Cartago es la ciudad más antigua de Costa Rica. Fue fundada en 1563 por el conquistador Juan Vázquez de Coronado en el fértil Valle del Guarco, y bautizada con ese nombre en recuerdo de la antigua Cartago mediterránea. Su ayuntamiento, nacido ese mismo año, es el más antiguo del país y durante casi todo el período colonial constituyó el centro del poder español en la provincia.
Cartago fue la capital de Costa Rica durante más de dos siglos y medio, hasta 1823. Ese año, tras la independencia y la Guerra de Ochomogo entre las ciudades del Valle Central, la capital pasó a San José. La ciudad conserva de aquel pasado su condición de cuna histórica de la nación, aunque poco de su arquitectura colonial haya sobrevivido a los sismos.
La historia de Cartago está marcada por los temblores. Situada al pie del Volcán Irazú, la ciudad fue dañada o destruida en repetidas ocasiones a lo largo de los siglos, en 1656, 1718, 1822, 1841 y, sobre todo, en el catastrófico terremoto de Santa Mónica, la noche del 4 de mayo de 1910.
Aquel sismo, considerado el más destructivo de la historia costarricense, duró apenas unos segundos pero arrasó la ciudad y dejó al menos 700 muertos. Su huella más visible son las célebres Ruinas de Cartago, los muros de una parroquia que quedó inconclusa tras el desastre y que hoy, convertidos en jardín, presiden el centro de la ciudad como memorial de aquella tragedia.
Cartago es el corazón espiritual de Costa Rica. Allí se levanta la Basílica de Nuestra Señora de los Ángeles, que custodia la imagen de La Negrita, patrona del país, una pequeña talla de piedra oscura que, según la tradición, se apareció en 1635 a una humilde muchacha llamada Juana Pereira.
Cada 2 de agosto, la Romería convoca a más de un millón de peregrinos que llegan caminando desde todo el país —muchos recorren a pie los más de veinte kilómetros que separan San José de Cartago— para venerar a la Virgen. Es una de las manifestaciones de fe más multitudinarias de Centroamérica y define buena parte de la identidad cultural costarricense.
La provincia de Cartago es tierra de volcanes y valles fértiles. El Volcán Irazú, con 3.432 metros el más alto del país, ofrece desde su árido cráter, en días excepcionalmente claros, la visión simultánea del Caribe y el Pacífico. Sus cenizas, que en el pasado sepultaron cosechas, hoy fertilizan las laderas cultivadas de papa, cebolla y hortalizas que abastecen al país.
A pocos kilómetros, el apacible Valle de Orosi conserva algunas de las iglesias coloniales más antiguas de Costa Rica —como la de San José de Orosi, de 1743— y plantaciones de café entre las más veteranas del país, en uno de los paisajes más pintorescos del Valle Central. Ríos, aguas termales y miradores completan una comarca de honda raíz colonial.
En las faldas del Volcán Turrialba se encuentra el Monumento Nacional Guayabo, el sitio arqueológico más importante de Costa Rica. Fue una ciudad cacical precolombina, poblada desde alrededor del año 1000 a.C. y en su apogeo hacia el 800 d.C., que llegó a albergar unos diez mil habitantes antes de ser misteriosamente abandonada hacia 1400. Sus calzadas empedradas, montículos, puentes y acueductos —muchos de los cuales todavía conducen agua— asombran por su ingeniería y son testimonio de las culturas chibchas de la región.
Turrialba, además, es célebre en todo el mundo por el río Pacuare, considerado uno de los mejores destinos del planeta para el rafting, con rápidos que descienden entre paredes de selva. Junto con su queso homónimo y su tradición agrícola, hace de esta zona oriental un contrapunto salvaje al Valle Central.