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Historia · Colombia

Historia de Guainía

Tierra de muchas aguas y sus pueblos

El Guainía, cuyo nombre significa en lengua indígena 'tierra de muchas aguas', ocupa el extremo oriental de la Amazonía colombiana, en la triple frontera con Venezuela y Brasil, donde el río Guainía se convierte, aguas abajo, en el Río Negro que desemboca en el Amazonas. Es una región remota, de densa selva y ríos de aguas oscuras teñidas por los taninos de la vegetación, que le dan su color de té negro característico.

Es, ante todo, un territorio indígena: cerca del 65 % de sus habitantes pertenece a pueblos originarios —curripaco, puinave, cubeo, sikuani, piapoco y otros— que mantienen sus lenguas, su artesanía y sus tradiciones. Apartado de los grandes centros del país y sin conexión por carretera, el Guainía fue durante siglos casi inaccesible, marcado por la selva, los ríos, el aislamiento y una presencia indígena mayoritaria que le da su carácter esencial. La soberanía colombiana sobre buena parte del territorio se consolidó con el laudo arbitral español de 1891.

El caucho, las misiones y la larga lejanía

Como toda la Amazonía y la Orinoquía, el Guainía vivió el impacto de la fiebre del caucho: entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX, caucheros venezolanos y brasileños —como Roberto Pulido y Tomás Fúnez— controlaron la explotación de la región y sometieron a las comunidades indígenas a la violencia del régimen cauchero, que se prolongó hasta cerca de 1921. Empresas colombianas entraron a partir de 1935, y la actividad se apagó definitivamente hacia 1972.

Durante gran parte del siglo XX el territorio fue apenas administrado a la distancia. Fue creado como comisaría especial el 13 de julio de 1963 y, finalmente, elevado a departamento el 4 de julio de 1991, en virtud del artículo 309 de la nueva Constitución que integró a los antiguos territorios nacionales. Con cerca de 72.000 km² y menos de 60.000 habitantes, sigue siendo uno de los rincones más despoblados de Colombia.

Inírida y la vida de los ríos

La capital, Inírida, es una pequeña ciudad selvática a orillas del río del mismo nombre, la única de cierto tamaño en un vasto departamento sin apenas carreteras, al que se llega por avión o por río. Su economía se basa en la pesca, la agricultura de subsistencia de las comunidades indígenas —en las chagras—, el comercio, la minería de oro y la explotación de recursos naturales, en una de las regiones con mayores carencias del país. En años recientes ha acogido también a miles de migrantes venezolanos.

La vida del Guainía gira en torno a sus grandes ríos —el Guaviare, el Inírida, el Guainía y el Atabapo—, que son las verdaderas arterias de comunicación, de pesca y de sustento de las comunidades indígenas y ribereñas. En un entorno donde la selva y el agua lo dominan todo, cerca del 96 % del territorio corresponde a resguardos indígenas, parques naturales y áreas protegidas, lo que limita fuertemente las actividades extractivas y preserva una naturaleza casi intacta.

Los cerros de Mavecure y la Estrella Fluvial

El gran ícono del Guainía son los Cerros de Mavecure, tres imponentes montañas de roca desnuda —Mavicure, Mono y Pajarito— que emergen abruptamente de la selva sobre el río Inírida, a unos cincuenta kilómetros de la capital. Son restos del antiquísimo escudo guayanés, una de las formaciones geológicas más viejas de la Tierra. Su silueta se ha convertido en un símbolo de la Amazonía colombiana, y su ascenso ofrece una vista sobrecogedora de selva y ríos hasta el horizonte.

Cerca, la Estrella Fluvial de Inírida —donde confluyen grandes ríos como el Guaviare, el Inírida y el Atabapo, y a la que se asocia el paso de Alexander von Humboldt en su expedición de 1799-1800— fue declarada humedal de importancia internacional (sitio Ramsar) en 2014. Es una zona de enorme riqueza en peces y aves, con la delicada flor de Inírida —que no se marchita— como emblema del departamento. Entre selvas, ríos negros y cerros milenarios, el Guainía es uno de los rincones más vírgenes y espectaculares de Colombia.

Culturas indígenas y ecoturismo naciente

La riqueza mayor del Guainía son sus culturas indígenas vivas, que conservan sus lenguas, su artesanía —como el tejido de fibras, la cerámica y la elaboración del casabe—, sus danzas y su profundo conocimiento de la selva y de los ríos. En torno a los cerros de Mavecure y a las comunidades ribereñas ha empezado a crecer, de la mano de las propias comunidades, un ecoturismo cuidadoso que busca compartir esta naturaleza y esta cultura sin destruirlas, generando ingresos que se quedan en el territorio.

Remoto, poco visitado y de una belleza sobrecogedora, el Guainía representa uno de los confines más profundos de Colombia, donde el agua, la selva y los pueblos originarios mantienen una relación milenaria a orillas de los grandes ríos que corren hacia el Amazonas y el Orinoco. Es, en muchos sentidos, la Colombia más desconocida y a la vez una de las más asombrosas para el viajero dispuesto a llegar hasta el fin del mundo.

📚 Bibliografía

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