Mucho antes de que existiera la comunidad de Las Terrazas, las lomas de la Sierra del Rosario fueron escenario de un intenso desarrollo cafetalero a comienzos del siglo XIX. La protagonista de aquel auge fue una oleada de colonos franceses que llegaron a Cuba huyendo de la revolución de Haití —entonces la colonia francesa de Saint-Domingue—, donde poseían plantaciones que perdieron tras la abolición de la esclavitud y la independencia haitiana.
Estos colonos encontraron en las frescas y húmedas laderas de la Sierra del Rosario un terreno ideal para cultivar café, y establecieron en la zona numerosos cafetales trabajados por personas esclavizadas traídas de África. Se construyeron casas-vivienda para los hacendados, secaderos de café, molinos y barracones para los esclavizados. Durante algunas décadas, el café fue un cultivo próspero y la sierra vivió una época de relativa riqueza agrícola.
Con el tiempo, sin embargo, el cultivo del café en la zona decayó, desplazado en buena medida por el azúcar y afectado por crisis y huracanes. Las plantaciones fueron abandonadas y la naturaleza fue cubriendo las ruinas. Pero el verdadero problema que quedó fue ambiental: la tala intensiva para abrir los cafetales y, más tarde, otras explotaciones forestales, dejaron las laderas erosionadas y desnudas. Esa degradación del paisaje sería, paradójicamente, el punto de partida del proyecto que daría origen a Las Terrazas más de un siglo después. Hoy, ruinas como las del Cafetal Buenavista son el testimonio mejor conservado de aquel pasado cafetalero y esclavista.
El nacimiento de Las Terrazas tal como la conocemos hoy se remonta a 1968, cuando el Estado cubano puso en marcha un ambicioso proyecto de reforestación y recuperación de la Sierra del Rosario. El objetivo era revertir la grave erosión y deforestación que habían dejado siglos de tala y de explotación cafetalera, devolviendo el bosque a unas laderas que se habían quedado peladas y vulnerables a la pérdida de suelo.
La solución técnica adoptada dio nombre al lugar: para frenar la erosión en las pronunciadas pendientes, los trabajadores construyeron a mano enormes terrazas escalonadas en las laderas, una técnica agrícola y de conservación de suelos que permitía retener la tierra y plantar árboles. Sobre esas terrazas se sembraron millones de árboles —especies maderables, frutales y autóctonas—, en una de las grandes operaciones de reforestación de la Cuba del siglo XX. De aquellas 'terrazas' construidas en el terreno proviene directamente el nombre de la comunidad.
Para llevar adelante semejante esfuerzo se necesitaba una fuerza de trabajo estable, así que alrededor del proyecto se decidió crear una comunidad que alojara a las familias de los trabajadores forestales. Así nació, a comienzos de los años setenta, el poblado de Las Terrazas, con sus características casas escalonadas en torno a un lago artificial creado en el valle. Lo que había empezado como una operación ambiental se convirtió también en un experimento social: un pueblo nuevo, pensado desde cero para vivir en armonía con el bosque que se estaba recuperando.
El éxito del proyecto de reforestación transformó radicalmente el paisaje de la Sierra del Rosario. En pocas décadas, las laderas erosionadas y desnudas se cubrieron de un bosque exuberante, recuperando el ciclo del agua, los suelos y la biodiversidad. La sierra volvió a llenarse de vida: regresaron y prosperaron numerosas especies de plantas y animales, muchas de ellas endémicas de Cuba, y la zona se convirtió en un ejemplo de restauración ecológica.
Ese logro recibió un reconocimiento internacional de primer nivel en 1985, cuando la Unesco, a través de su Programa sobre el Hombre y la Biosfera (MAB), declaró la Sierra del Rosario como Reserva de la Biosfera, la primera de Cuba en obtener esa categoría. La distinción reconocía tanto el valor natural del lugar como el modelo de desarrollo que combinaba la conservación del medio ambiente con la presencia y el bienestar de una comunidad humana: exactamente lo que representaba Las Terrazas.
La condición de reserva de la biosfera consolidó la vocación conservacionista del lugar y sentó las bases para su futuro como destino de ecoturismo. La sierra pasó a ser un espacio protegido y estudiado, con senderos, áreas de investigación y normas de manejo orientadas a compatibilizar la visita turística con la preservación del ecosistema recuperado. Las Terrazas quedó así inscrita en un marco de protección ambiental reconocido mundialmente.
A partir de los años ochenta y, sobre todo, noventa, Las Terrazas dio un nuevo paso en su evolución: del proyecto forestal y comunitario pasó a convertirse también en un destino de ecoturismo. La belleza del bosque recuperado, los ríos y las pozas, las ruinas de los cafetales y el carácter singular de la comunidad ofrecían un atractivo turístico distinto al del sol y playa que dominaba la oferta cubana, orientado a la naturaleza y la sostenibilidad.
El símbolo de ese giro fue la construcción del Hotel Moka, inaugurado en los años noventa, un ecohotel pionero diseñado para integrarse en el bosque de la manera más respetuosa posible, hasta el punto de que árboles vivos atraviesan sus estructuras. Junto con el hotel se desarrolló toda una infraestructura de visitas: senderos señalizados y guiados, áreas acondicionadas en los baños del río San Juan, restauración de las ruinas de cafetales como el Buenavista, talleres de artistas abiertos al público y actividades como la observación de aves o la tirolina sobre el lago.
Esta orientación convirtió a Las Terrazas en un modelo cubano de turismo de naturaleza y desarrollo sostenible, frecuentemente citado como ejemplo de cómo combinar conservación, comunidad y turismo. Los habitantes del pueblo, descendientes en muchos casos de aquellos trabajadores forestales, se involucraron en la actividad turística como guías, artistas, anfitriones de casas particulares y trabajadores de los servicios.
Más allá de su origen forestal y de su valor natural, Las Terrazas se distingue por algo poco habitual en un pequeño pueblo de montaña: una vida cultural y artística sorprendentemente rica. Con el paso de los años, la comunidad atrajo y formó a pintores, ceramistas, músicos y artesanos, que instalaron sus talleres y galerías en el propio poblado y abrieron sus puertas a los visitantes.
Esta vocación artística forma parte de la identidad del lugar. Recorrer Las Terrazas significa también visitar los estudios de los artistas, verlos trabajar, conversar con ellos y, si se quiere, adquirir obras originales: pinturas, cerámicas, objetos hechos con materiales reciclados o inspirados en la naturaleza de la sierra. Algunos de estos creadores alcanzaron reconocimiento, y sus talleres-vivienda se convirtieron en puntos de visita destacados de la comunidad. La música también tiene su espacio, con figuras y proyectos culturales ligados al pueblo.
Esa combinación —naturaleza recuperada, conciencia ambiental, comunidad organizada y vida artística— hace de Las Terrazas un caso único en Cuba y un destino que va más allá del simple paseo por el bosque. Para el viajero, es la oportunidad de conocer una experiencia de desarrollo sostenible nacida de la voluntad de reverdecer una montaña, y de descubrir cómo, sobre las ruinas de los viejos cafetales y las laderas antes erosionadas, creció no solo un bosque, sino también una comunidad creativa y orgullosa de su historia.