A unos doce kilómetros de la costa de Kerry, en pleno Atlántico, se alza Skellig Michael (Sceilg Mhichíl), un peñón de roca puntiagudo que emerge del mar como una catedral natural. Sobre él, hacia los siglos VI-VIII, un puñado de monjes buscó la soledad más extrema para su vida de oración y penitencia. Trepando por escalones tallados en la roca hasta unos 160 metros de altura, construyeron un pequeño monasterio de celdas de piedra en forma de colmena (las clocháin), oratorios, cruces y terrazas, todo levantado con la técnica de piedra en seco, sin mortero.
Aquella comunidad, quizá de una docena de monjes, vivió durante siglos en condiciones durísimas, aislada por las tempestades y azotada por los vientos, cultivando pequeños huertos y recogiendo agua de lluvia y huevos de aves marinas. Es uno de los ejemplos más espectaculares del monaquismo eremítico irlandés, esa búsqueda del "desierto" espiritual que llevó a los monjes de la edad de oro a los rincones más inhóspitos. Con las incursiones vikingas —que también alcanzaron el peñón— y el cambio de los tiempos, el monasterio acabó abandonándose hacia el siglo XII o XIII.
Extraordinariamente conservado, Skellig Michael fue inscripto por la Unesco en la Lista del Patrimonio Mundial en 1996, y en años recientes ganó fama mundial como escenario de películas de La guerra de las galaxias. Pero su verdadero significado es más antiguo y más hondo: es un testimonio único de la espiritualidad de la Irlanda cristiana temprana, un lugar donde unos hombres decidieron acercarse a Dios en el confín del mundo conocido, sobre una roca batida por el océano.
Kerry, en el extremo suroeste, es una de las regiones donde mejor ha sobrevivido el idioma irlandés (gaeilge). En la península de Dingle —Corca Dhuibhne en gaélico— se extiende una Gaeltacht, una de esas zonas oficialmente reconocidas donde el irlandés sigue siendo lengua de uso cotidiano. Que el gaélico haya perdurado precisamente aquí, en el occidente atlántico, no es casual: son las tierras pobres y periféricas a las que fue empujada la población gaélica y adonde menos penetró la anglicización, aunque también fueron las más castigadas por la Hambruna y la emigración.
La punta de la península de Dingle guarda un tesoro literario singular: las islas Blasket (na Blascaodaí), habitadas hasta 1953 por una comunidad de pescadores de lengua irlandesa. De aquella pequeña isla, en las primeras décadas del siglo XX, salió una notable floración de autobiografías escritas en gaélico —las de Tomás Ó Criomhthain, Peig Sayers y Muiris Ó Súilleabháin—, que retrataron un modo de vida ancestral a punto de desaparecer y que se convirtieron en clásicos de la literatura irlandesa moderna.
Hoy la Gaeltacht de Kerry combina la conservación de la lengua con el turismo cultural: pueblos donde se oye hablar irlandés, escuelas de verano a las que acuden jóvenes de todo el país a aprender la lengua, y un paisaje de campos verdes, muros de piedra y monumentos cristianos primitivos como el oratorio de Gallarus. La supervivencia del gaélico en este rincón es a la vez un fenómeno cultural vivo y un recordatorio de la historia de despojo que empujó a la vieja Irlanda hacia el mar.
Como todo el oeste empobrecido de Irlanda, Kerry sufrió con especial crudeza la Gran Hambruna de 1845-1852. Era una región de pequeñas explotaciones y de campesinos que dependían casi por entero de la papa para alimentarse; cuando el tizón arrasó las cosechas año tras año, el hambre, el tifus y la disentería se cebaron con la población. Los workhouses —los asilos de pobres— de Killarney, Kenmare o Dingle se desbordaron y se convirtieron en focos de enfermedad y muerte, y muchos murieron en los caminos o en sus propias casas.
El paisaje de Kerry todavía guarda las cicatrices de aquel desastre. Por las laderas se ven los surcos abandonados de los antiguos cultivos de papa —los "lazy beds"— y las ruinas de aldeas que quedaron vacías, cuyos habitantes murieron o emigraron. La península de Dingle y la de Iveragh, hoy recorridas por rutas escénicas como el Anillo de Kerry, perdieron entonces buena parte de su gente. La densa red de muros de piedra que cruza los campos es en parte herencia de las obras públicas de socorro, en las que se hacía trabajar a los hambrientos a cambio de comida.
La Hambruna transformó Kerry de manera duradera: aceleró el derrumbe demográfico, el declive del idioma irlandés en muchas zonas y, sobre todo, la emigración. Durante generaciones, marcharse a América fue el destino esperado de la juventud de Kerry, y esa sangría continuó mucho después de 1852. La memoria del hambre y de la partida quedó grabada en la cultura popular, en las canciones y en la relación entrañable —y a veces dolorosa— que el condado mantiene con su enorme diáspora.
En un rincón inesperado de Kerry ocurrió uno de los grandes hitos de la historia de las comunicaciones. La isla de Valentia, frente a la costa suroeste, fue elegida como terminal europea del primer cable telegráfico transatlántico, por ser uno de los puntos de Europa más cercanos a Norteamérica. Tras varios intentos fallidos —un primer cable de 1858 funcionó apenas unas semanas—, en 1866 el gigantesco barco Great Eastern logró tender un cable continuo desde Valentia hasta Heart's Content, en Terranova (Canadá).
El logro fue revolucionario. Hasta entonces, un mensaje entre Europa y América tardaba en cruzar el océano lo que tardara un barco: días o semanas. Con el cable, un telegrama podía llegar en minutos. La comunicación instantánea entre continentes cambió para siempre el comercio, la diplomacia, la prensa y la vida cotidiana del mundo atlántico, y convirtió a esa pequeña isla de Kerry en un nodo de la primera red de comunicación global de la historia.
La estación telegráfica de Valentia siguió operando durante casi un siglo, hasta 1966, y hoy el sitio —con sus edificios históricos a ambos lados del Atlántico— está propuesto para el Patrimonio Mundial de la Unesco por su valor universal como cuna de la telecomunicación intercontinental. Que este rincón remoto y atlántico de Irlanda, tan marcado por la emigración y el aislamiento, fuera a la vez el punto donde el mundo se conectó por primera vez de orilla a orilla, es una de las paradojas más hermosas de la historia de Kerry.
Si buena parte de la historia de Kerry es de dureza y emigración, hay también una veta más luminosa: la del paisaje que convirtió al condado en uno de los primeros destinos turísticos de Irlanda. Ya en el siglo XVIII y XIX, los lagos de Killarney, rodeados de las montañas más altas del país (los MacGillycuddy's Reeks) y de bosques de robles, atrajeron a viajeros románticos, artistas y aristócratas fascinados por su belleza. La visita de la reina Victoria en 1861 consagró definitivamente a Killarney como lugar de moda.
En torno a esos lagos se conservan joyas históricas: la abadía franciscana de Muckross, la mansión victoriana de Muckross House, la isla de Innisfallen con las ruinas de su antiguo monasterio, y el castillo de Ross a orillas del lago. Todo ello quedó protegido en el Parque Nacional de Killarney, el primero de Irlanda, creado en 1932 a partir de la donación de la finca de Muckross, y que resguarda además el mayor bosque autóctono que le queda al país y una manada de ciervos rojos nativos.
Desde Killarney parten las dos grandes rutas escénicas del condado: el célebre Anillo de Kerry, que da la vuelta a la península de Iveragh entre montañas, playas y aldeas, y la Slea Head Drive en la península de Dingle. Recorrerlas es atravesar un territorio donde conviven el esplendor natural y la memoria histórica: fuertes de piedra prehistóricos, monumentos cristianos primitivos, ruinas de la Hambruna y pueblos gaélicos. El turismo, nacido aquí hace más de dos siglos, es hoy uno de los grandes motores de un Kerry que hizo de su paisaje un patrimonio.