Casi todos los que llegan a San Gerardo de Rivas vienen mirando hacia arriba: hacia el macizo del Chirripó, el techo de Costa Rica, que se eleva justo encima del pueblo. Pero antes de ser la puerta de la montaña más alta del país, este fue durante generaciones un lugar donde nadie subía a la cima por deporte: un tranquilo pueblo de campesinos que cultivaban café en la pendiente y para quienes el Chirripó era, sencillamente, la montaña de siempre, la que marcaba el horizonte y de la que bajaba el agua. San Gerardo de Rivas se desarrolló como una comunidad campesina de montaña en el valle del río Chirripó, en las faldas de la Cordillera de Talamanca, dentro del actual cantón de Pérez Zeledón, en el sur de la provincia de San José. La región del Valle de El General y sus montañas circundantes fueron colonizadas de forma sostenida a lo largo del siglo XX por familias que buscaban tierras para la agricultura, en un proceso de avance de la frontera agrícola hacia el sur del país.
En estas alturas frescas y húmedas, los habitantes se dedicaron al cultivo del café de altura, a la horticultura, los frutales y la ganadería, en un entorno de fuerte pendiente y bosque. La vida en San Gerardo de Rivas estuvo marcada por la lejanía y por la imponente presencia del macizo del Chirripó, que se eleva justo por encima del valle hacia el pico más alto del país.
La cabecera de la región, San Isidro de El General, fundada en las primeras décadas del siglo XX, creció como centro comercial y de servicios del sur del país, y desde allí se accede al valle de San Gerardo. La apertura de la carretera Interamericana Sur a mediados del siglo XX (con el tramo del Cerro de la Muerte) integró definitivamente la región al resto de Costa Rica. Durante mucho tiempo, el Chirripó fue para los lugareños sobre todo una montaña de su paisaje cotidiano y una fuente de agua, antes de convertirse en el imán turístico que es hoy.
El Cerro Chirripó, con sus 3.820 metros de altitud, es el punto más alto de Costa Rica y de toda América Central al sur de Guatemala. Su nombre proviene de las lenguas indígenas de la región talamanqueña y suele traducirse como «tierra de aguas eternas», por la abundancia de ríos, lagunas glaciares y nubes que nacen en sus laderas. Durante las últimas glaciaciones, hace miles de años, los hielos modelaron su cima, dejando valles en forma de U, morrenas y lagunas de origen glaciar como las que hoy se ven cerca del refugio.
Las cumbres de Talamanca fueron territorio de los pueblos originarios de la región —cabécares y bribris entre ellos—, que conocían y a veces ascendían estas montañas sagradas. El registro del primer ascenso documentado a la cima se atribuye al sacerdote y explorador Agustín Blessing a fines del siglo XIX, y desde entonces la montaña atrajo a científicos, naturalistas y excursionistas interesados en su singular ecosistema de páramo, único en el país.
El páramo del Chirripó, salpicado de arbustos enanos, robledales y morrenas, es un ambiente de alta montaña excepcional en Centroamérica, expuesto a heladas nocturnas y a una luz intensa. Su rareza y belleza fueron, con el tiempo, el argumento para protegerlo.
El destino de San Gerardo de Rivas quedó definitivamente ligado al Cerro Chirripó con la creación del Parque Nacional Chirripó en 1975, parte del gran impulso conservacionista de Costa Rica en aquellos años, cuando el país empezó a construir uno de los sistemas de áreas protegidas más reconocidos del mundo. El parque, de más de 50.000 hectáreas, se orientó a proteger los excepcionales ecosistemas de alta montaña de la Cordillera de Talamanca: el páramo, los robledales, el bosque nuboso y las cuencas de los ríos que abastecen de agua a buena parte del sur del país.
Poco después, el Chirripó pasó a integrarse en un conjunto mayor de áreas protegidas: la Reserva de la Biosfera La Amistad y el Parque Internacional La Amistad, compartido con Panamá, que la Unesco declaró Patrimonio de la Humanidad por su extraordinaria biodiversidad. Estas montañas albergan una variedad enorme de especies y constituyen uno de los corredores biológicos más importantes de Centroamérica.
Como pueblo situado al pie del sendero de ascenso, San Gerardo de Rivas se convirtió en la base obligada para coronar el techo del país. La gestión del parque, con su sistema de permisos y cupos limitados para proteger el frágil ecosistema, organizó el flujo de visitantes y dio forma a la economía local en torno a la conservación.
A medida que crecía la popularidad del montañismo y del turismo de naturaleza, San Gerardo de Rivas fue desarrollando una completa oferta de servicios: alojamientos, sodas, tiendas, guías y el tradicional servicio de arrieros, que con sus mulas suben el equipaje de los excursionistas hasta el refugio Base Crestones, aligerando la dura caminata de unos 14-15 kilómetros y más de 2.000 metros de desnivel. La comunidad se organizó en consorcios y asociaciones para administrar los servicios del parque de forma local, de modo que los ingresos del turismo se queden en la zona.
Esta vocación turística se combinó con los atractivos propios del valle —las aguas termales geotérmicas, las cataratas, los senderos y reservas privadas como Cloudbridge, dedicada a la reforestación del bosque nuboso— para consolidar a San Gerardo de Rivas como un destino de turismo rural y de montaña por derecho propio, y no solo como un punto de paso.
Hoy el pueblo vive en buena medida del flujo de senderistas que llegan de todo el mundo para ascender al Chirripó, ya sea para ver el amanecer desde la cima, recorrer el páramo o contemplar sus lagunas glaciares. Integrado en la economía de conservación de la región de Talamanca, San Gerardo de Rivas es un ejemplo de cómo una comunidad campesina de montaña supo reinventarse alrededor de su gran vecino: el techo de Costa Rica.
Entender San Gerardo de Rivas exige entender por qué miles de personas cruzan medio mundo para sufrir una de las caminatas más exigentes de Centroamérica. El ascenso clásico se hace en dos días: el primero, unos 14 a 15 kilómetros cuesta arriba desde el pueblo (a unos 1.500 m) hasta el refugio Base Crestones (a unos 3.400 m), atravesando pisos de vegetación que cambian del bosque húmedo al bosque nuboso y, finalmente, al páramo de alta montaña. Tramos con nombres tan elocuentes como 'la Cuesta del Agua', 'los Quemados' o 'la Cuesta de los Arrepentidos' resumen lo que espera al caminante.
El segundo día empieza en plena madrugada, a la luz de las linternas frontales: hay que salir del refugio hacia las 3 de la mañana para coronar los 3.820 metros del Cerro Chirripó justo con el amanecer. La recompensa es una de las postales más buscadas del país: desde la cima, en un día despejado, se pueden ver a la vez el océano Pacífico y el mar Caribe, con el sol saliendo sobre un mar de nubes y el páramo dorado a los pies. Alrededor se abren los valles glaciares, las morrenas y las lagunas heladas que los hielos tallaron hace milenios, un paisaje que no se parece a ninguna otra parte de Costa Rica.
Es por esa experiencia —el frío cortante, el cielo estrellado del páramo, el esfuerzo compartido y el amanecer entre dos océanos— que San Gerardo de Rivas late al ritmo de las expediciones. Las sodas sirven desayunos a montañistas que salen antes del alba y cenas a los que bajan reventados y felices; los arrieros preparan las mulas; los lodges tienen las botas secándose junto a la chimenea. El pueblo se convirtió, sin proponérselo, en la antesala de un rito de montaña, y esa identidad —mitad comunidad campesina, mitad campamento base del techo del país— es hoy su mayor seña de identidad.