Moravia, la tierra checa oriental, da nombre al primer gran Estado eslavo de Europa central: la Gran Moravia del siglo IX. Fue en esta región, a orillas del río Morava, donde príncipes como Mojmír I, Rastislav y Svatopluk edificaron un poderoso reino cuyos centros de poder han sacado a la luz los arqueólogos en lugares como Mikulčice —donde se han hallado las fundaciones de una docena de iglesias de piedra, palacios y ricos ajuares— y Staré Město, la antigua Veligrad.
Aquí tuvo lugar, en el año 863, el episodio fundacional de la cultura eslava: la llegada de los hermanos Constantino (Cirilo) y Metodio, enviados desde Bizancio a petición del príncipe Rastislav. Los dos misioneros crearon el alfabeto glagolítico, tradujeron la Biblia y la liturgia al antiguo eslavo eclesiástico y sentaron las bases de la primera literatura eslava. Cirilo y Metodio son hoy copatronos de Europa, y el 5 de julio, día de su festividad, es fiesta nacional en Chequia; el lugar de peregrinación de Velehrad, en Moravia, mantiene viva su memoria.
Aquella herencia dio a Moravia una identidad propia, distinta de la de Bohemia, que ha perdurado durante mil años. Aunque desde la Edad Media Moravia estuvo unida a la corona checa —como margraviato dentro del reino de Bohemia—, los moravos conservaron un fuerte sentimiento regional, sus dialectos, sus trajes, su música y sus tradiciones folclóricas, especialmente vivas en el sudeste, en la región de la Eslovaquia Morava (Slovácko). Ser moravo, todavía hoy, es una manera particular de ser checo.
Durante siglos, Olomouc fue la capital histórica de Moravia y su gran centro religioso. Ya en 1063 se estableció allí un obispado, que hizo de la ciudad la sede eclesiástica de toda la región y una de las diócesis más importantes de las tierras checas. En torno a su catedral de San Wenceslao y a su poder episcopal, Olomouc creció como ciudad de clérigos, comerciantes y estudiantes, capital del margraviato de Moravia.
Su papel intelectual se afianzó en el siglo XVI con la fundación de una universidad jesuita en 1573, la segunda más antigua de las tierras checas después de la de Praga; en ella estudiaría, siglos después, el joven Mendel. La historia de Olomouc, sin embargo, estuvo marcada por la guerra: durante la Guerra de los Treinta Años, la ciudad fue tomada y ocupada durante ocho años por los suecos (1642-1650), que la saquearon y la despoblaron, un golpe del que tardó en recuperarse y que le hizo perder su primacía frente a Brno.
El prestigio de Olomouc culminó en 1777, cuando su obispado fue elevado a arzobispado por el papa Pío VI, a instancias de la emperatriz María Teresa. Ciudad de palacios, iglesias barrocas y fuentes monumentales, Olomouc conserva en su plaza mayor la impresionante Columna de la Santísima Trinidad, una obra maestra del barroco centroeuropeo inscrita en la Lista del Patrimonio Mundial de la Unesco. Hoy es una animada ciudad universitaria que muchos consideran la segunda joya monumental del país después de Praga.
Brno, la mayor ciudad de Moravia y segunda de Chequia, es hoy la capital moderna de la región y sede del Tribunal Constitucional del país. Dominada por la fortaleza de Špilberk —que los Habsburgo convirtieron en una temida prisión política, «la cárcel de los pueblos», donde encerraron a patriotas italianos, húngaros y polacos— y por la catedral de San Pedro y San Pablo, Brno fue una próspera ciudad industrial, tan textil que también se ganó el apodo de «el Mánchester moravo».
Pero la mayor gloria de Brno es discreta: un jardín monástico. En la abadía agustina de Santo Tomás, el fraile Gregor Mendel llevó a cabo entre 1856 y 1863 sus pacientes experimentos con miles de plantas de guisantes, cruzándolas y contando sus caracteres. De aquel trabajo dedujo las leyes fundamentales de la herencia —los «factores» hoy llamados genes—, que fundaron la genética moderna. Mendel, que había estudiado en Olomouc y llegó a ser abad de su convento, publicó sus resultados en 1866, pero su genialidad no fue reconocida hasta décadas después de su muerte. Hoy el Museo Mendel, en la propia abadía, honra al «padre de la genética».
Brno es también una capital de la arquitectura del siglo XX. Aquí se levanta la Villa Tugendhat, obra maestra del funcionalismo diseñada por Ludwig Mies van der Rohe entre 1928 y 1930, inscrita en la Lista del Patrimonio Mundial de la Unesco como icono de la arquitectura moderna. Ciudad universitaria y tecnológica, con ferias internacionales y una intensa vida cultural, Brno combina su pasado industrial y su herencia científica con un presente dinámico y joven.
En el suroeste de Moravia, junto a la frontera con Bohemia, la pequeña ciudad de Telč conserva una de las plazas más bellas de Europa: un largo espacio triangular rodeado de casas burguesas con arcadas y frontones pintados, todas de estilo renacentista italiano, que parecen detenidas en el siglo XVI. Es «el más perfecto ejemplo de Renacimiento italiano al norte de los Alpes», según la fórmula que suele repetirse, y una imagen casi intacta de una ciudad de aquella época.
Esa unidad y esa armonía se deben a un hombre y a un incendio. Tras un fuego que devastó la ciudad en 1530, el señor de Telč, Zachariáš de Hradec, que había viajado por Italia y quedado deslumbrado por su arquitectura, decidió reconstruir tanto su castillo gótico —transformándolo en un elegante palacio renacentista— como las casas de la plaza, imponiendo un estilo uniforme. El resultado fue un conjunto de una coherencia extraordinaria, rodeado de estanques que refuerzan su aire de ciudad encantada.
Gracias a que la historia posterior la mantuvo al margen de las grandes transformaciones, Telč conservó su casco histórico prácticamente inalterado durante casi cinco siglos. En 1992 fue inscrita en la Lista del Patrimonio Mundial de la Unesco, y hoy es una de las visitas obligadas de Moravia, un viaje directo al urbanismo y la estética del Renacimiento centroeuropeo.
El sur de Moravia, cálido y soleado, es la gran región vitivinícola de Chequia: de aquí procede la inmensa mayoría del vino checo. La viña se cultiva en estas laderas desde época muy antigua —hay indicios de viticultura ya en tiempos de los romanos y de la Gran Moravia—, y localidades como Mikulov, Valtice o Znojmo son hoy el corazón de una cultura del vino profundamente arraigada, con sus bodegas, sus fiestas de la vendimia y sus tradiciones folclóricas moravas, entre las más vivas del país.
En esta comarca fronteriza con Austria se extiende uno de los paisajes más singulares de Europa: el conjunto de Lednice-Valtice. Entre los siglos XVII y XX, la poderosa familia principesca de Liechtenstein transformó sus dominios del sur de Moravia en un inmenso jardín paisajístico de unos 200 kilómetros cuadrados, uno de los mayores paisajes diseñados por la mano del hombre en el continente. En torno a sus dos residencias —el palacio neogótico de Lednice y el castillo barroco de Valtice— tendieron avenidas, lagos, bosques y una serie de pabellones y templetes románticos (un minarete, un templo de Apolo, un arco de triunfo) dispersos por el campo.
El paisaje cultural de Lednice-Valtice, obra intencionada de una sola familia a lo largo de generaciones, fue inscrito en la Lista del Patrimonio Mundial de la Unesco en 1996 por su valor excepcional como jardín paisajístico. Combinado con los viñedos, las bodegas y las tradiciones moravas de la región, hace del sur de Moravia una de las tierras más placenteras y luminosas de Chequia, muy distinta de la Bohemia industrial o de la Praga monumental.