El sur costero es, literalmente, donde empieza la historia de Finlandia. Turku (Åbo en sueco) fue durante la época sueca la ciudad más importante del territorio: sede del obispado desde el siglo XIII, del gobierno y de la primera universidad, la Real Academia de Åbo, fundada en 1640. Su catedral y su castillo medieval siguen siendo los monumentos más antiguos y venerados del país. Cuando en 1809 Finlandia pasó a Rusia, Turku era la capital natural, pero el zar la desplazó en favor de Helsinki, más cercana a San Petersburgo. El golpe final llegó con el gran incendio de 1827, que arrasó buena parte de la ciudad de madera y precipitó el traslado de la universidad a la nueva capital. Aun así, Turku conservó su orgullo de ciudad madre y su río, el Aura, sigue siendo su columna vertebral.
Helsinki fue fundada por los suecos en 1550 como rival comercial de Tallin, pero durante siglos fue apenas un pueblo. Todo cambió en 1812, cuando el zar la eligió como capital del Gran Ducado. Rusia quería una capital a su medida y encargó su reconstrucción al arquitecto Carl Ludvig Engel, que levantó el conjunto neoclásico de la plaza del Senado —la catedral blanca, el palacio del gobierno, la universidad— que todavía es la postal de la ciudad. Helsinki creció como centro administrativo y luego industrial, y de capital de provincia imperial pasó a capital de un país independiente en 1917. En 1952 fue sede de los Juegos Olímpicos, un símbolo de la reinserción del país en el mundo tras las guerras, y en 1975 albergó la conferencia que produjo el Acta Final de Helsinki de la Guerra Fría. Su arquitectura mezcla el neoclásico ruso, el romanticismo nacional de comienzos del siglo XX y el diseño funcionalista que hizo mundialmente famoso a Alvar Aalto.
Frente a Helsinki, sobre un rosario de islas, se levanta Suomenlinna (Sveaborg en sueco), una de las mayores fortalezas marítimas del mundo. Los suecos empezaron a construirla en 1748 para frenar la expansión rusa, en una obra colosal para la época. Pese a su tamaño, se rindió a los rusos en 1808 sin gran resistencia, un episodio todavía discutido, y quedó en manos rusas durante todo el Gran Ducado. Fue base militar, sufrió bombardeos durante la guerra de Crimea y, tras la independencia, campo de prisioneros de la guerra civil de 1918. Hoy es Patrimonio de la Humanidad de la Unesco, un barrio habitado y uno de los paseos preferidos de los habitantes de la capital.
El sur costero está salpicado de pequeñas ciudades históricas de madera. Porvoo, a orillas de su río, es la segunda ciudad más antigua del país y conserva un casco medieval de casitas rojas y almacenes junto al agua que fueron pintados de ese color, según la tradición, para recibir a la realeza sueca. En Porvoo se reunió en 1809 la Dieta donde el zar Alejandro I juró respetar las leyes finlandesas, un momento fundacional de la autonomía. Naantali, cerca de Turku, nació alrededor de un convento medieval y con los siglos se transformó en villa de veraneo: allí está Kultaranta, la residencia estival del presidente de la República, y el parque temático del Mundo Moomin, homenaje a los personajes creados por la escritora finlandesa de habla sueca Tove Jansson.
La costa sur y suroeste es el corazón de la Finlandia de habla sueca. Aquí vive buena parte de la minoría finlandosueca —alrededor del 5% de la población del país—, y muchos pueblos de la costa mantienen el sueco como lengua mayoritaria y cotidiana, con carteles, escuelas y prensa propios. Esta doble identidad viene de los seiscientos años de dominio sueco y sigue viva en el mar: el archipiélago que se extiende frente a Turku, un laberinto de miles de islas e islotes, formó durante siglos una cultura de pescadores, marinos y campesinos isleños. La navegación, los ferries y la ruta del archipiélago siguen definiendo la vida de esta costa, tendida como un puente natural entre Finlandia y Suecia.