El centro montañoso de Eslovaquia guarda uno de los tesoros que hicieron rico al Reino de Hungría durante siglos: sus minas de oro, plata y cobre. En las montañas metalíferas que rodean el valle del Hron surgió una constelación de prósperas ciudades mineras —Banská Štiavnica, Kremnica, Banská Bystrica, Nová Baňa, Pukanec— que, agrupadas en ligas con privilegios propios, estuvieron entre los mayores productores de metales preciosos de Europa entre la Edad Media y el siglo XVIII.
Kremnica se hizo famosa por su oro y por su ceca: la Casa de la Moneda de Kremnica, fundada en 1328, acuñó el florín o ducado de oro de Kremnica, una moneda de altísima calidad reconocida en toda Europa, y sigue funcionando hoy, lo que la convierte en una de las cecas más antiguas del mundo en actividad continua. Banská Bystrica, por su parte, se enriqueció con el cobre gracias a la gran empresa comercial que montaron a comienzos del siglo XVI el húngaro Ján Thurzo y los banqueros alemanes Fugger, que exportaban el metal a medio continente.
Esta riqueza minera atrajo a técnicos, comerciantes y colonos alemanes, y explica por qué el centro de Eslovaquia se llenó de ciudades ricas, con casas patricias, iglesias y sistemas hidráulicos avanzados. También la hizo un objetivo codiciado: durante las guerras contra los turcos, la defensa de estas ciudades mineras fue una prioridad estratégica del reino. La minería marcó durante siglos la economía, el paisaje y la sociedad de toda la región central del país.
Encajada entre colinas volcánicas, Banská Štiavnica fue durante la Edad Media la principal productora de plata y oro del Reino de Hungría, y en el siglo XVIII llegó a ser el mayor centro minero de toda la monarquía de los Habsburgo. Su prosperidad la convirtió en 1782 en la tercera ciudad más poblada del reino húngaro, solo por detrás de Bratislava y Debrecen, con un casco urbano de iglesias, palacios y casas de mineros trepando por las laderas.
Su contribución más notable a la historia universal fue educativa y científica. En 1762, la emperatriz María Teresa fundó en Banská Štiavnica la Academia de Minería —ampliada luego a Minería y Silvicultura—, considerada la primera institución de enseñanza técnica superior del mundo dedicada a la tecnología, precursora de las escuelas de ingeniería modernas. Allí se formaron especialistas en minería y metalurgia de todo el imperio, y se desarrollaron innovaciones pioneras en el bombeo de agua de las minas y en la construcción de un ingenioso sistema de embalses artificiales, los tajchy, para mover la maquinaria.
Cuando los filones se agotaron, la ciudad decayó y quedó en gran parte detenida en el tiempo, lo que ha permitido conservar casi intacto su extraordinario conjunto histórico. En 1993, la Unesco inscribió Banská Štiavnica y los monumentos técnicos de su entorno en la Lista del Patrimonio Mundial. Hoy, con su calvario barroco sobre una colina, sus lagos artificiales y su casco de cuento, es una de las joyas patrimoniales de Eslovaquia.
En el centro-oeste del país, sobre una colina travertínica y rodeado de un parque y de fuentes termales, se alza el castillo de Bojnice, el más romántico y fotografiado de Eslovaquia. Sus orígenes son medievales —se menciona ya en el siglo XII como fortaleza de madera—, y a lo largo de los siglos perteneció a magnates poderosos, entre ellos Matúš Čák y, más tarde, la familia Thurzo y los Pálffy.
El aspecto actual del castillo, de torres puntiagudas y torreones que evocan los castillos del Loira francés, se debe a una gran reconstrucción romántica emprendida a finales del siglo XIX y comienzos del XX por el conde Ján Pálffy, un aristócrata culto y viajero que quiso transformar la vieja fortaleza en un palacio de ensueño inspirado en el gótico y el Renacimiento europeos. El resultado es una de las obras más singulares del historicismo centroeuropeo, con salas suntuosas, una gruta artificial y una capilla.
Bojnice es hoy uno de los castillos más visitados de Eslovaquia y sede de un museo. A sus pies se encuentra además el zoológico de Bojnice, el más antiguo del país, fundado en 1955, y las termas que dieron nombre a la vecina localidad de Bojnice. El conjunto —castillo de cuento, parque, termas y zoo— lo ha convertido en un destino familiar muy popular y en escenario habitual de películas de época y de festivales, como el célebre Festival de los Fantasmas y los Espíritus.
En la vertiente norte de la Baja Tatra, en el valle de Demänová, se esconde uno de los sistemas de cuevas más importantes de Eslovaquia, excavado durante milenios por las aguas subterráneas en la roca caliza. El sistema, de decenas de kilómetros de galerías, incluye dos cavidades abiertas al público que son un clásico del turismo natural del país: la Cueva de Hielo de Demänová (Demänovská ľadová jaskyňa) y la Cueva de la Libertad de Demänová (Demänovská jaskyňa slobody).
La Cueva de Hielo, conocida y visitada desde época medieval, sorprende por sus formaciones de hielo permanente, que se mantienen gracias a la circulación del aire frío en su interior; fue una de las primeras cuevas de la región en abrirse al turismo. La Cueva de la Libertad, descubierta en 1921, deslumbra en cambio por la riqueza y el colorido de sus formaciones calcáreas —estalactitas, estalagmitas, coladas y lagos subterráneos—, que la sitúan entre las cuevas más bellas de Europa central.
Estas cavidades forman parte del karst de Demänová, un espacio protegido dentro del Parque Nacional de la Baja Tatra (Nízke Tatry). La región combina este mundo subterráneo con la montaña de la Baja Tatra, coronada por el pico Ďumbier, y con centros turísticos y de esquí como Jasná. Las cuevas de Demänová son un ejemplo del patrimonio natural cárstico que, junto con los castillos y las ciudades mineras, define el interior montañoso de Eslovaquia.
Banská Bystrica, la gran ciudad del centro de Eslovaquia, resume en su historia el doble carácter de la región: la riqueza minera y el peso de los grandes acontecimientos nacionales. Fundada como ciudad minera y comercial, se enriqueció sobre todo con el cobre gracias a la poderosa empresa de los Thurzo y los Fugger a comienzos del siglo XVI, que hizo de ella uno de los centros del comercio de metales de Europa. Su plaza porticada, con la torre inclinada del reloj y el conjunto del castillo urbano, conserva la huella de aquella prosperidad.
Cuatro siglos más tarde, la ciudad volvió a estar en el centro de la historia, esta vez como capital de la resistencia. El 29 de agosto de 1944, Banská Bystrica se convirtió en el corazón del Levantamiento Nacional Eslovaco contra la ocupación alemana y el régimen colaboracionista de Tiso. Durante dos meses, la ciudad fue la sede política y militar de la insurrección, hasta que cayó en manos alemanas a finales de octubre, seguida de una dura represión.
Hoy, esa memoria domina la ciudad: el imponente Museo del Levantamiento Nacional Eslovaco, con su monumento de hormigón partido en dos, es uno de los grandes lugares de memoria del país y recibe cada año a miles de visitantes. Banská Bystrica combina así el patrimonio de las viejas ciudades mineras del centro con el papel simbólico de haber sido la capital de la Eslovaquia que resistió al nazismo, y es una excelente base para explorar toda la región minera y montañosa del interior.