La sabana donde hoy se extiende Bogotá fue el centro del pueblo muisca, la civilización más importante de los Andes colombianos. En torno a Bacatá gobernaba el Zipa, uno de los grandes señores de la confederación chibcha, en un mundo de agricultores, tejedores y orfebres cuyo oro alimentó la leyenda de El Dorado, ligada a la cercana laguna de Guatavita, donde el heredero se cubría de polvo dorado y ofrendaba tesoros a las aguas.
El altiplano cundiboyacense, fértil y templado pese a su altitud de 2.600 metros, sostuvo una densa población indígena que dominaba el cultivo de la papa, el maíz y los tejidos de algodón, comerciaba sal y esmeraldas, y dejó su huella en la toponimia de toda la región. La sabana era un mosaico de humedales y lagunas sagradas que la ciudad moderna ha ido reduciendo.
Gonzalo Jiménez de Quesada fundó Santa Fe de Bogotá el 6 de agosto de 1538, tras conquistar a los muiscas. La ciudad se convirtió pronto en la capital del Nuevo Reino de Granada, sede de la Real Audiencia y, desde 1717, en capital del Virreinato de Nueva Granada, uno de los grandes centros del poder español en Sudamérica, con conventos, universidades e imprentas.
Su barrio fundacional, La Candelaria, con sus casonas coloniales, sus iglesias y la Plaza de Bolívar, conserva el trazado y el espíritu de aquella capital administrativa y religiosa. Fue también sede de la Real Expedición Botánica de José Celestino Mutis a fines del siglo XVIII, un foco de la Ilustración criolla donde se formaron sabios como Francisco José de Caldas y desde el que Antonio Nariño difundió las ideas revolucionarias.
Bogotá fue escenario central de la independencia. El 20 de julio de 1810, el incidente del florero de Llorente encendió el cabildo abierto que desató la revolución y la Primera República. Tras la reconquista de Morillo y la victoria de Bolívar en la batalla de Boyacá, en 1819, el Libertador entró triunfante en la ciudad, que se consolidó como capital de la Gran Colombia y luego de la República.
El siglo XX dejó su marca más trágica el 9 de abril de 1948, cuando el asesinato del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán, en pleno centro, desató el Bogotazo: una jornada de furia popular que incendió y destruyó buena parte del centro histórico y precipitó al país en el período de La Violencia. Aquel estallido cambió para siempre la fisonomía y la memoria de la capital.
Hoy Bogotá, Distrito Capital, es una metrópoli de más de ocho millones de habitantes, el gran centro político, económico, financiero y universitario de Colombia. Alberga instituciones emblemáticas como el Museo del Oro, con la mayor colección de orfebrería prehispánica del mundo, el Museo Botero y la Quinta de Bolívar, y desde el cerro de Monserrate, coronado por su santuario, se domina toda la sabana.
Ciudad de decenas de universidades, teatros, festivales, la Feria Internacional del Libro y una intensa vida gastronómica y nocturna, Bogotá combina el peso de su historia colonial con la energía de una capital moderna y cosmopolita. Su sistema de buses TransMilenio, su red de ciclorrutas y su tradición de la ciclovía dominical la han hecho conocida en el urbanismo mundial, aunque enfrenta grandes retos de movilidad, seguridad y desigualdad.