El valle del río Mapocho, al pie de los Andes, estaba habitado por los picunches, la rama septentrional del pueblo mapuche, y había sido alcanzado por la expansión del imperio inca, que dejó caminos, canales de regadío y enclaves en la zona. Allí, el 12 de febrero de 1541, Pedro de Valdivia fundó Santiago del Nuevo Extremo junto al cerro Huelén, que rebautizó Santa Lucía, trazando la clásica cuadrícula española en torno a una Plaza de Armas.
En septiembre de 1541, el cacique picunche Michimalonco atacó y arrasó la naciente ciudad; Santiago sobrevivió gracias a la tenaz defensa organizada por Inés de Suárez, compañera de Valdivia, en uno de los episodios fundacionales de la memoria chilena. Reconstruida con esfuerzo, la ciudad se consolidó como cabeza del reino de Chile, aunque durante buena parte de la Colonia fue un centro modesto, periódicamente golpeado por terremotos y por las crecidas del Mapocho.
Encajonada entre el cerro Santa Lucía, el cerro San Cristóbal y la cordillera de los Andes que la enmarca al oriente, Santiago creció lentamente como capital de una Capitanía General pobre y agrícola. Su verdadero despegue llegaría recién con la República, cuando se convirtió en el centro político, cultural y económico de la nación.
Tras la Independencia, Santiago fue confirmada como capital de la república y escenario de sus grandes hechos. En torno a su Plaza de Armas y su Catedral se formó la Primera Junta Nacional de Gobierno del 18 de septiembre de 1810; en el palacio de La Moneda —obra maestra del arquitecto italiano Joaquín Toesca levantada a fines del siglo XVIII y sede del gobierno desde mediados del XIX— murió el presidente Salvador Allende durante el bombardeo del golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973.
A lo largo del siglo XIX la ciudad se dotó de instituciones fundamentales: la Universidad de Chile (1842), la Biblioteca Nacional, el Teatro Municipal, y grandes obras urbanas impulsadas por intendentes como Benjamín Vicuña Mackenna, que en la década de 1870 remodeló el cerro Santa Lucía y proyectó el 'camino de cintura'. La ciudad de los palacios y los conventos coloniales empezaba a transformarse en una capital moderna y afrancesada.
Santiago fue también el gran escenario de la vida política nacional: sus calles vieron desfiles cívicos y militares, revoluciones, la 'cuestión social', las marchas obreras y estudiantiles del siglo XX, y en octubre de 2019 el estallido social que llenó la Plaza Baquedano —rebautizada popularmente 'Plaza Dignidad'— de manifestantes. Pocas ciudades concentran de tal modo la historia entera de su país.
El río Mapocho, que había inundado repetidamente a la ciudad colonial, fue domesticado a fines del siglo XIX. En 1888 se demolieron los antiguos tajamares y el emblemático Puente de Calicanto colonial, y se emprendió la canalización del río con sólidos muros de piedra, una de las grandes obras de ingeniería urbana de la época. Por entonces Santiago rondaba los 250.000 habitantes.
Durante el siglo XX, la capital creció de forma vertiginosa: a mediados de siglo la ciudad se expandía a tasas superiores al 3% anual, extendiéndose sobre los antiguos fundos del valle y multiplicando su superficie. Surgieron comunas 'ciudad jardín' como Providencia y Ñuñoa, se poblaron los faldeos cordilleranos hacia el oriente y crecieron enormes barrios populares hacia el sur y el poniente. En 1975 se inauguró el Metro de Santiago, columna vertebral del transporte de la metrópoli, cuya expansión se vio afectada por el terremoto de marzo de 1985, que golpeó al centro del país.
Hoy el Gran Santiago concentra alrededor de siete millones de habitantes —cerca del 40% de la población de Chile— y es el motor económico, financiero y cultural del país. Es una metrópoli de contrastes, con el moderno barrio de rascacielos de 'Sanhattan' junto a poblaciones y a los cerros que la ciñen, siempre bajo la mirada de los Andes nevados.
Más allá de la gran ciudad, la Región Metropolitana conserva rincones de fuerte tradición campesina. Hacia el poniente, el pueblo de Pomaire mantiene viva la antigua alfarería de la greda: sus artesanos moldean a mano ollas, jarros, chanchitos de la suerte y figuras de arcilla, herederos de una técnica que hunde sus raíces en el mundo indígena y colonial. El pueblo es célebre, además, por sus empanadas gigantes y su cocina criolla, y atrae a visitantes de la capital cada fin de semana.
En el entorno rural de la región sobreviven haciendas, capillas y viñedos que recuerdan el mundo agrario del valle central. La zona del Maipo, al sur, es uno de los grandes valles vitivinícolas de Chile, cuna de célebres tintos —sobre todo Cabernet Sauvignon— que se cuentan entre los más reconocidos del país.
Esta convivencia entre la metrópoli y el campo, entre los rascacielos y la greda de Pomaire, entre el vino del Maipo y el asfalto, forma parte de la identidad de una región que reúne, en pocos kilómetros, casi todo lo que Chile es.
La Región Metropolitana ofrece, a poca distancia de la ciudad, contrastes sorprendentes. Hacia el sureste se interna el Cajón del Maipo, un profundo cañón cordillerano de ríos, embalses, termas y montañas que es el gran pulmón natural y de aventura de los santiaguinos, con destinos como el Monumento Natural El Morado, el glaciar San Francisco y el embalse El Yeso, cuyas aguas turquesa abastecen a la capital.
En lo alto de los Andes, a menos de dos horas del centro de Santiago, se despliegan los centros de esquí de los 'Tres Valles' —Valle Nevado, La Parva y El Colorado-Farellones—, algunas de las estaciones de invierno más importantes de Sudamérica, con pistas por encima de los 3.000 metros y vistas espectaculares sobre la cordillera. Aquí la temporada austral atrae a esquiadores de todo el mundo entre junio y septiembre.
Así, en un mismo día, desde la Región Metropolitana es posible pasar del bullicio de una gran capital latinoamericana a la nieve de la alta montaña o al silencio de un cañón cordillerano. Esa cercanía entre ciudad y naturaleza extrema es uno de los grandes privilegios de vivir al pie de los Andes.