Las sabanas y ciénagas que hoy forman Sucre fueron parte del corazón de la gran cultura zenú, una de las más notables del Caribe prehispánico. Los zenúes desarrollaron, hace más de dos mil años, un vasto y sofisticado sistema de canales hidráulicos en las llanuras inundables de los ríos San Jorge, Sinú y Cauca, con el que controlaban las inundaciones, drenaban las aguas y cultivaban en tierras ganadas al pantano: una obra de ingeniería hidráulica que abarcó cientos de miles de hectáreas y que asombra todavía a los arqueólogos.
Fueron además orfebres extraordinarios y maestros del tejido: de su tradición desciende el sombrero vueltiao, tejido en fibra de caña flecha, hoy símbolo nacional de Colombia. Su territorio se organizaba en grandes 'provincias' —Finzenú, Panzenú y Zenufana—. Con la conquista, iniciada en la región hacia febrero de 1535 por gentes de Pedro de Heredia desde Cartagena, la población indígena sufrió un colapso demográfico devastador: se ha dicho que hacia 1610 apenas sobrevivía uno de cada catorce indígenas, diezmados por la guerra, el trabajo forzado y las epidemias.
Durante la colonia, el actual Sucre quedó dentro de la gran gobernación de Cartagena y se fue configurando como una tierra de sabanas ganaderas y de haciendas del Caribe interior. Poblados como Tolú —uno de los más antiguos, y antiguo puerto—, San Benito Abad y Corozal fueron centros de una economía de ganado, agricultura y comercio fluvial por los ríos y ciénagas de la Depresión Momposina y de La Mojana. La histórica subregión de las Sabanas dio nombre y carácter a una identidad regional de vaqueros, hatos y fiestas de pueblo.
Esa vida sabanera, ligada al ganado, a los ríos y a las ciénagas, y una cultura festiva de gaitas, porros y fandangos, hermanaron desde siempre a estas tierras con las vecinas del actual departamento de Córdoba, con las que compartieron durante siglos la misma matriz zenú y ganadera. Sincelejo, hoy capital, creció como el gran centro de esta comarca sabanera y de su tradición ganadera y comercial.
El territorio de Sucre perteneció durante la mayor parte de su historia republicana al gran departamento de Bolívar, con capital en Cartagena. El impulso de las élites y comunidades sabaneras, que reclamaban autonomía frente al peso de la costa, condujo a la separación: mediante la Ley 47 del 18 de agosto de 1966, Sucre nació como departamento independiente, con Sincelejo como capital y Julio Alejandro Hernández Salom como primer gobernador.
Se tomó el nombre del mariscal Antonio José de Sucre, el gran lugarteniente de Bolívar, vencedor de Ayacucho y héroe de la independencia sudamericana. El nuevo departamento reunió las sabanas, el litoral del golfo de Morrosquillo, las islas de San Bernardo y los humedales de La Mojana, en una unidad político-administrativa que consolidó una identidad regional propia dentro del Caribe colombiano.
La cultura de Sucre es una de las más vibrantes del Caribe colombiano. Sus corralejas —fiestas taurinas populares de enorme arraigo, celebradas sobre todo en enero, en las que el pueblo se lanza a la plaza a torear— son una tradición identitaria intensa, aunque marcada por recurrentes tragedias, como el derrumbe de un palco en Sincelejo. En torno a ellas giran el fandango, las bandas de viento y una alegría desbordante.
Sucre es, además, uno de los grandes centros de la música de gaitas: las gaitas —flautas verticales de origen indígena zenú— y los tambores de raíz africana se funden en un sonido puro del mestizaje caribeño, cultivado en pueblos como Ovejas —sede de un célebre Festival Nacional de Gaitas— y San Onofre. El porro sabanero, el merecumbé y los fandangos completan un panorama sonoro riquísimo que se derrama en las fiestas de todos los pueblos. Esta herencia, junto con el sombrero vueltiao, convierte al departamento en un semillero de la identidad musical del país.
Sucre se asoma al mar Caribe por el golfo de Morrosquillo, con destinos de playa como Tolú y Coveñas, muy populares entre los turistas del interior por su ambiente animado, sus paseos en 'bicitaxi' y sus salidas en lancha. Frente a sus costas, el archipiélago de San Bernardo —con islas como Múcura, Tintipán y la diminuta y densamente poblada Santa Cruz del Islote, considerada una de las islas más pobladas del mundo por metro cuadrado, dentro del Parque Nacional Corales del Rosario y San Bernardo— ofrece aguas turquesas, manglares, arrecifes de coral y lagunas bioluminiscentes que se encienden de noche.
Hacia el interior, la vasta región de humedales de La Mojana y la Depresión Momposina, donde se juntan y desbordan los grandes ríos, dan a Sucre un rostro anfibio de ciénagas, caños e islas, hogar de pescadores y de una biodiversidad excepcional, pero también expuesto a inundaciones catastróficas. El departamento, golpeado por la violencia del conflicto armado en subregiones como los Montes de María, avanza hoy hacia la reconciliación y el turismo, apoyado en su cultura, sus playas, sus islas y su herencia zenú, en un rincón que reúne el Caribe interior, litoral e insular del país.