El Chocó, sobre el litoral del Pacífico y el golfo de Urabá, es una de las regiones más lluviosas del mundo y parte del llamado Chocó biogeográfico, uno de los territorios de mayor biodiversidad del planeta. Sus densas selvas fueron habitadas por pueblos indígenas como los emberá y los wounaan, que aún conservan su territorio, su lengua y sus tradiciones de tallado, cestería y pintura corporal.
Durante la colonia, la región fue explotada por su abundante oro de aluvión, extraído en gran medida por africanos esclavizados llevados a las minas. Muchos de ellos, al liberarse, comprar su libertad o fugarse, formaron comunidades libres en la selva y los ríos, dando origen a la actual población afrochocoana, mayoritaria en el departamento, con una riquísima cultura de músicas, chirimías, alabaos fúnebres y saberes del Pacífico.
El Chocó es el único departamento de Colombia con costas sobre los dos océanos: el Pacífico, a lo largo de todo su litoral occidental, y el Caribe, por el golfo de Urabá al norte. Su capital, Quibdó, a orillas del caudaloso río Atrato, es un centro de la cultura afrocolombiana, célebre por sus Fiestas de San Pacho (San Francisco de Asís), declaradas Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Unesco, con sus verbenas, disfraces y procesiones.
Pese a su extraordinaria riqueza natural y cultural, el Chocó ha sido históricamente uno de los departamentos más pobres, aislados y olvidados del país, con grandes carencias de infraestructura, servicios básicos y presencia estatal, y golpeado por la minería ilegal y el conflicto armado. Su cultura resistente y alegre y su naturaleza exuberante son, sin embargo, un tesoro nacional invaluable.
El Chocó es un destino de ecoturismo excepcional. En la costa del Pacífico, Nuquí y Bahía Solano ofrecen selva y mar en estado puro, con playas solitarias, cascadas que caen al océano, termales y pueblos afro; y cada año, entre julio y octubre, llegan las ballenas jorobadas a parir y cortejar frente a sus costas, uno de los grandes espectáculos naturales del país, junto al desove de tortugas.
En el norte caribeño, en la región del Darién, el pueblo de Capurganá —sin carreteras ni autos, al que solo se llega en lancha o avioneta— es un rincón de playas, arrecifes y selva junto a la frontera con Panamá, cerca de la vecina Sapzurro. Termas, cascadas, avistamiento de aves, buceo y culturas afro e indígena hacen del Chocó uno de los grandes tesoros de biodiversidad de Colombia.
El río Atrato, columna vertebral del Chocó, es uno de los más caudalosos de Colombia y una arteria vital para las comunidades ribereñas. Afectado gravemente por la minería ilegal de oro con mercurio y por la deforestación, fue reconocido en 2016 por la Corte Constitucional como 'sujeto de derechos', una decisión pionera en el mundo que obliga al Estado a protegerlo y restaurarlo, junto a sus comunidades guardianas.
Esa lucha por el agua, la selva y los derechos de los pueblos afro e indígenas simboliza los dilemas del Chocó: un territorio de riqueza natural incalculable y de enormes desafíos sociales, cuya cultura y biodiversidad lo convierten en uno de los rincones más singulares y valiosos de todo el país.