Imaginá un lugar donde el suelo respira, donde la roca todavía está caliente bajo los pies y donde, según quienes viven ahí, una diosa se manifiesta cada vez que la tierra escupe fuego. Ese lugar existe y se puede visitar: es la cima del Kilauea. Mucho antes de que existiera un parque nacional, los volcanes Kilauea y Mauna Loa ocupaban un lugar central en la cosmovisión hawaiana. Según la tradición, la diosa Pele —deidad del fuego, los rayos, el viento y los volcanes— habita en la caldera Halemaumau, en la cima del Kilauea. Cada erupción, cada río de lava y cada nueva colada se entiende como una manifestación de Pele, que a la vez destruye y crea tierra. En torno a ella existe un vastísimo cuerpo de cantos (mele), danzas (hula), genealogías y leyendas que narran sus viajes por el archipiélago, sus amores y sus disputas, en especial con su hermana Namakaokahai, diosa del mar.
Esta relación no es solo mitológica sino profundamente ritual: los hawaianos llevan ofrendas a Pele, recitan cantos y observan protocolos de respeto en los sitios volcánicos, que son considerados sagrados (wahi pana). De ahí proviene la conocida advertencia —y la superstición turística asociada— de no llevarse rocas de lava del parque, así como el pedido de las comunidades nativas de tratar el lugar con reverencia.
El paisaje volcánico era también un recurso vital: la lava proporcionaba piedra para herramientas y construcciones, y las zonas de bosque (kipuka) que sobreviven entre las coladas eran fuente de plantas, aves y materiales. Así, los volcanes eran a la vez deidad, hogar y sustento, una integración entre lo sagrado y lo cotidiano característica de la cultura hawaiana.
El interés científico por los volcanes hawaianos creció en el siglo XIX, con visitantes y estudiosos atraídos por la accesibilidad excepcional del Kilauea, uno de los pocos volcanes del mundo donde se podía observar la actividad de cerca con relativa seguridad. El histórico Volcano House, hotel al borde de la caldera, recibió a viajeros y escritores célebres —entre ellos Mark Twain— que difundieron la fama del lugar.
Un hito fundamental fue la fundación, en 1912, del Observatorio de Volcanes de Hawái (Hawaiian Volcano Observatory), impulsado por el geólogo Thomas Jaggar. El observatorio convirtió al Kilauea en una especie de laboratorio natural de la vulcanología moderna, donde se desarrollaron métodos pioneros de monitoreo de la actividad volcánica que luego se aplicaron en todo el mundo. Hoy lo gestiona el Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS).
En 1916, el Congreso de Estados Unidos creó el Hawaii National Park, que en su origen incluía los volcanes de la Isla Grande junto con el Haleakala de Maui; fue uno de los primeros parques nacionales del país y el primero en Hawái. En 1961, ambos se separaron en dos parques independientes, naciendo el actual Hawaii Volcanoes National Park. A lo largo del siglo XX, el parque fue reconocido como reserva de la biosfera (1980) y declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco (1987), en virtud de su valor geológico, ecológico y paisajístico excepcional.
La historia del parque está marcada por las erupciones, que continuamente transforman su geografía. El Kilauea es uno de los volcanes más activos del planeta; entre 1983 y 2018 protagonizó una erupción casi continua desde su zona de rift oriental (Puu Oo), que durante décadas vertió lava hacia el mar, sepultó carreteras, comunidades y playas, y a la vez añadió kilómetros de tierra nueva a la isla.
En 2018, el Kilauea vivió un episodio dramático: la actividad se desplazó a la zona baja de Puna, fuera del parque, donde abundantes coladas de lava destruyeron cientos de viviendas y barrios enteros. Al mismo tiempo, en la cumbre, el lago de lava del cráter Halemaumau se drenó y una serie de explosiones y colapsos agrandaron y modificaron profundamente la caldera, dañando infraestructuras del parque (incluido el museo Jaggar y tramos de la Crater Rim Drive) y obligando a un largo cierre y reordenamiento.
Desde entonces, el Kilauea ha vuelto a entrar en erupción de forma intermitente en su cumbre, con la formación de nuevos lagos de lava y resplandores que han atraído a multitudes. El Mauna Loa, por su parte, tras casi cuarenta años de calma, volvió a erupcionar a fines de 2022. Y desde el 23 de diciembre de 2024, el Kilauea protagoniza una erupción episódica dentro de Halemaumau: en ciclos de semanas se suceden espectaculares episodios de fuentes de lava (a mediados de 2026 ya se contaban decenas de episodios), separados por pausas, que han devuelto al parque el resplandor nocturno que lo hizo célebre. Estos episodios recuerdan que el parque protege una de las regiones geológicamente más vivas de la Tierra, donde el paisaje —y el acceso de los visitantes— cambia al ritmo impredecible de los volcanes, lo que hace imprescindible consultar siempre la información oficial actualizada del USGS y el NPS antes de visitarlo.
La existencia misma de las islas de Hawái —y de sus volcanes— se explica por un fenómeno geológico llamado 'punto caliente' (hotspot): una columna de magma que asciende desde las profundidades del manto terrestre y que permanece más o menos fija mientras la placa tectónica del Pacífico se desplaza lentamente sobre ella hacia el noroeste. A medida que la placa se mueve, el punto caliente va perforando la corteza y creando, uno tras otro, los volcanes que forman la cadena de islas hawaianas. Por eso la Isla Grande, la más joven y situada justo sobre el hotspot, alberga los volcanes activos —Kilauea y Mauna Loa—, mientras que las islas del noroeste son cada vez más antiguas y erosionadas.
Los volcanes del parque son de tipo 'en escudo' (shield): anchos y de pendientes suaves, formados por sucesivas coladas de lava basáltica muy fluida que se extienden a gran distancia en lugar de acumularse en un cono empinado. Es esa fluidez la que hace que las erupciones hawaianas sean, en general, más efusivas que explosivas, y la que permite observarlas con relativa seguridad. Mar adentro, al sureste, ya crece el próximo volcán de la cadena, el Kamaehuakanaloa (antes llamado Loihi), aún sumergido.
Sobre la roca desnuda y aparentemente estéril, la vida vuelve con asombrosa tenacidad: el helecho amaumau y otras plantas pioneras colonizan las coladas frías, y en los 'kipuka' —islas de bosque antiguo que la lava rodeó sin sepultar— sobreviven especies endémicas únicas, como aves nativas (honeycreepers) y la nēnē, el ganso hawaiano, ave símbolo del estado. El parque protege así no solo un espectáculo geológico, sino uno de los ecosistemas insulares más singulares y frágiles del mundo, amenazado por especies invasoras.