Casanare se extiende por las sabanas de los Llanos Orientales, en la Orinoquía, entre el piedemonte de la Cordillera Oriental y los grandes ríos que corren hacia el Meta y el Orinoco. Antes de la conquista, la llanura estaba habitada por pueblos como los sáliba, los achagua, los tunebo o u'wa del piedemonte, los guahibo, los cusiana, los caquetío y los piapoco, cazadores, pescadores y agricultores adaptados al ciclo de crecientes y sequías de la sabana. Con la conquista del siglo XVI, muchos fueron sometidos y esclavizados a través del sistema de encomiendas.
El gran agente transformador fue la Compañía de Jesús: entre los siglos XVII y XVIII, los jesuitas organizaron en Casanare un vasto sistema de reducciones, pueblos de misión, hatos y haciendas ganaderas que dieron a la región una enorme importancia económica durante el Virreinato. De aquellas misiones nació el ganado cimarrón —reses asilvestradas que se multiplicaron por la llanura— que desde entonces define la vida y la cultura del llano. La expulsión de los jesuitas en 1767 sumió a la región en una profunda crisis de la que tardó en recuperarse.
Los llanos de Casanare escribieron páginas decisivas de la independencia. En Pore, antigua capital de la provincia, el 17 de febrero de 1810 —meses antes del grito de Bogotá del 20 de julio— tres jóvenes de dieciocho años, Carlos Salgar, José María Rosillo y Vicente Cadena, encabezaron uno de los primeros levantamientos independentistas del Nuevo Reino de Granada. El intento fracasó y los tres fueron ejecutados el 30 de abril de 1810, pero quedaron como precursores de la causa patriota.
Años después, Casanare fue la retaguardia y la base desde la que se lanzó la gran Campaña Libertadora. Aquí Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander reorganizaron el ejército y reclutaron a los indómitos jinetes llaneros que, en 1819, cruzaron con ellos el gélido páramo de Pisba para caer sobre la Nueva Granada, triunfar en el Pantano de Vargas y sellar la libertad en la batalla del Puente de Boyacá el 7 de agosto. Sin la caballería y el sacrificio de los llanos, aquella epopeya habría sido imposible.
Durante gran parte de su historia republicana, Casanare fue un territorio marginal y despoblado, adscrito por largos periodos al departamento de Boyacá. Existió una Provincia de Casanare desde el siglo XVII; en el siglo XX fue elevado a Intendencia Nacional el 28 de noviembre de 1973 y, finalmente, a departamento el 4 de julio de 1991, con la nueva Constitución que reordenó los antiguos territorios nacionales. Yopal, su capital, pasó de modesto caserío a ciudad pujante de cerca de 200.000 habitantes.
La gran transformación llegó con el petróleo. El descubrimiento, a comienzos de los años noventa, de los gigantescos campos de Cusiana y Cupiagua convirtió a Casanare en uno de los principales productores de hidrocarburos del país y disparó su economía y su crecimiento urbano, no sin traer también los problemas de las bonanzas extractivas. A la industria petrolera se sumaron el cultivo intensivo de arroz —en Aguazul y Yopal—, la expansión de la palma de aceite, especialmente en Villanueva, y la tradicional ganadería extensiva, base histórica de la vida llanera.
Casanare es hoy uno de los grandes destinos emergentes de ecoturismo de Colombia. Sus hatos ganaderos, muchos convertidos en reservas naturales privadas, ofrecen un espectáculo de fauna comparable a un safari africano: chigüiros o capibaras en manada, venados sabaneros, caimanes llaneros, anacondas, y osos palmeros u osos hormigueros gigantes recorren sus esteros. Una avifauna espectacular —garzas, corocoros o ibis escarlata, gabanes, garzones soldado y patos silvestres— puebla los morichales y las sabanas inundables, que en la época de lluvias se transforman en un inmenso humedal.
Entre sabanas doradas, atardeceres que incendian el horizonte, y una vida silvestre extraordinaria, Casanare condensa la esencia natural de la Orinoquía colombiana. El avistamiento de fauna, cada vez más valorado, se suma a una cultura llanera viva —con su joropo, su coleo y sus ferias— para proyectar al departamento como uno de los grandes tesoros naturales del oriente del país.
La cultura de Casanare es plenamente llanera y se comparte con Arauca, Meta, Vichada y con la vecina Venezuela en una sola gran tradición de los llanos del Orinoco. De la vida a caballo en la inmensidad de la sabana nacieron el joropo —con su arpa, su cuatro y sus maracas—, los cantos de vaquería, los contrapunteos improvisados y el coleo, el deporte criollo de derribar un toro tirando de su cola a galope tendido.
Esa identidad se celebra en ferias y festivales como las Ferias y Fiestas de Yopal en diciembre, el 'Cimarrón de Oro' y 'Casanare Palpita', donde el joropo zapateado, las coplas y la gastronomía de la mamona o ternera a la llanera son protagonistas. Con cerca de medio millón de habitantes, una economía de petróleo, arroz, palma y ganado, y una cultura de arpa y sabana, Casanare es el corazón ganadero y llanero de la Orinoquía colombiana.