Encajada entre Jutlandia y Selanda, la isla de Fionia (Fyn) es la tercera mayor de Dinamarca y ocupa el centro geográfico del país, como un puente natural entre la península continental y las islas orientales. Su suelo fértil, su clima suave, sus campos ondulados salpicados de granjas, setos y huertos, y su abundancia de casas solariegas y castillos le valieron el apodo cariñoso de "el jardín de Dinamarca". Es una Fionia de paisaje amable y rural, muy distinta de la aspereza de las costas jutlandesas.
Su posición central hizo de Fionia un cruce de caminos desde antiguo. Por ella pasaba la ruta que unía las dos mitades del reino, y controlar sus estrechos —el Pequeño Belt al oeste, el Gran Belt al este— era controlar la comunicación interna de Dinamarca. Esa importancia estratégica explica que en Fionia se concentraran plazas reales, castillos y ciudades de peso a lo largo de la Edad Media.
Durante siglos, sin embargo, cruzar los estrechos que rodean la isla fue lento y peligroso, dependiente de transbordadores a merced del clima. La gran transformación llegó a finales del siglo XX con dos obras de ingeniería colosales: el enlace del Gran Belt, inaugurado en 1997-1998 —con uno de los puentes colgantes más largos del mundo y un túnel ferroviario submarino—, que por fin unió Fionia con Selanda y Copenhague, y el enlace del Pequeño Belt hacia Jutlandia. Fionia dejó de ser un paso obligado por barco para convertirse en un eslabón fijo de la columna vertebral de Dinamarca.
La capital de Fionia, Odense, es una de las ciudades más antiguas de Dinamarca; su nombre significa "el santuario de Odín", el dios supremo de la mitología nórdica, y delata su origen como lugar de culto pagano anterior a la cristianización. Se la menciona ya en documentos del año 988, y fue un importante centro religioso y político a lo largo de la Edad Media.
El episodio que marcó su historia ocurrió en 1086. El rey Canuto IV, empeñado en fortalecer la monarquía y la Iglesia y en imponer tributos e incluso en reclamar el trono de Inglaterra, provocó una rebelión de campesinos y nobles. Perseguido, se refugió en la iglesia de San Albano de Odense, donde fue asesinado ante el altar junto con su hermano y sus seguidores. Poco después se le atribuyeron milagros, y en 1101 fue canonizado: Canuto se convirtió en San Canuto (Knud den Hellige), el primer santo danés y patrón del reino.
Sobre su tumba se levantó la imponente catedral de San Canuto, una de las obras maestras del gótico de ladrillo del país, en cuya cripta se conservan aún los restos del rey mártir. La santidad de Canuto ligó a Odense con la Iglesia y con la monarquía durante siglos, y la ciudad creció como sede episcopal y plaza real. Ese pasado medieval convive hoy con el ambiente animado de una ciudad universitaria, la tercera del país.
Odense es, para el mundo entero, la ciudad de Hans Christian Andersen. El más universal de los escritores daneses nació aquí en 1805, en el seno de una familia pobrísima: su padre era un zapatero remendón y su madre, lavandera. Aquella infancia de estrecheces, en las callejuelas de la Odense de comienzos del siglo XIX, dejaría una huella profunda en sus cuentos, poblados de niños pobres, patitos despreciados y vendedoras de fósforos. A los catorce años, el joven Andersen dejó su ciudad natal rumbo a Copenhague para buscar fortuna en el teatro.
Andersen acabó convertido en uno de los grandes autores de la literatura universal. Sus cuentos de hadas —La sirenita, El patito feo, El traje nuevo del emperador, La reina de las nieves, La niña de los fósforos— fueron traducidos a más de un centenar de idiomas y son leídos en todo el planeta, hasta el punto de que su nombre es sinónimo del género. Su obra combina la ternura, la ironía social y una melancolía muy personal, y elevó el cuento popular a la categoría de gran literatura.
Su ciudad natal ha convertido su memoria en un patrimonio central. El barrio donde creció conserva casas de época, y Odense cuenta con un moderno y celebrado museo dedicado al escritor —el H.C. Andersens Hus—, inaugurado en su forma actual en 2021, que recrea el universo de sus cuentos. Cada verano, la ciudad se llena de festivales, desfiles y representaciones inspiradas en sus historias. Recorrer Odense es, en buena medida, caminar por el escenario de infancia del hombre que enseñó a soñar a varias generaciones de niños del mundo.
Aunque hoy sea una tranquila ciudad a orillas del Gran Belt, Nyborg fue durante buena parte de la Edad Media el centro político de Dinamarca. Su castillo, levantado hacia 1170 para vigilar el estrecho, se convirtió en residencia real y en sede del Danehof, la asamblea del reino donde se reunían el rey, los nobles y los prelados. Situada en el punto medio del país, en la ruta que unía Jutlandia con Selanda, Nyborg era el lugar natural para gobernar una Dinamarca repartida entre la península y las islas.
En ese castillo se firmó, en 1282, un documento capital: la "håndfæstning" o carta que el rey Erico V Klipping hubo de otorgar a la nobleza, comprometiéndose a reunir el Danehof cada año y a gobernar con sujeción a la ley y no a su arbitrio. Se la considera la primera carta constitucional de Dinamarca, un antecedente medieval de la limitación del poder real, en la misma estela europea de la Carta Magna inglesa. Durante casi dos siglos, Nyborg funcionó como una capital de facto del reino.
Con el tiempo, la corte se trasladó a Copenhague y Nyborg perdió su primacía, pero conservó su papel como plaza fuerte que guardaba el paso del Gran Belt, y sufrió asedios y batallas en las guerras con Suecia. Hoy su castillo restaurado, uno de los más antiguos del norte de Europa, y su casco histórico recuerdan la época en que esta pequeña ciudad de Fionia era el corazón político de Dinamarca.
En el sur de Fionia se alza uno de los castillos con foso mejor conservados de Europa: Egeskov. Fue construido en 1554 por el noble Frands Brockenhus, en plena época de las guerras civiles y religiosas que siguieron a la Reforma, y por eso se levantó como una verdadera fortaleza defensiva. Su emplazamiento es asombroso: está edificado en medio de un pequeño lago, sobre miles de pilotes de roble hincados en el fondo, de modo que el agua misma servía de foso y de defensa. Su nombre, Egeskov, significa precisamente "bosque de robles", en alusión a la madera empleada en sus cimientos.
El castillo, con sus dos torres unidas por un muro y sus muros de ladrillo rojo que se reflejan en el agua, es una joya del Renacimiento danés. Fue concebido para resistir asedios en tiempos turbulentos: sus gruesos muros, sus troneras y su acceso único por un puente levadizo lo hacían casi inexpugnable. La leyenda dice que se necesitó la madera de todo un bosque de robles para sostenerlo sobre el lago.
Egeskov se conserva hoy en un estado excepcional y sigue en manos de una familia noble, pero abre sus puertas al público. Junto al castillo se extienden unos jardines históricos célebres, con laberintos de setos centenarios, y diversas colecciones —de automóviles y motocicletas antiguas, entre otras— que hacen de la visita una de las más populares de Dinamarca. Rodeado de agua y de bosque, Egeskov encarna como pocos el paisaje de castillos y granjas señoriales que dio a Fionia su fama de jardín del reino.