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Historia de Hortobágy

El gran vacío que no siempre estuvo vacío

Quien llega por primera vez a la puszta de Hortobágy tiene la sensación de estar ante un paisaje eterno: una llanura sin fin de pastos amarillos, un cielo descomunal, algún pozo de balancín recortado contra el horizonte y, a lo lejos, un rebaño de bueyes grises. Parece la estepa virgen de siempre, una pradera salvaje intacta desde el principio de los tiempos. Pero esa impresión es, en buena medida, un engaño hermoso: la puszta de Hortobágy no es una estepa natural, sino un paisaje moldeado por la mano del ser humano a lo largo de los siglos. Entenderlo es la clave de su historia.

Hortobágy se extiende en el corazón de la Gran Llanura húngara (el Alföld), al oeste de Debrecen. En la Antigüedad y en la Edad Media, la zona no era una llanura desnuda: había bosques, marismas, aldeas y campos de cultivo, regados por las crecidas del río Tisza y sus brazos. La región estuvo habitada desde tiempos prehistóricos, y durante la Edad Media hubo docenas de pueblos con sus iglesias. Fue una sucesión de catástrofes históricas y una gran obra de ingeniería lo que borró aquel mundo y dio origen al paisaje abierto que hoy admiramos y que la Unesco protege como patrimonio de la humanidad.

Cómo nació la puszta: guerras, agua y sal

El primer golpe llegó con la Baja Edad Media y, sobre todo, con la larga ocupación otomana de Hungría (siglos XVI y XVII). Las guerras, las incursiones y la inseguridad despoblaron gran parte de la llanura: muchas aldeas de Hortobágy fueron abandonadas y desaparecieron, y sus tierras quedaron convertidas en pastos comunales. La ciudad de Debrecen, cercana y próspera, fue adquiriendo estos enormes terrenos y los dedicó a la ganadería extensiva. Así, el pastoreo de grandes rebaños al aire libre —bueyes, caballos, ovejas— se convirtió en la actividad dominante, y con él nació la figura del pastor de la puszta.

El segundo golpe, decisivo, fue una obra humana del siglo XIX: la regulación del río Tisza. A partir de mediados de ese siglo, para ganar tierras de cultivo y evitar las inundaciones, se emprendió una colosal canalización del Tisza y sus afluentes, con diques y cortes de meandros. El resultado transformó por completo la región de Hortobágy: al contener el río, sus antiguas llanuras de inundación dejaron de recibir agua, el nivel freático bajó y el suelo se salinizó, se volvió alcalino (lo que en húngaro se llama szik). Sobre esos suelos salinos solo prosperan pastos resistentes, no árboles ni cultivos, y así se consolidó la inmensa estepa herbácea que hoy caracteriza a Hortobágy. La puszta, paradójicamente, es hija tanto del abandono como de la ingeniería moderna: un paisaje 'natural' creado por la historia.

Los pastores, los caballos y las razas de la llanura

Sobre esa estepa salina floreció durante siglos una cultura pastoril única, la que da a Hortobágy su alma y la que la Unesco reconoció al declararla Patrimonio Mundial en 1999 como 'paisaje cultural': un ejemplo excepcional de territorio moldeado por una sociedad pastoril que, criando su ganado al aire libre, logró conservar la biodiversidad de estos pastizales durante miles de años.

Los protagonistas eran los pastores, organizados por especialidades: el csikós cuidaba los caballos, el gulyás los bueyes, el juhász las ovejas y el kondás los cerdos. Vivían meses a la intemperie, con sus capotes de fieltro (szűr), sus refugios, sus perros y sus látigos, en una existencia dura y libre que la literatura y la pintura húngaras convirtieron en símbolo romántico de la nación. De aquella tradición nacieron proezas ecuestres como el célebre 'cinco en mano', y también la conservación de las razas autóctonas que son hoy un tesoro vivo del parque: el buey gris húngaro de largos cuernos, que durante siglos se arreó en pie hasta los mercados de Viena, Núremberg y Venecia; la oveja racka de cuernos en espiral; los caballos nonius; el búfalo de agua y el cerdo lanudo mangalica. El pastoreo tradicional no solo dio de comer a la región: mantuvo abierta y viva la estepa, impidiendo que el matorral la invadiera y preservando su extraordinaria riqueza de aves y plantas.

La puszta como prisión: los campos de 1950-1953

La inmensidad de Hortobágy, que durante siglos había sido sinónimo de libertad y de horizonte abierto, se convirtió a mediados del siglo XX en el escenario de uno de los capítulos más oscuros de la historia húngara reciente. Tras la instauración del régimen comunista estalinista de Mátyás Rákosi, la puszta se transformó en un lugar de castigo y encierro.

Entre 1950 y 1953, el régimen instaló en Hortobágy y comarcas vecinas (Nagykunság, Hajdúság) una red de doce campos de internamiento y trabajos forzados. Las deportaciones comenzaron el 23 de junio de 1950. Allí fueron llevadas, sin juicio ni condena judicial, alrededor de diez mil personas consideradas 'enemigas de clase': familias de las zonas fronterizas del oeste y el sur del país —consideradas 'poco seguras' en plena Guerra Fría—, antiguos terratenientes, campesinos acomodados tildados de 'kulaks', personas de origen social 'indeseable', ancianos, enfermos y niños incluidos. Tenían apenas una hora para recoger sus cosas antes de ser subidos a vagones y trasladados a la estepa. En los campos, vigilados por guardias armados, vivían hacinados en establos y barracones y trabajaban hasta doce horas diarias en condiciones inhumanas en las granjas estatales. Muchos, sobre todo los más débiles, murieron. Los campos se cerraron en el otoño de 1953, tras la amnistía decretada por el primer gobierno de Imre Nagy, pero a los deportados no se les permitió regresar de inmediato a sus hogares, confiscados, y quedaron marcados durante años. Es una página real y grave que hoy se recuerda con monumentos y placas, para que la belleza de la puszta no borre la memoria de quienes sufrieron en ella.

El primer parque nacional y el patrimonio de la humanidad

La segunda mitad del siglo XX trajo también el reconocimiento del inmenso valor natural y cultural de Hortobágy. A medida que crecía la conciencia ecológica, quedó claro que aquel paisaje de pastizales salinos, marismas y humedales albergaba una biodiversidad excepcional, en especial de aves, y que la cultura pastoril que lo había creado merecía protección. En 1973, Hortobágy se convirtió en el primer parque nacional de Hungría, con decenas de miles de hectáreas protegidas.

El parque preserva hoy tanto la naturaleza como la herencia humana: los rebaños de razas autóctonas siguen pastando la estepa, los csikós mantienen vivas sus tradiciones ecuestres en la yeguada de Máta, y las grandes pescaderías y lagunas —protegidas además por la Convención Ramsar sobre humedales de importancia internacional— acogen a cientos de especies de aves. Cada otoño, decenas de miles de grullas hacen escala en Hortobágy durante su migración, en uno de los espectáculos naturales más impresionantes de Europa. En 1999, la Unesco inscribió 'Hortobágy National Park – the Puszta' en la lista del Patrimonio Mundial como paisaje cultural, subrayando que se trata de un ejemplo sobresaliente de convivencia milenaria entre el ser humano y la estepa.

Hoy Hortobágy es a la vez una reserva natural de primer orden, un museo al aire libre de la vida pastoril y un destino turístico que recibe a viajeros de todo el mundo. Junto al Puente de los Nueve Ojos —el puente de piedra más largo de Hungría, levantado entre 1827 y 1833— y la vieja posada de postas, se puede recorrer la estepa en carro, ver a los jinetes, observar las grullas al atardecer y sentir el silencio inmenso de la llanura. Un paisaje que parece eterno y que, sin embargo, guarda entre sus pastos toda la historia de Hungría: la del trabajo, la de la libertad y también la del dolor.

📚 Bibliografía

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