca), lo que generó tensiones entre los intereses del conquistador y los de la Corona y los pobladores.
Durante el virreinato, Oaxaca prosperó notablemente. Su riqueza vino, sobre todo, de la grana cochinilla, un tinte rojo de enorme valor obtenido de un insecto que vive en el nopal, que se exportaba a Europa y llegó a ser uno de los productos americanos más cotizados. El comercio y la agricultura del valle financiaron la construcción de una ciudad de cantera, con casonas señoriales, plazas y, sobre todo, un extraordinario patrimonio religioso levantado por las órdenes que evangelizaron la región, en especial los dominicos.
La huella más visible de la Oaxaca colonial es su patrimonio religioso, y dentro de él reina el conjunto de Santo Domingo de Guzmán. La orden de los dominicos tuvo en Oaxaca uno de sus grandes centros de evangelización y construcción del sur de la Nueva España, y a lo largo de los siglos XVI y XVII levantó iglesias y conventos por todo el valle, además de impulsar la cristianización de las comunidades indígenas.
El templo y ex convento de Santo Domingo, en la ciudad, es la obra cumbre de ese esfuerzo. Su construcción se prolongó durante décadas y su interior, completamente cubierto de yeserías doradas y policromadas, es uno de los ejemplos más deslumbrantes del barroco novohispano. El célebre árbol genealógico de la familia de Santo Domingo, sobre la entrada, es una de sus imágenes más fotografiadas. El convento anexo, tras una historia de usos diversos (incluido un período como cuartel militar), fue restaurado y alberga hoy el Museo de las Culturas de Oaxaca y el Jardín Etnobotánico.
Más allá de Santo Domingo, la ciudad y el valle conservan un riquísimo patrimonio de templos y antiguos conventos dominicos (como Cuilapan, Yanhuitlán o Teposcolula), que dan testimonio del poder e influencia de la orden. Esta arquitectura religiosa, junto con el trazado urbano que combina barrios de damero español y barrios indígenas más irregulares, es uno de los rasgos que la UNESCO destacó al inscribir el Centro Histórico en la lista del Patrimonio Mundial.
Oaxaca ocupa un lugar central en la historia del México del siglo XIX porque de su tierra salieron dos de los presidentes más importantes —y más opuestos— del país. El primero y más venerado es Benito Juárez (1806-1872), nacido en San Pablo Guelatao, en la sierra oaxaqueña, en el seno de una familia indígena zapoteca. Huérfano y pastor en su infancia, llegó a Oaxaca sin hablar bien español, estudió, se hizo abogado y entró en la política, llegando a ser gobernador del estado y, más tarde, presidente de la República.
Juárez encarnó las Leyes de Reforma, que separaron la Iglesia del Estado, y la resistencia frente a la intervención francesa y el Segundo Imperio de Maximiliano de Habsburgo en los años 1860. Su célebre máxima —'El respeto al derecho ajeno es la paz'— y su figura como primer presidente de origen indígena lo convirtieron en uno de los grandes héroes nacionales. En su honor, la ciudad de Oaxaca añadió a su nombre el apellido 'de Juárez'.
El segundo es Porfirio Díaz (1830-1915), también oaxaqueño, militar destacado en la lucha contra los franceses, que llegó al poder y gobernó México durante más de tres décadas (el llamado 'Porfiriato'). Su largo régimen modernizó el país pero acentuó las desigualdades, y su caída dio paso a la Revolución Mexicana de 1910. Que dos figuras tan determinantes y de signos tan distintos hayan nacido en el mismo estado da la medida del peso de Oaxaca en la construcción del México moderno.
El reconocimiento internacional de la importancia de Oaxaca llegó en 1987, cuando la UNESCO inscribió en su lista de Patrimonio Mundial un bien doble y único: el Centro Histórico de Oaxaca junto con la zona arqueológica de Monte Albán. La distinción valoró, por un lado, la excepcional ciudad colonial, con su trazado, su arquitectura de cantera y su patrimonio religioso encabezado por Santo Domingo; y por otro, la grandeza de la antigua capital zapoteca, dando cuenta de la continuidad de una historia que va de las civilizaciones prehispánicas a la ciudad virreinal.
Pero Oaxaca no es solo un patrimonio de piedra: es, sobre todo, una de las regiones con mayor diversidad cultural viva de México. El estado alberga numerosos pueblos indígenas —zapotecos, mixtecos, mixes, chinantecos, triquis, mazatecos y muchos más— que mantienen sus lenguas, sus textiles, su alfarería, su música y sus tradiciones. Esa riqueza se expresa en fiestas como la Guelaguetza, donde las regiones del estado muestran sus danzas y trajes, y en el Día de Muertos, que en Oaxaca alcanza una intensidad y belleza particulares.
A esa identidad se suma su prestigio gastronómico (los moles, las tlayudas, el mezcal, los chapulines, considerados parte de la cocina mexicana inscrita por la UNESCO como Patrimonio Inmaterial) y su fuerza artística, que ha dado figuras como los pintores Rufino Tamayo y Francisco Toledo, gran impulsor de la cultura local. Hoy Oaxaca es, a la vez, una joya histórica y una de las capitales culturales más vibrantes de América Latina.