La Guajira, en el extremo norte de Colombia y de toda Sudamérica, es una península mayormente desértica y semiárida sobre el mar Caribe, en la frontera con Venezuela. Es el hogar ancestral del pueblo wayuu, la etnia indígena más numerosa del país, que ha mantenido su lengua —el wayuunaiki—, su organización por clanes matrilineales, su artesanía de las coloridas mochilas tejidas y una cultura profundamente ligada a este territorio de contrastes extremos.
Los wayuu resistieron con notable éxito el dominio español: nunca fueron plenamente sometidos, se apropiaron del caballo y de las armas de fuego, se hicieron pastores y guerreros y mantuvieron su autonomía a lo largo de toda la colonia, protagonizando incluso rebeliones armadas. Ese carácter indómito hace de La Guajira un caso singular en la historia de la conquista americana.
La ciudad de Riohacha, capital departamental, fue fundada en 1545 y prosperó tempranamente gracias a la pesca de perlas del Caribe, que atrajo la codicia europea. Su historia estuvo marcada por los ataques de piratas —el propio Francis Drake la saqueó en 1596— y por siglos de contrabando, una actividad que la geografía fronteriza y desértica alimentó hasta tiempos recientes, en la llamada 'época de la bonanza marimbera' de los años setenta.
La economía guajira giró en torno al ganado caprino, la sal de Manaure, la pesca y, en el siglo XX, la gigantesca mina de carbón del Cerrejón, una de las mayores del mundo a cielo abierto. Pese a esa riqueza minera y salinera, La Guajira sigue siendo uno de los departamentos con mayores desafíos sociales del país, con graves problemas de acceso al agua y de desnutrición infantil en las comunidades wayuu.
El gran atractivo de La Guajira es su paisaje extremo, donde el desierto se encuentra con el mar. En la Media Guajira, la aldea wayuu de Cabo de la Vela —Jepira, lugar sagrado adonde van las almas según su tradición— ofrece dunas doradas, mar turquesa, rancherías y el faro del Pilón de Azúcar. Más al norte, en la Alta Guajira, Punta Gallinas marca el punto más septentrional de Sudamérica continental, con las espectaculares dunas de Taroa cayendo directamente sobre el océano.
Hacia el sur, en el límite con el Magdalena, el pueblo playero de Palomino se recuesta entre la Sierra Nevada y el Caribe, atravesado por un río que baja fresco de la montaña y por el que se practica el 'tubing'. Entre desierto, mar, sierra y cultura wayuu, La Guajira es uno de los destinos más impactantes, auténticos y fotogénicos de toda Colombia.
La Guajira alberga santuarios naturales de gran valor. El Santuario de Flora y Fauna Los Flamencos, cerca de Camarones, protege lagunas costeras donde se congregan miles de flamencos rosados, un espectáculo único en Colombia. Las salinas de Manaure, explotadas ancestralmente por los wayuu, tiñen el paisaje de rosa y blanco.
El departamento es también tierra de leyendas y de una cultura del intercambio, del tejido y del comercio, muy marcada por su condición fronteriza. Con su desierto, sus dunas, sus flamencos, sus salinas y su pueblo wayuu, La Guajira condensa una experiencia de viaje que no se parece a ninguna otra del país.