El territorio keniano guarda uno de los archivos más completos de la evolución humana. Los sedimentos que rodean el lago Turkana, en el desértico norte del país, han entregado durante décadas fósiles que reescribieron lo que sabíamos sobre nuestros orígenes. Fósiles de primates hallados en Kenia muestran que estos animales habitaron la región desde hace más de veinte millones de años.
El trabajo de la familia Leakey fue decisivo. Louis Leakey desenterró en 1929 hachas de mano achelenses de alrededor de un millón de años en el yacimiento prehistórico de Kariandusi, en el suroeste del país. Décadas después, Meave Leakey describió en 1995 una nueva especie de homínido, el Australopithecus anamensis, a partir de fósiles recuperados cerca del lago Turkana en 1965, 1987 y 1994.
El hallazgo más célebre es el llamado "Niño de Turkana" (o Niño de Nariokotome), un esqueleto casi completo de un joven Homo erectus de alrededor de 1,6 millones de años encontrado en 1984 en la orilla oeste del lago por el equipo de Richard Leakey y Kamoya Kimeu. Es uno de los esqueletos de homínido más completos jamás recuperados y una pieza clave para entender cómo caminaban, crecían y vivían nuestros antepasados. Por todo esto, la cuenca del Turkana es reconocida como uno de los grandes santuarios de la paleoantropología mundial.
Mucho después de los primeros homínidos, la Kenia actual se fue poblando por oleadas de pueblos que llegaron de distintas direcciones y que todavía definen su mosaico humano. Los primeros habitantes de los que hay memoria fueron cazadores-recolectores emparentados con los actuales pueblos khoisan y, más tarde, pastores cushíticos llegados del norte, del Cuerno de África, que introdujeron el ganado y ciertas técnicas de pastoreo.
A partir del primer milenio de nuestra era, la gran expansión bantú alcanzó África Oriental. Los pueblos bantúes eran agricultores y trabajadores del hierro; entre sus descendientes están los kikuyu, los kamba, los meru, los embu y los mijikenda de la costa. En paralelo, desde el valle del Nilo bajaron los pueblos nilóticos: pastores como los maasai, los samburu, los turkana y los kalenjin, cuyas formas de vida seminómadas siguen marcando el paisaje humano de las sabanas y del norte árido.
De esa larga convivencia y competencia por la tierra, el agua y el ganado nació la extraordinaria diversidad étnica y lingüística de Kenia, que hoy reconoce más de cuarenta pueblos. No fue un proceso idílico: hubo alianzas, comercio, mestizaje, pero también conflictos y desplazamientos. Esa diversidad, fuente de riqueza cultural, sería también uno de los ejes que el colonialismo y la política moderna aprenderían a manipular.
Mientras el interior seguía sus propios ritmos, la costa keniana se convirtió, entre los siglos VIII y XVI, en una de las regiones más cosmopolitas de África. A lo largo del litoral florecieron ciudades-estado suajili independientes y autogobernadas —Mombasa, Malindi, Lamu, Pate, y más al sur Kilwa y Zanzíbar— que prosperaron gracias a su posición en las rutas comerciales del océano Índico.
Estas ciudades vivían del comercio marítimo impulsado por los monzones: exportaban marfil, oro, maderas, pieles y esclavos, e importaban tejidos, porcelana, cuentas de vidrio y especias de Arabia, Persia, la India y hasta China. Del encuentro entre los pueblos bantúes de la costa y los comerciantes árabes y persas surgió la cultura suajili y su lengua, el kiswahili, un idioma bantú cargado de préstamos árabes que se volvería la lengua franca de África Oriental. El islam se afianzó como religión de las élites urbanas.
Ciudades como Gedi, hoy en ruinas, dan testimonio de aquella prosperidad: casas de piedra de coral, mezquitas, pozos y sistemas de saneamiento. La costa suajili no fue una simple colonia árabe, como a veces se dijo, sino una civilización africana propia, mercantil y refinada, tejida en el diálogo permanente entre el continente y el mundo del Índico.
El equilibrio del Índico se rompió a fines del siglo XV. El viaje de Vasco da Gama, que dobló el cabo de Buena Esperanza y entró en el océano Índico en 1498, marcó la irrupción portuguesa en el comercio, la política y la sociedad de la costa suajili. En Malindi, da Gama fue bien recibido y consiguió un piloto que lo guió hasta la India; en Mombasa, en cambio, encontró hostilidad, y esa rivalidad entre ciudades signaría los siglos siguientes.
Los portugueses buscaban controlar las rutas de las especias y del oro, y para ello atacaron y sometieron a muchas ciudades-estado. Saquearon Mombasa en repetidas ocasiones y, en 1593, levantaron allí el Fuerte Jesús, una imponente fortaleza desde la que gobernaría un capitán-mayor. Entre 1500 y 1700 lograron arrebatar a los comerciantes árabes buena parte del comercio costero, pero su dominio fue siempre frágil y resistido.
El fin del poder portugués en la costa keniana llegó con la ayuda de Omán. En 1698, tras un largo asedio, las fuerzas del gobernante omaní Saif bin Sultan tomaron el Fuerte Jesús, y los portugueses debieron replegarse hacia el sur. El Fuerte Jesús, hoy Patrimonio de la Humanidad, sigue en pie en Mombasa como memoria de piedra de aquellos dos siglos de conquista y resistencia.
Con la retirada portuguesa, la costa quedó bajo la órbita de Omán. El paso decisivo llegó con el sultán Said bin Sultan (que gobernó entre 1806 y 1856), quien trasladó su corte de Mascate a Stone Town, en la isla de Unguja (Zanzíbar). Allí consolidó una élite árabe dominante y fomentó las plantaciones de clavo de olor, trabajadas con mano de obra esclava.
Zanzíbar se transformó en el centro de un vasto imperio comercial. Desde la costa partían las grandes caravanas hacia el interior en busca de marfil y de esclavos, que abrían rutas hasta los Grandes Lagos y dejaban a su paso violencia y despoblamiento. La trata de esclavos de África Oriental fue un capítulo brutal: hombres, mujeres y niños capturados en el interior eran conducidos encadenados hasta la costa y vendidos en los mercados de Zanzíbar. Es un pasado que debe nombrarse sin eufemismos, con la misma precisión con que se cita cualquier otra parte de la historia.
Tras las luchas por la sucesión, el imperio se dividió en 1861 en dos principados separados: el sultanato de Zanzíbar y el de Mascate y Omán. El sultanato zanzibarí conservó la soberanía nominal sobre una franja costera que incluía Mombasa y buena parte del litoral keniano, un detalle jurídico que los europeos usarían más tarde para negociar y repartirse la región.
El reparto europeo de África, formalizado en la Conferencia de Berlín de 1884-85, selló la suerte de Kenia. Gran Bretaña obtuvo la esfera de influencia sobre lo que sería el África Oriental Británica, primero administrada por la Imperial British East Africa Company y, desde 1895, convertida en protectorado bajo control directo de la corona.
El símbolo de esa penetración fue el ferrocarril de Uganda. Su construcción empezó en el puerto de Mombasa en 1896 y llegó a Kisumu, a orillas del lago Victoria, en 1901. La prensa lo bautizó "lunatic express" —el expreso lunático— por su costo desmesurado y por la dificultad de tender vías a través del escarpado Valle del Rift. Para levantarlo, el gobierno colonial reclutó a unos 32.000 trabajadores contratados en la India británica; muchos murieron por enfermedades, accidentes y, célebremente, por los leones devoradores de Tsavo, que en 1898 mataron a decenas de obreros antes de ser abatidos.
En 1899 la línea alcanzó una llanura pantanosa que los maasai llamaban Enkare Nyorobi, "agua fría": allí se instaló un depósito ferroviario que sería el germen de Nairobi. El ferrocarril acortó de seis semanas a un día el viaje entre Mombasa y las tierras altas, hizo posible el asentamiento europeo y ató para siempre el destino de Kenia al proyecto colonial británico.
Una vez tendido el ferrocarril, Londres necesitaba que la colonia fuera rentable, y apostó por atraer colonos europeos a las fértiles tierras altas del centro del país. Esas comarcas de clima templado, ideales para el café, el té y el sisal, pasaron a llamarse las "White Highlands", las Tierras Altas Blancas, reservadas de hecho a los colonos europeos.
El precio lo pagaron los pueblos africanos. Los kikuyu, los maasai y otros vieron cómo se les enajenaban sus mejores tierras mediante tratados desiguales y decretos coloniales. Los africanos quedaron confinados en reservas, obligados a portar el kipande —una libreta de identidad y control laboral que debían llevar colgada del cuello—, sometidos a impuestos que los forzaban a trabajar por salarios ínfimos en las plantaciones de los colonos. Figuras como lord Delamere encarnaron a esa aristocracia terrateniente que se creía dueña del país.
Las dos guerras mundiales agravaron las tensiones: miles de kenianos fueron reclutados para combatir por un imperio que en su propia tierra los trataba como súbditos de segunda. Los veteranos africanos regresaron con nuevas ideas sobre la libertad y la igualdad. El despojo de la tierra, la humillación cotidiana del kipande y la negación de derechos políticos fueron incubando el resentimiento que estallaría a mediados del siglo XX.
El malestar acumulado desembocó en la rebelión Mau Mau, un movimiento nacionalista africano militante surgido a comienzos de la década de 1950, sobre todo entre los kikuyu, el pueblo más golpeado por el despojo de tierras. Los combatientes Mau Mau iniciaron en 1952 una campaña de sabotaje y ataques contra colonos, funcionarios y africanos considerados colaboracionistas.
En octubre de 1952, las autoridades coloniales británicas declararon el estado de emergencia, que se prolongaría durante años. La represión fue extraordinariamente dura: el ejército británico y las fuerzas coloniales confinaron a cientos de miles de kikuyu en "aldeas" cercadas y en campos de detención donde se documentaron torturas, trabajos forzados y ejecuciones. Episodios como la masacre de Hola, en 1959, donde murieron once detenidos golpeados por los guardias, escandalizaron incluso a la opinión británica.
Las cifras de víctimas siguen siendo objeto de debate historiográfico. Las fuentes oficiales británicas hablaron de algo más de diez mil muertos entre los rebeldes, mientras que investigaciones posteriores estiman decenas de miles y algunos historiadores kenianos elevan la cifra mucho más; el número exacto está discutido y conviene dar el rango antes que un dato cerrado. Militarmente, la resistencia estaba quebrada hacia 1956, pero la rebelión demostró que mantener la colonia costaría demasiado, y aceleró la descolonización. Líderes nacionalistas como Jomo Kenyatta, acusado —de forma controvertida— de dirigir el movimiento, fueron encarcelados tras el juicio de Kapenguria.
La marea nacionalista era ya imparable. Liberado en 1961, Jomo Kenyatta se puso al frente de la Kenya African National Union (KANU), el principal partido independentista, frente a la KADU, que agrupaba a comunidades más pequeñas temerosas del dominio kikuyu y luo. En las negociaciones con Londres se fue perfilando el traspaso del poder.
El 1 de junio de 1963, Kenia obtuvo el autogobierno interno (el Madaraka), y el 12 de diciembre de 1963 alcanzó la independencia plena, con Kenyatta como primer ministro. La palabra uhuru —libertad, en kiswahili— se volvió el grito de toda una época. Un año después, el 12 de diciembre de 1964, el país se proclamó república, con Jomo Kenyatta como presidente y Oginga Odinga como vicepresidente.
Kenyatta impulsó el lema harambee ("tirar todos juntos") para movilizar el esfuerzo colectivo en escuelas, caminos y desarrollo, y buscó una reconciliación pragmática que no espantara a los colonos ni al capital extranjero. Pero su gobierno también fue concentrando el poder: hacia 1969 Kenia se había convertido de hecho en un Estado de partido único en torno a la KANU, y el reparto desigual de la tierra recuperada y de las oportunidades sembró tensiones étnicas y regionales que perdurarían. Kenyatta gobernó hasta su muerte, en agosto de 1978.
A la muerte de Kenyatta lo sucedió su vicepresidente, Daniel arap Moi, que gobernaría hasta 2002. Su llegada trasladó el centro del poder del pueblo kikuyu a la minoría kalenjin. En 1982 la Asamblea Nacional reformó la constitución para hacer de Kenia, de derecho, un Estado de partido único. El régimen del Nyayo se apoyó en la detención arbitraria, la tortura en lugares como Nyayo House y la represión política para silenciar a la oposición.
La presión internacional y el empuje de los movimientos prodemocráticos —las protestas del Saba Saba ("siete-siete", 7 de julio) de 1990 fueron un hito— forzaron a Moi a aceptar el multipartidismo: en diciembre de 1991 se derogó el artículo que consagraba el partido único, y en 1992 se celebraron las primeras elecciones multipartidistas, seguidas de las de 1997, ambas cuestionadas por los observadores. Recién en 2002 la oposición unida llevó a Mwai Kibaki a la presidencia y puso fin a casi cuatro décadas de hegemonía de la KANU.
El camino democrático tuvo un tramo trágico: la violencia postelectoral de 2007-2008 dejó más de 1.100 muertos y unos 650.000 desplazados, y expuso las heridas étnicas y la disputa por la tierra. Como respuesta, en 2010 los kenianos aprobaron en referéndum una nueva Constitución que limitó el poder presidencial y reemplazó las ocho provincias por 47 condados con gobierno propio, en un ambicioso proceso de descentralización. Desde entonces gobernaron Uhuru Kenyatta —hijo del padre fundador— y, desde 2022, William Ruto. Hoy Kenia es una de las economías más dinámicas de África Oriental, pionera del pago móvil con M-Pesa, epicentro del safari mundial y una democracia joven que aún lidia con la corrupción y las tensiones heredadas de su historia.