Antes de convertirse en uno de los destinos turísticos más conocidos del Pacífico mexicano, el lugar donde hoy se levanta Ixtapa era una franja agreste de plantaciones de cocoteros, esteros y manglares, junto al mar. No había hoteles ni avenidas: solo palmeras, lagunas costeras y una rica vida silvestre de aves, iguanas y cocodrilos, en un entorno de gran belleza natural pero prácticamente despoblado.
La vida de la región giraba en torno al cercano pueblo de pescadores de Zihuatanejo, a pocos kilómetros, asomado a una bahía mansa y resguardada. Allí, durante siglos, las comunidades habían vivido de la pesca y del mar, en un enclave tranquilo y apartado de los grandes circuitos. La zona de Ixtapa, en cambio, era apenas un paraje rural, aprovechado para el cultivo del coco y poco más.
El propio nombre 'Ixtapa' guarda una raíz antigua: proviene del náhuatl y suele relacionarse con la sal ('iztatl'), con interpretaciones como 'lugar de la sal' o 'sobre la sal', en alusión quizá a salinas o a la presencia del mar. Sobre ese paisaje de cocoteros y manglares, a comienzos de los años setenta, se proyectaría una transformación radical impulsada por el Estado mexicano.
A finales de la década de 1960, el gobierno mexicano decidió impulsar el turismo como motor de desarrollo económico mediante una estrategia inédita: crear centros turísticos planificados desde cero en lugares con potencial pero sin infraestructura. En 1968, el Banco de México creó un fondo especial destinado a desarrollar nuevos destinos turísticos en las costas del país, identificando los sitios más prometedores tras estudios de viabilidad.
Los dos primeros destinos elegidos para este programa pionero fueron Cancún, en el Caribe, e Ixtapa, en el Pacífico. La gestión de estos proyectos quedó en manos del Fondo Nacional de Fomento al Turismo (Fonatur), el organismo encargado de planear, financiar y construir los nuevos polos turísticos. Por primera vez, México no esperaba a que el turismo creciera de forma espontánea, sino que diseñaba ciudades-resort completas con criterios urbanísticos modernos.
Para Ixtapa, la elección recayó en la franja de cocoteros y manglares junto a Zihuatanejo. La construcción comenzó hacia 1970. El plan contemplaba una zona hotelera ordenada frente a la playa, infraestructura urbana (calles, agua, electricidad, drenaje), una marina, campos de golf y servicios pensados para el turismo internacional. Era un proyecto ambicioso que cambiaría para siempre la fisonomía de esta parte de la Costa Grande de Guerrero.
Durante los primeros años de la década de 1970, sobre el antiguo paraje de cocoteros, fue tomando forma una ciudad turística completamente nueva. A lo largo de la playa El Palmar —una extensa franja de arena dorada de unos 4,5 kilómetros abierta al Pacífico— se levantó la Zona Hotelera, con grandes hoteles modernos dispuestos en hilera frente al mar. Se trazaron avenidas, se dotó a la zona de servicios e infraestructura y se construyeron las primeras instalaciones turísticas.
Ixtapa inició su operación formal en 1974, presentándose al mundo como un destino de playa de gran formato, cómodo y planificado, en contraste con el pueblo tradicional de Zihuatanejo. A los hoteles se sumaron, con el tiempo, dos campos de golf de 18 hoyos diseñados por figuras del golf internacional —Robert Trent Jones Jr. y Robert von Hagge—, la Marina Ixtapa, restaurantes, comercios y zonas residenciales. El conjunto convirtió a Ixtapa en un polo turístico de referencia del Pacífico.
Un elemento clave del proyecto fue la valorización de la naturaleza circundante. La cercana isla Ixtapa (Isla Grande) se integró como reserva de vida silvestre y atracción natural, con sus playas resguardadas ideales para el snorkel. Los esteros y manglares de Playa Linda, con su fauna de aves y cocodrilos, también pasaron a formar parte de la oferta. Así, Ixtapa combinó desde el inicio la infraestructura del resort con el atractivo de un entorno natural privilegiado.
El desarrollo de Ixtapa no borró a su vecino Zihuatanejo, sino que dio origen a una fórmula turística singular y muy exitosa: el binomio Ixtapa-Zihuatanejo. A pocos kilómetros de distancia conviven dos destinos de carácter opuesto y complementario. Por un lado, Ixtapa, moderno, planificado, con sus grandes hoteles, su golf y su marina, pensado para la comodidad del turismo internacional. Por el otro, Zihuatanejo, el auténtico pueblo de pescadores, con su bahía resguardada, su malecón, su mercado y sus playas tradicionales.
Esta dualidad se convirtió en el gran atractivo de la zona. El visitante puede alojarse en un resort frente a la amplia playa El Palmar y, en pocos minutos de combi o taxi, sumergirse en el ambiente de pueblo de Zihuatanejo, comer pescado fresco en su malecón, recorrer su centro de callecitas o cruzar en lancha a la playa Las Gatas. La combinación de la infraestructura del resort con la autenticidad del pueblo ofrece lo mejor de dos mundos.
A lo largo de las décadas, Ixtapa-Zihuatanejo se consolidó como uno de los destinos de playa más queridos del Pacífico mexicano, con su aeropuerto internacional, su oferta hotelera y su entorno natural. El éxito del modelo —destino planificado junto a pueblo tradicional— ha sido citado como ejemplo de cómo el desarrollo turístico puede convivir con la preservación de la identidad local, aunque no sin tensiones y desafíos propios del crecimiento.
Medio siglo después de su nacimiento, Ixtapa es un destino plenamente consolidado del Pacífico mexicano. Su zona hotelera frente a la playa El Palmar concentra resorts de distintas categorías, muchos con esquema todo incluido, que reciben a familias y parejas atraídas por el sol, la arena dorada y la comodidad de los servicios. La avenida hotelera, los restaurantes y la Marina Ixtapa configuran un destino ordenado y cómodo.
Más allá de la playa principal, Ixtapa se distingue por su combinación de deportes y naturaleza. Sus dos campos de golf de diseño internacional, rodeados de palmeras y lagunas, lo han convertido en un referente del golf en la costa pacífica. La isla Ixtapa, con sus playas de aguas calmas y su vida marina, sigue siendo una de las excursiones imprescindibles, ideal para el snorkel. Y la pesca deportiva de altura —pez vela, dorado, marlín— mantiene su prestigio, compartida con Zihuatanejo.
El destino conserva la lógica con la que fue concebido: ofrecer la comodidad del resort en un entorno natural privilegiado, con el plus de tener a un paso el encanto auténtico de Zihuatanejo. Esa identidad doble —el Ixtapa moderno y el Zihuatanejo tradicional— sigue siendo, hasta hoy, la mejor carta de presentación de uno de los rincones más atractivos de la Costa Grande de Guerrero.