Mucho antes de sus torres y sus pórticos, Bolonia ya era una ciudad importante, aunque con otro nombre y otra lengua. En el primer milenio antes de Cristo, el lugar estaba ocupado por poblaciones de la llamada cultura villanoviana, y hacia los siglos VI-V a.C. se convirtió en Felsina, una de las principales ciudades de los etruscos al norte de los Apeninos. Los etruscos transformaron el sitio: levantaron construcciones de ladrillo, drenaron zonas pantanosas y abrieron canales que comunicaban la ciudad con el Adriático. De aquella Felsina próspera quedan ricas necrópolis con estelas funerarias esculpidas que hoy se conservan en el Museo Cívico Arqueológico.
Hacia el siglo IV a.C., la ciudad fue conquistada por los galos boios, una tribu celta que dominó la región (la 'Galia Cisalpina') durante casi dos siglos. Pero el destino de Bolonia, como el de casi toda Italia, terminó de decidirse en Roma. Tras vencer a los boios, el Senado romano fundó allí, en el 189 a.C., la colonia de Bononia, sobre el mismo lugar de la antigua Felsina. La nueva ciudad se ordenó según el trazado en cuadrícula típico romano —todavía reconocible en el damero del centro— y quedó atravesada por la Vía Emilia, la gran calzada que unía el norte de Italia y que dio nombre a toda la región, Emilia. Bajo Roma, Bononia fue una ciudad rica y populosa, un nudo de caminos en la fértil llanura del Po, hasta que la crisis del Imperio y las invasiones de la Antigüedad tardía la sumieron, como a tantas otras, en la decadencia.
Tras siglos oscuros, Bolonia renació con fuerza en la plena Edad Media. Entre los siglos XI y XII se organizó como comuna libre, una ciudad-estado gobernada por sus propios ciudadanos que fue ganando autonomía frente al Sacro Imperio; suele señalarse 1116, con un diploma del emperador Enrique V, como una fecha clave de esas libertades. Fue una de las comunas más poderosas del norte de Italia, con un territorio propio, ejército y una economía floreciente basada en el comercio, la artesanía y los canales de agua que movían molinos y talleres de seda.
Pero el mayor legado de la Bolonia medieval no es militar ni comercial, sino intelectual. En 1088 —por convención, ya que en realidad surgió de manera gradual— nació allí la Universidad de Bolonia, considerada la más antigua del mundo occidental, la 'Alma Mater Studiorum'. No la fundó ningún rey ni papa: nació del encuentro entre maestros y estudiantes, sobre todo en torno al estudio del derecho romano, que atrajo a jóvenes de toda Europa. Bolonia se convirtió así en 'la Dotta', la Docta, un faro del saber jurídico donde se formaron generaciones de juristas y por donde pasarían, con los siglos, figuras como Dante, Petrarca, Copérnico o Erasmo de Rotterdam. Esa universidad, todavía viva y multitudinaria, es la que sigue dándole a la ciudad su carácter joven y cosmopolita: un hilo de casi mil años que conecta a los estudiantes de hoy con los primeros que llegaron a estudiar leyes en el siglo XI.
La Bolonia medieval fue también una ciudad de torres. Entre los siglos XI y XIII, las familias nobles rivalizaban levantando torres cada vez más altas, símbolos de poder y prestigio (y, llegado el caso, refugios defensivos). La ciudad se erizó de estas construcciones: la leyenda habla de casi dos centenares, aunque la cifra real fue seguramente menor; hoy sobreviven una veintena. Las dos más famosas se alzan juntas en pleno centro: la Torre degli Asinelli, la más alta, y la Garisenda, célebre por su pronunciada inclinación, que ya en el siglo XIV impresionó a Dante lo suficiente como para mencionarla en la 'Divina Comedia'. Esas torres inclinadas son, todavía hoy, el símbolo de Bolonia.
El siglo XIII fue de esplendor pero también de conflicto. Como toda la Italia comunal, Bolonia se desgarró en las luchas entre güelfos (partidarios del Papa) y gibelinos (partidarios del emperador); en 1249 llegó a capturar y retener de por vida a Enzo, hijo del emperador Federico II, en el palacio que hoy lleva su nombre. Con el tiempo, el triunfo de la facción güelfa y las divisiones internas fueron acercando la ciudad a la órbita de la Iglesia. Tras episodios de señorío —como el de la familia Bentivoglio, que dominó Bolonia en el siglo XV en una etapa de brillo renacentista—, la ciudad terminó plenamente integrada en los Estados Pontificios. Durante siglos, Bolonia fue la segunda ciudad más importante del Estado de la Iglesia, después de Roma, gobernada por un legado papal. Ese largo dominio pontificio, que se mantuvo hasta la unificación de Italia a mediados del siglo XIX, dejó una huella profunda en sus iglesias, palacios y en el propio tejido de la ciudad.
En 1860, en el proceso de unificación de Italia (el Risorgimento), Bolonia y las Legaciones pontificias se incorporaron por plebiscito al nuevo Reino de Italia, poniendo fin a siglos de gobierno papal. La ciudad entró en la era moderna como capital de la Emilia, se industrializó, creció más allá de sus murallas medievales (que en buena parte se derribaron a comienzos del siglo XX) y desarrolló una fuerte tradición asociativa, cooperativa y obrera que marcaría su identidad política.
Esa identidad se puso a prueba en el siglo XX. Bolonia fue escenario de la violencia del fascismo desde sus inicios en los años veinte y, durante la Segunda Guerra Mundial, uno de los grandes focos de la Resistencia antifascista italiana. La ciudad y sus montañas fueron territorio de partisanos, y pagó un precio altísimo: bombardeos aliados que destruyeron parte del centro, la ocupación alemana y episodios atroces como la masacre de Marzabotto, en los Apeninos boloñeses, donde en 1944 las SS asesinaron a cientos de civiles. Bolonia fue liberada el 21 de abril de 1945.
De esa experiencia nació la 'Bolonia roja' de la posguerra: durante décadas, la ciudad fue gobernada por la izquierda (el Partido Comunista y sus herederos) y se convirtió en una suerte de vitrina del 'buen gobierno' local, con servicios públicos, urbanismo cuidado y políticas sociales que se citaban como modelo dentro y fuera de Italia. Ese perfil progresista, unido a su universidad, hizo de Bolonia un centro de efervescencia cultural y política, especialmente intensa en los movimientos estudiantiles y contraculturales de los años setenta.
La historia reciente de Bolonia está marcada por una herida profunda. El 2 de agosto de 1980, a las 10:25 de la mañana, una bomba oculta en una maleta estalló en la sala de espera de segunda clase de la estación de Bologna Centrale, abarrotada de viajeros en pleno inicio de las vacaciones de verano. La explosión hizo colapsar el ala oeste del edificio. Murieron 85 personas y más de 200 resultaron heridas: fue el atentado terrorista más grave de la historia de la República Italiana.
La masacre (la 'strage di Bologna') se atribuyó desde el principio al terrorismo neofascista y se enmarca en lo que se conoció como la 'estrategia de la tensión', una serie de atentados que ensangrentaron Italia en los años setenta y ochenta. Las investigaciones y los procesos judiciales, larguísimos y complejos, condenaron como ejecutores materiales a militantes de la extrema derecha, y con los años señalaron también a instigadores y encubridores vinculados a la logia masónica secreta P2 y a sectores de los servicios de inteligencia. La justicia siguió pronunciándose durante décadas: en 2025, la Corte de Casación confirmó de forma definitiva una condena a cadena perpetua para uno de los responsables. Cada 2 de agosto, Bolonia se detiene: a las 10:25 suena el silencio en memoria de las víctimas, cuyos nombres están grabados en la estación, y el reloj de la fachada permanece detenido para siempre en la hora de la explosión.
Hoy Bolonia es una ciudad próspera, culta y disfrutona, orgullosa de sus tres apodos —la Docta, la Gorda y la Roja—, de sus pórticos declarados Patrimonio de la Humanidad en 2021 y de una universidad que cumplió más de nueve siglos. Pero conserva también, con sobriedad y sin olvido, la memoria de aquel día de 1980, como parte inseparable de lo que la ciudad es.