El Alto Egipto, la larga y estrecha franja del sur del valle, fue la cuna del poder faraónico en sus momentos más gloriosos. Su gran ciudad fue Tebas, la actual Luxor, capital del país durante buena parte del Imperio Medio y, sobre todo, del Nuevo Imperio (c. 1550-1069 a.C.), cuando Egipto fue la superpotencia del Mediterráneo oriental. Homero la llamó 'la de las cien puertas' por su magnificencia. Aquí ascendió el dios local Amón hasta convertirse, fundido con el solar Ra, en la gran divinidad nacional, Amón-Ra, cuyo clero llegó a rivalizar en riqueza con el propio faraón.
Tebas se organizaba en dos orillas con sentidos opuestos: la oriental, la de los vivos y el sol naciente, con los templos de Karnak y Luxor; y la occidental, la de los muertos y el sol poniente, con las necrópolis reales y los templos funerarios. Esa geografía sagrada convirtió a la ciudad en el mayor museo al aire libre del mundo. La caída del Nuevo Imperio y el traslado del poder al norte fueron reduciendo su peso político, pero sus monumentos —conservados por el clima seco del sur— siguen siendo el corazón monumental de Egipto y la razón por la que Luxor es hoy la gran capital arqueológica del país.
En la orilla oriental de Tebas se levanta el mayor complejo religioso del antiguo Egipto: Karnak. No es un templo, sino un inmenso recinto sagrado ampliado durante casi dos mil años por decenas de faraones, dedicado sobre todo a Amón-Ra. Su elemento más impresionante es la Gran Sala Hipóstila, un bosque de 134 columnas gigantescas, algunas de más de veinte metros, cuyas cabezas sostenían un techo hoy desaparecido. Obeliscos —como el de Hatshepsut—, pilonos, avenidas de esfinges y lagos sagrados completan un conjunto de escala abrumadora que da idea del poder del clero de Amón.
Unos tres kilómetros al sur, unido antiguamente a Karnak por una avenida de esfinges de casi tres kilómetros recientemente restaurada, se alza el templo de Luxor, íntimamente ligado a la realeza y a la fiesta anual de Opet. Levantado sobre todo por Amenhotep III y Ramsés II —cuyos colosos y obelisco (uno de ellos hoy en la plaza de la Concordia de París) flanqueaban su entrada—, el templo fue reutilizado a lo largo de los siglos: albergó una capilla romana, una iglesia y, hasta hoy, una mezquita en su interior, superposición de cultos que resume la larguísima continuidad religiosa del lugar.
En la orilla occidental de Tebas, en un valle desértico dominado por una montaña con forma de pirámide natural (la cima de El-Qurn), los faraones del Nuevo Imperio abandonaron las pirámides —demasiado visibles para los ladrones— y excavaron sus tumbas ocultas en la roca. El Valle de los Reyes guarda más de sesenta tumbas de reyes como Tutmosis III, Seti I —una de las más bellas y profundas—, Ramsés II o Ramsés VI, con corredores y cámaras cubiertos de textos funerarios y escenas del viaje del alma por el inframundo.
Casi todas fueron saqueadas ya en la Antigüedad, lo que hace más excepcional el hallazgo de 1922: la tumba casi intacta del joven faraón Tutankamón, descubierta por el arqueólogo británico Howard Carter, con su máscara de oro y miles de objetos que dieron la vuelta al mundo y desataron una nueva fiebre por Egipto. Cerca están el Valle de las Reinas —con la exquisita tumba de Nefertari, esposa de Ramsés II—, el templo funerario de Hatshepsut en Deir el-Bahari, encajado en un anfiteatro de acantilados, los Colosos de Memnón y el poblado de los artesanos de Deir el-Medina, cuyos habitantes protagonizaron una de las primeras huelgas documentadas de la historia. El clima seco del sur ha conservado estos monumentos como en ningún otro lugar de Egipto.
En el extremo sur del Egipto habitado, donde el Nilo se estrecha entre islas de granito y la primera catarata marcaba la frontera tradicional del país, está Asuán. Fue la puerta de Egipto hacia Nubia y el África profunda: por aquí pasaban el oro, el marfil, el ébano y las rutas comerciales, y de sus canteras salió el granito rojo de los obeliscos y colosos de todo el país. La ciudad conserva un fuerte carácter nubio, con feluchas de vela latina, la isla Elefantina y el elegante templo de Isis en la isla de File.
Asuán es también el símbolo del Egipto moderno por sus dos presas. La antigua presa británica de 1902 y, sobre todo, la gran presa alta (Sadd al-Aali), construida entre 1960 y 1970 con ayuda soviética por impulso de Nasser, cambiaron la vida del país: dieron electricidad e industria y pusieron fin a las crecidas e inundaciones milenarias, aunque también privaron al valle del limo fertilizante y obligaron a realojar a decenas de miles de nubios. El enorme embalse creado, el lago Nasser, anegó pueblos, tierras y templos, y desató una de las mayores operaciones de rescate arqueológico de la historia, coordinada por la UNESCO, para salvar del agua monumentos como los de File y Abu Simbel.
A más de 280 kilómetros al sur de Asuán, cerca de la frontera con Sudán, Ramsés II hizo tallar en la roca los dos templos de Abu Simbel: el mayor, con cuatro colosos sedentes de más de veinte metros que representan al propio faraón, dispuesto de modo que dos veces al año el sol iluminara el fondo del santuario; y otro más pequeño dedicado a su esposa Nefertari. Cuando la gran presa amenazó con sumergirlos bajo el lago Nasser, entre 1964 y 1968 una campaña internacional de la UNESCO los desmontó en bloques y los reconstruyó, piedra por piedra, sesenta metros más arriba: una de las mayores proezas de la ingeniería aplicada al patrimonio.
Más allá de los monumentos, la esencia de esta región es el propio Nilo. Durante milenios el río fue la única vía de comunicación, la fuente de vida y el eje de la civilización egipcia. Recorrer el Alto Egipto en un crucero fluvial entre Luxor y Asuán, navegando de templo en templo —Esna, Edfú, Kom Ombo—, es reeditar la forma clásica de viajar por el país que popularizaron los viajeros del siglo XIX y que inmortalizó la literatura. Entre orillas de palmeras, campos de caña y aldeas donde la vida sigue ritmos antiguos, el visitante entiende la vieja frase del historiador griego Heródoto: Egipto es 'un don del Nilo'.