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Historia de Gjakova

Un cruce de caminos con nombre de sangre

Pocas ciudades cuentan su historia ya en el nombre. Gjakova —Đakovica para los serbios— se asienta en la llanura de Dukagjini (Metohija en serbio), en el oeste de Kosovo, en un punto donde desde antiguo se cruzaban las rutas que unían el interior de los Balcanes con la costa adriática y con Albania. Por ese cruce pasaban caravanas, mercaderes y ejércitos, y allí, junto al río, creció un mercado que con el tiempo se convertiría en ciudad.

El origen del nombre es discutido y forma parte del folclore local. Una tradición popular lo hace derivar de las palabras albanesas 'gjak' (sangre) y 'va' (vado), es decir, 'el vado de sangre', en referencia a algún hecho violento o a las viejas rencillas de sangre reguladas por el derecho consuetudinario de las montañas. Otra explicación, más historiográfica, vincula el nombre a un tal Jakup o a la familia que dio origen al asentamiento. Sea cual sea la etimología real, el nombre quedó asociado para siempre a esa idea de frontera y de intensidad que marca a la ciudad.

El gran salto de Gjakova, de simple mercado a ciudad importante, llegó con los otomanos. Tras la conquista de la región en el siglo XV, el Imperio otomano organizó el territorio y favoreció el desarrollo de centros comerciales. A finales del siglo XVI, un notable local, Hadum Aga —Sylejman Efendi Vokshi—, financió la construcción de una mezquita y de las infraestructuras a su alrededor, y con ellas nació el corazón que definiría a Gjakova durante los siguientes cuatro siglos: su Gran Bazar.

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El Gran Bazar y el esplendor otomano

Alrededor de la mezquita Hadum, construida hacia 1594-95, se organizó el Çarshia e Madhe, el Gran Bazar, que se convirtió en el motor económico y social de Gjakova. En su apogeo llegó a tener más de 500 tiendas, talleres, hanes (posadas para caravanas) y fuentes públicas, extendiéndose a lo largo de casi un kilómetro de callejuelas empedradas flanqueadas por casitas bajas de madera. Los cronistas de la época lo mencionaban entre los grandes bazares del mundo otomano, en la misma frase que el Gran Bazar de Estambul o el de Skopje.

El bazar no era solo un mercado: era una ciudad dentro de la ciudad, organizada por gremios. Cada oficio tenía su calle o su zona: los plateros, los sastres (terzinjtë), los curtidores de cuero (tabakët), los caldereros, los fabricantes de qeleshe (el gorro de fieltro blanco albanés) y los carpinteros que fabricaban las djepa, las cunas de madera pintadas a mano que hicieron célebre a Gjakova en toda la región. Los gremios regulaban la calidad, los precios y la formación de aprendices, y sostenían una vida cívica y religiosa propia, con sus mezquitas, sus fuentes y sus posadas.

Durante los siglos XVII, XVIII y XIX, Gjakova fue también un foco cultural y político importante del mundo albanés. Su población, mayoritariamente musulmana albanesa pero con presencia católica y ortodoxa, produjo comerciantes ricos, ulemas, poetas y activistas. La ciudad participó activamente en el despertar nacional albanés del siglo XIX: fue uno de los centros vinculados a la Liga de Prizren (1878), el movimiento que reclamó la autonomía y la unidad de los territorios albaneses frente al reparto que las grandes potencias planeaban tras la crisis del Imperio otomano. Ese perfil combativo y consciente de su identidad acompañaría a Gjakova en el siglo siguiente.

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Guerras balcánicas y el siglo XX yugoslavo

El siglo XX empezó con violencia para Gjakova. Con las guerras balcánicas de 1912-13, el Imperio otomano perdió sus territorios europeos y la región pasó a manos del reino de Serbia, dentro de lo que después sería Yugoslavia. La transición fue traumática: en esos años se produjeron combates, represalias y destrucciones que dañaron buena parte del patrimonio histórico de la ciudad y marcaron el comienzo de un largo período de tensión entre la mayoría albanesa y las autoridades serbias y yugoslavas.

Durante el período de entreguerras y luego bajo la Yugoslavia socialista de Tito, Gjakova siguió siendo una ciudad de mayoría albanesa, con su bazar todavía activo aunque en declive frente a la industrialización y las nuevas formas de comercio. La región de Kosovo obtuvo un estatus de autonomía dentro de la República de Serbia, que alcanzó su punto más alto con la Constitución yugoslava de 1974. Para los albaneses de Kosovo, aquellos años trajeron avances en educación y en el uso de su lengua, aunque las tensiones nunca desaparecieron del todo.

Todo cambió a finales de los años ochenta. En 1989, el líder serbio Slobodan Milošević revocó la autonomía de Kosovo, imponiendo un control directo desde Belgrado y desplazando a los albaneses de la administración, las escuelas y las empresas públicas. Los albaneses de Kosovo respondieron primero con una resistencia pacífica y un sistema paralelo de instituciones, y más tarde, ante la falta de resultados, con la aparición del Ejército de Liberación de Kosovo (UÇK). A finales de los años noventa, la espiral de represión y de insurgencia desembocó en una guerra abierta que golpearía a Gjakova con una dureza extrema.

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1999: el incendio del bazar y la tragedia de la guerra

La guerra de Kosovo (1998-1999) fue especialmente cruel con Gjakova. La ciudad y su distrito, de abrumadora mayoría albanesa y cerca de la frontera con Albania —por donde entraban armas y refugiados—, se convirtieron en uno de los escenarios más golpeados por la ofensiva de las fuerzas serbias y yugoslavas. Cuando la OTAN inició sus bombardeos el 24 de marzo de 1999 para frenar los abusos contra la población civil albanesa, la represión sobre el terreno se intensificó.

En los días siguientes al inicio de los bombardeos, las fuerzas serbias incendiaron deliberadamente gran parte del Çarshia e Madhe, el Gran Bazar. El fuego devoró centenares de tiendas y talleres de madera y alcanzó la mezquita Hadum, dañando el edificio y destruyendo por completo su célebre biblioteca, con manuscritos y libros antiguos: una pérdida irreparable para el patrimonio cultural de Kosovo. Aquel incendio fue un golpe simbólico y material al corazón mismo de la ciudad.

Gjakova sufrió además una de las páginas más negras de la guerra en el plano humano: numerosas matanzas de civiles, desapariciones forzadas y expulsiones masivas de población hacia Albania. Barrios enteros fueron vaciados y muchas familias perdieron a sus hombres, algunos de los cuales todavía figuran entre los desaparecidos. Estos hechos fueron documentados por organismos internacionales y formaron parte de los procesos judiciales posteriores sobre los crímenes cometidos durante el conflicto. La guerra terminó en junio de 1999 con la retirada de las fuerzas yugoslavas y la llegada de la misión internacional, pero dejó a la ciudad marcada por el duelo y por las cicatrices visibles de la destrucción.

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Reconstrucción, memoria y presente

La Gjakova de hoy es, en buena medida, una ciudad reconstruida. Tras el fin de la guerra, uno de los grandes esfuerzos de recuperación fue precisamente el del Gran Bazar: se levantó de nuevo casi por completo respetando su trazado otomano, con las mismas técnicas tradicionales, la misma madera y el mismo tipo de tejados, de modo que hoy vuelve a lucir su aspecto histórico. La mezquita Hadum y la Torre del Reloj también fueron restauradas. Que el bazar recuperara su forma y volviera a llenarse de artesanos es uno de los símbolos más poderosos de la resiliencia de la ciudad.

Kosovo declaró su independencia de Serbia en 2008, un paso reconocido por buena parte de la comunidad internacional pero no por Serbia ni por algunos países. Gjakova quedó plenamente dentro del nuevo Estado, con una población hoy casi enteramente albanesa; la pequeña comunidad serbia y católica que había convivido en la ciudad se redujo drásticamente durante y después del conflicto. La memoria de la guerra sigue muy presente: hay monumentos y cementerios dedicados a las víctimas y a los caídos, y la cuestión de los desaparecidos continúa abierta.

Pese a todo, Gjakova mira hacia adelante. Su bazar reconstruido, sus mezquitas, sus puentes de piedra sobre el Erenik y su ambiente de cafés hacen de ella uno de los destinos más atractivos de Kosovo, cada vez más visitado por viajeros que descubren su belleza otomana y su historia intensa. La ciudad conserva su fama de foco cultural y de gente orgullosa, celebra su carnaval, mantiene vivos oficios que en otros lugares desaparecieron —como el de las cunas de madera— y funciona como puerta de entrada al oeste de Kosovo, con los monasterios medievales de Deçan y Peja y las montañas del cañón de Rugova a un paso. Gjakova es, en definitiva, un lugar donde la belleza y la memoria conviven en cada calle empedrada.

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📚 Bibliografía

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