Tesalónica nació de la ambición y del amor filial en un momento decisivo de la historia griega. En el año 315 a.C., pocos años después de la muerte de Alejandro Magno y en plena lucha de sus generales por repartirse el imperio, el rey de Macedonia Casandro fundó una nueva ciudad reuniendo a los habitantes de una veintena de pequeñas poblaciones del golfo Termaico, entre ellas la antigua Therma. La bautizó Tesalónica en honor a su esposa, que a su vez era media hermana de Alejandro Magno: su nombre significa 'victoria de Tesalia', en recuerdo de un triunfo militar de su padre, Filipo II. Así, la ciudad quedó ligada desde el primer día a la gran dinastía macedonia.
Su ubicación era inmejorable: un puerto natural protegido en el fondo del golfo, en el punto donde las rutas terrestres de los Balcanes se encuentran con el mar Egeo. Cuando Roma conquistó Macedonia en el siglo II a.C., Tesalónica se convirtió en la capital de la provincia romana de Macedonia y en una pieza clave del imperio, porque por ella pasaba la Vía Egnatia, la gran calzada que atravesaba los Balcanes uniendo el Adriático con Bizancio (la futura Constantinopla) y, a través de ella, con Roma y con Oriente. Ese eje comercial y militar hizo de la ciudad un cruce de caminos próspero y cosmopolita.
De la época romana tardía procede su primer gran conjunto monumental, ligado al emperador Galerio, que hacia el año 300 d.C. la eligió como una de sus residencias e hizo levantar un vasto complejo palaciego. De él se conservan todavía el Arco de Galerio (el Kamara), erigido para celebrar sus victorias sobre los persas, y la imponente Rotonda, un colosal edificio circular abovedado que sería reutilizado a lo largo de los siglos. Fue también bajo el dominio romano cuando el apóstol Pablo predicó en la ciudad y le escribió sus Epístolas a los Tesalonicenses, sembrando las semillas de un cristianismo que marcaría su futuro.
Con la caída del Imperio romano de Occidente y el ascenso del Imperio bizantino, Tesalónica alcanzó su época de mayor esplendor. Durante más de un milenio fue la segunda ciudad del mundo bizantino, sólo por detrás de la propia Constantinopla, un gran centro comercial, militar, intelectual y religioso, rodeado de poderosas murallas y volcado al comercio del Egeo. Su feria anual de San Demetrio atraía a mercaderes de todo el Mediterráneo y de los Balcanes.
La ciudad quedó indisolublemente ligada a la figura de su patrón, San Demetrio (Agios Dimitrios), un mártir cristiano que, según la tradición, fue ejecutado en tiempos de Galerio y al que los tesalonicenses atribuyeron a lo largo de los siglos la protección milagrosa de la ciudad frente a asedios y catástrofes. Sobre el lugar de su martirio se levantó la gran basílica que lleva su nombre, uno de los templos más venerados del cristianismo oriental.
De aquel florecimiento bizantino procede el mayor tesoro de Tesalónica: su extraordinario conjunto de iglesias paleocristianas y bizantinas, construidas entre los siglos IV y XV, que en 1988 fueron declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Los mosaicos de la Rotonda, de San Demetrio y de la iglesia de Ossios David figuran entre las obras maestras del arte cristiano primitivo, y templos como Santa Sofía, Panagia Chalkeon o los Santos Apóstoles jalonan la evolución de la arquitectura bizantina. La ciudad fue también cuna de figuras como los hermanos Cirilo y Metodio, los 'apóstoles de los eslavos', que desde aquí llevaron el cristianismo y un nuevo alfabeto a los pueblos eslavos. Tras siglos brillantes —interrumpidos por episodios trágicos como el saqueo normando de 1185—, la Tesalónica bizantina llegó a su fin en 1430, cuando fue conquistada por los otomanos.
En 1430 Tesalónica cayó bajo dominio otomano, y así permanecería durante casi cinco siglos, hasta 1912. Los turcos la convirtieron en una de las grandes ciudades del imperio, la llamaron Selanik, transformaron muchas de sus iglesias en mezquitas (a la Rotonda le añadieron el minarete que todavía hoy se conserva) y le dieron el carácter de una urbe profundamente multicultural, donde convivían musulmanes, cristianos ortodoxos y una comunidad que acabaría definiendo su identidad: la judía sefardí.
El acontecimiento decisivo fue la llegada, a partir de 1492, de miles de judíos expulsados de España por los Reyes Católicos, a los que se sumaron después sefardíes de Portugal e Italia. El Imperio otomano los acogió, y muchos encontraron en Tesalónica una nueva patria. Traían consigo su lengua —el judeoespañol o ladino, un castellano antiguo que conservarían durante siglos—, sus oficios, su cultura y una notable pujanza comercial. La comunidad creció hasta convertirse en la mayoritaria de la ciudad: durante buena parte de la época otomana, Tesalónica fue una de las poquísimas ciudades del mundo con mayoría de población judía, con decenas de sinagogas, escuelas, imprentas y una vida intelectual riquísima. Se decía que el puerto cerraba los sábados, en respeto al shabbat. Por eso se la conoció como la 'Jerusalén de los Balcanes' o 'la Madre de Israel'.
Ese mosaico de pueblos convivió, con tensiones y desigualdades, hasta comienzos del siglo XX. En 1912, durante la Primera Guerra Balcánica, Tesalónica fue tomada por el ejército griego e incorporada al Reino de Grecia, poniendo fin al largo dominio otomano y abriendo un nuevo capítulo, mucho más convulso, en la historia de la ciudad.
El siglo XX transformó por completo el rostro y la composición de Tesalónica en apenas unas décadas. El primer golpe fue material: en agosto de 1917, con la ciudad convertida en base de los ejércitos aliados durante la Primera Guerra Mundial, un incendio devastador se propagó durante unas treinta y dos horas y arrasó buena parte del centro histórico. El fuego destruyó unas 9.500 viviendas y dejó sin hogar a más de 70.000 personas, muchas de ellas de la comunidad judía, cuyos barrios, sinagogas, escuelas y comercios quedaron reducidos a cenizas. Buena parte del casco medieval otomano y de la ciudad judía desapareció para siempre.
Las autoridades griegas aprovecharon la catástrofe para reconstruir el centro con un plan urbano moderno, encargado al arquitecto francés Ernest Hébrard, que diseñó las avenidas amplias y la monumental plaza Aristotelous abierta al mar que hoy conocemos. Pero la reconstrucción también implicó que muchos damnificados, en especial judíos, no pudieran recuperar sus propiedades y quedaran empujados a emigrar o a las afueras.
El segundo gran cambio fue demográfico. La derrota griega en la guerra greco-turca de Asia Menor desembocó en el Tratado de Lausana de 1923, que estableció un intercambio forzoso de poblaciones entre Grecia y Turquía basado en la religión: los musulmanes de Grecia debían marchar a Turquía, y los cristianos ortodoxos de Anatolia, a Grecia. Como consecuencia, la población musulmana de Tesalónica abandonó la ciudad, mientras llegaban en masa refugiados griegos de Asia Menor —de Esmirna, Constantinopla, el Ponto—, que se instalaron en nuevos barrios y aportaron su cultura, su música y una cocina que todavía hoy define la gastronomía tesalonicense. Aquel intercambio heleneizó la ciudad y, por primera vez en siglos, los judíos pasaron a ser una minoría, superados en número por los recién llegados cristianos.
El capítulo más trágico de la historia de Tesalónica llegó durante la Segunda Guerra Mundial. En abril de 1941 la ciudad fue ocupada por la Alemania nazi, y sobre su comunidad judía —que todavía contaba con unas 50.000 personas, la inmensa mayoría descendientes de aquellos sefardíes llegados de España cuatro siglos y medio antes— se abatió la maquinaria del Holocausto.
La persecución fue escalonada y metódica. En julio de 1942 miles de hombres judíos fueron sometidos a trabajos forzados y humillaciones públicas. Poco después las autoridades ocupantes procedieron a la destrucción del enorme cementerio judío de la ciudad, uno de los mayores de Europa, con cientos de miles de tumbas, cuyas lápidas fueron reutilizadas como material de construcción. Se impusieron guetos y la estrella amarilla. Y entre el 15 de marzo y el mes de agosto de 1943, en sucesivos convoyes que partían desde la estación de Tesalónica, prácticamente toda la comunidad judía de la ciudad fue deportada en trenes de carga al campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau.
Las cifras son estremecedoras: del orden de 46.000 a 49.000 judíos de Tesalónica fueron enviados a Auschwitz, y la inmensa mayoría fue asesinada, gran parte de ellos en las cámaras de gas nada más llegar. Fue uno de los exterminios más completos de una comunidad entera en toda Europa: de aquella Tesalónica judía plurisecular, la 'Jerusalén de los Balcanes', sólo sobrevivió una pequeña fracción. Con ella desaparecieron una lengua —el ladino que se hablaba en la ciudad—, un patrimonio y una forma de vida irrepetibles.
Hoy Tesalónica preserva esa memoria con sobriedad. El Museo Judío documenta la historia y el aniquilamiento de la comunidad; el Monumento al Holocausto, en la plaza Eleftherías —el mismo lugar donde en 1942 se humilló públicamente a los hombres judíos—, recuerda a las víctimas; y en la Universidad Aristóteles, construida en parte sobre el antiguo cementerio judío, se han colocado placas conmemorativas. Reconocer esa ausencia es parte inseparable de comprender la ciudad.
De la posguerra a hoy, Tesalónica se reconstruyó como una gran ciudad griega moderna, la segunda del país, sin renunciar a la densidad histórica que la distingue. La ciudad creció con la industria y el puerto, recibió olas de migración interna y se consolidó como un gran polo universitario: la Universidad Aristóteles, la mayor de Grecia y de los Balcanes, imprime a la ciudad una energía juvenil que se nota en sus cafés, sus bares, su música y su vida cultural, con festivales de cine y de gastronomía de referencia internacional.
En las últimas décadas, Tesalónica ha ido revalorizando y poniendo en diálogo sus múltiples capas: los monumentos romanos y bizantinos restaurados, el frente marítimo renovado de la Nea Paralia, los mercados históricos como el de Modiano recuperados, y una creciente atención a la memoria judía y otomana que durante mucho tiempo quedó silenciada. La ciudad reivindica hoy con orgullo su condición de crisol de culturas.
El hito más reciente y esperado llegó a fines de 2024, cuando por fin se inauguró el metro de la ciudad, tras décadas de obras retrasadas por los constantes hallazgos arqueológicos del subsuelo. Ese metro, con estaciones que exhiben in situ los restos de la ciudad antigua encontrados al excavar, resume bien lo que es Tesalónica: una urbe del siglo XXI que camina literalmente sobre veintitrés siglos de historia, y que ha aprendido a mostrarlos en lugar de esconderlos.