El nombre de Alajuela deriva de 'La Lajuela' o 'Las Lajuelas', diminutivo de 'laja', las piedras planas y alargadas del río que atravesaba el paraje. Ya en documentos de 1657 aparece mencionado el lugar, poblado por colonos del occidente del Valle Central mucho antes de su fundación formal.
La villa se fundó el 12 de octubre de 1782, cuando el obispo Esteban Lorenzo de Tristán abrió un oratorio en el caserío de La Alajuela, entre los ríos Ciruelas y Alajuela, y trazó un cuadrante para que los campesinos dispersos se agruparan en torno a la iglesia. Conocida popularmente como 'la ciudad de los mangos' por los árboles de su parque central, Alajuela creció como pueblo agrícola y comercial de un fértil sector cafetalero.
Alajuela es, ante todo, la cuna de Juan Santamaría, el máximo héroe de Costa Rica. Hijo de una humilde lavandera, este joven tambor apodado 'el Erizo' se sumó a las tropas que en 1856 marcharon a Nicaragua a combatir a los filibusteros de William Walker, en respuesta al llamado del presidente Juan Rafael Mora Porras.
En la Segunda Batalla de Rivas, el 11 de abril de 1856, Santamaría se ofreció como voluntario para incendiar con una tea el mesón donde se atrincheraban los invasores, hazaña en la que perdió la vida y que resultó decisiva para la victoria. Su figura, honrada en el Museo Histórico Cultural que lleva su nombre, en un célebre monumento y en el aeropuerto internacional del país, hace de Alajuela un lugar central en la memoria patriótica costarricense.
En las alturas de la provincia se alza el Volcán Poás, uno de los cráteres más espectaculares y accesibles del país, con una laguna caliente de aguas ácidas y fumarolas activas que lo convierten en uno de los parques nacionales más visitados. En sus faldas y en las montañas de Bajos del Toro se despliegan cataratas, bosques nubosos y fincas de café y fresas del occidente del Valle Central.
Alajuela es también la cuna de la artesanía costarricense por excelencia. El pueblo de Sarchí es famoso en el mundo entero por sus carretas de bueyes pintadas a mano con motivos geométricos y florales de vivos colores, tradición declarada símbolo del trabajo nacional y reconocida por la Unesco como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Cerca, Zarcero sorprende con los caprichosos arbustos de ciprés esculpidos de su parque, otra estampa clásica de la provincia.
Hacia el norte, la provincia desciende del Valle Central a las cálidas Llanuras del Norte, un mundo de selva, ríos y volcanes. Su gran ícono es el Volcán Arenal, cuyo cono casi perfecto dominó durante décadas el paisaje: tras permanecer dormido siglos, entró en una violenta erupción en 1968 que arrasó pueblos y lo mantuvo activo hasta 2010.
A sus pies, La Fortuna se convirtió en el gran centro de turismo de aventura y aguas termales de Costa Rica, con tirolesas, cataratas y balnearios de origen volcánico. Es la puerta de una de las regiones más visitadas del país, donde la energía geotérmica del volcán se siente en cada manantial caliente.
El extremo norte de la provincia, junto a la frontera con Nicaragua, es una Costa Rica más agrícola y auténtica, de fincas ganaderas, plantaciones de piña y caña, y una biodiversidad exuberante. Allí se extienden humedales de fama internacional como el Refugio Nacional de Vida Silvestre Caño Negro, un paraíso de aves acuáticas, caimanes y tortugas alimentado por el río Frío.
Hacia el oeste, pueblos rurales como Bijagua sirven de base para explorar el Parque Nacional Volcán Tenorio y su joya, el Río Celeste, cuyas aguas adquieren un asombroso color turquesa por un fenómeno óptico ligado a los minerales volcánicos. Cataratas, lagunas y bosques completan una zona norte que muestra la cara más selvática y menos urbana de la provincia.