El Putumayo, en el sur del país, es una tierra de transición entre los Andes y la Amazonía, que baja desde los fríos páramos hasta la selva tropical. En el alto Putumayo, el Valle de Sibundoy es hogar de los pueblos inga y kamëntsá, guardianes de una profunda tradición de medicina ancestral, de artesanía y de tallado en madera, y del uso ritual del yagé; hacia las tierras bajas viven pueblos como los siona, kofán, murui-muinane e inga del bajo Putumayo.
Estos pueblos desarrollaron un conocimiento único de la selva y de sus plantas sagradas, con los taitas o médicos tradicionales como figuras centrales, y mantienen viva una cultura de rituales, cantos, tejidos y saberes que hace del Putumayo un territorio de gran riqueza espiritual y cultural, cada vez más buscado por el turismo de plantas medicinales.
A comienzos del siglo XX, la fiebre del caucho llevó al Putumayo una de las páginas más oscuras de la historia colombiana y americana: la Casa Arana, una empresa cauchera peruana, sometió a los pueblos indígenas de la región —sobre todo a los huitoto y bora— a un régimen de esclavitud, torturas y atrocidades que causó decenas de miles de muertos, denunciado internacionalmente por el cónsul británico Roger Casement en un célebre informe.
La región fue también escenario del conflicto colombo-peruano de 1932-1933, en torno a Leticia y el Amazonas. A lo largo del siglo XX, el Putumayo vivió sucesivas oleadas de colonización, el auge del petróleo desde los años sesenta y, más tarde, la expansión de los cultivos de coca y la dureza del conflicto armado, que lo convirtieron en una de las regiones más golpeadas del país.
El Putumayo conserva una naturaleza exuberante de selva, ríos, lagunas y cascadas, como el imponente Fin del Mundo, cerca de Mocoa, la capital, y el cañón del río Mocoa. Su biodiversidad —parte del corredor andino-amazónico, uno de los más ricos del planeta—, su tradición de plantas sagradas y sus paisajes lo van convirtiendo, en la etapa de posconflicto, en un destino emergente de ecoturismo y turismo de naturaleza y bienestar.
Mocoa sufrió en 2017 una devastadora avalancha que dejó cientos de muertos, un recordatorio de la fuerza de la naturaleza en este piedemonte lluvioso. Tierra de encuentro entre la montaña y la selva, entre lo andino y lo amazónico, el Putumayo es una de las grandes puertas del pulmón verde de Colombia.
El Putumayo se ha convertido en uno de los epicentros del interés mundial por el yagé o ayahuasca, la planta sagrada que los taitas indígenas usan ceremonialmente en rituales de sanación y visión. Alrededor de esta tradición ha crecido un turismo espiritual que plantea a la vez oportunidades y riesgos para las comunidades y sus saberes ancestrales.
Con su cultura indígena viva, sus taitas, sus selvas y sus cascadas, el bajo y el alto Putumayo ofrecen una experiencia profundamente distinta del resto del país, en un territorio donde la espiritualidad amazónica, la naturaleza y la memoria del caucho y del conflicto se entretejen en el extremo sur de Colombia.