La Bohemia occidental se extiende hasta las montañas que la separan de Baviera y de Sajonia, y durante siglos fue una tierra de frontera y de contacto entre los mundos checo y alemán. Desde la Edad Media, colonos alemanes se instalaron en sus zonas montañosas y fronterizas —parte de los llamados Sudetes—, atraídos por la minería, el bosque y el comercio, dando a la región una fuerte impronta germánica que se mantuvo hasta mediados del siglo XX.
Esa doble identidad, checa y alemana, marcó su historia. La riqueza del subsuelo —plata, estaño, carbón, caolín— y de las aguas termales impulsó desde antiguo la minería, la industria y el termalismo, mientras las ciudades combinaban población checa y alemana. En el siglo XIX, la región se industrializó con fuerza, y sus balnearios se convirtieron en lugares de moda de la aristocracia europea.
El siglo XX trajo el drama de la frontera. La mayoría alemana de los distritos limítrofes hizo de la Bohemia occidental uno de los focos de la crisis de los Sudetes: anexionada por Hitler tras el Acuerdo de Múnich de 1938, la región vivió luego, al terminar la guerra, la expulsión de su población alemana en 1945-1946, que vació y transformó buena parte de sus pueblos fronterizos. Durante la Guerra Fría, la frontera occidental de Chequia fue parte del «telón de acero», sellada con alambradas y torres de vigilancia frente a la Alemania Occidental.
Karlovy Vary —Karlsbad en alemán— es el más célebre de los balnearios checos, y su propio nombre remite a Carlos IV: la tradición atribuye al emperador el descubrimiento de sus fuentes termales hacia 1370 y la fundación de la ciudad, a la que dio su nombre («los baños de Carlos»). En torno a sus aguas calientes y minerales, que brotan de una docena de manantiales —el más espectacular, el géiser Vřídlo, lanza un chorro hirviente a varios metros de altura—, creció durante siglos una cultura del termalismo.
La gran época de Karlovy Vary llegó en los siglos XVIII y XIX, cuando se convirtió en uno de los balnearios de moda de Europa, punto de encuentro de la aristocracia, los artistas y los monarcas del continente. Por sus columnatas y sus fuentes pasaron figuras como Goethe, Beethoven, Chopin, Bach, el zar Pedro el Grande o el escritor Gógol, que acudían a «tomar las aguas». La ciudad se llenó de hoteles señoriales, casas de baños, teatros y jardines, en un estilo elegante que aún hoy define su casco histórico, encajonado en un valle boscoso.
A la fama termal se sumaron productos que hicieron mundialmente conocido su nombre: el licor de hierbas Becherovka, creado en Karlovy Vary a comienzos del siglo XIX y considerado la «decimotercera fuente» de la ciudad; el fino cristal de Moser; y las obleas de balneario (oplatky). En 2021, Karlovy Vary fue inscrita, junto a otras diez ciudades-balneario europeas, en la Lista del Patrimonio Mundial de la Unesco como una de las «Grandes ciudades termales de Europa». Hoy es también sede de un prestigioso festival internacional de cine.
Plzeň (Pilsen), la gran ciudad de la Bohemia occidental, fue fundada en 1295 por el rey Wenceslao II como plaza mercantil y militar en el cruce de rutas comerciales hacia Baviera. Ciudad rica y de derecho de cerveza desde la Edad Media, entró en la historia universal por una razón muy concreta: aquí nació, en 1842, el tipo de cerveza más consumido del planeta.
Durante siglos, la cerveza de Plzeň había sido de calidad irregular. Hartos de un producto malo, los cerveceros de la ciudad se unieron para construir una nueva fábrica municipal y contrataron a un maestro cervecero bávaro, Josef Groll, que el 5 de octubre de 1842 elaboró un lote de cerveza revolucionario: una lager de fermentación baja, clara, dorada y transparente, muy distinta de las cervezas turbias y oscuras de la época. Aquella cerveza rubia, la Pilsner Urquell —«la fuente original de Pilsen»—, se hizo tan popular y fue tan imitada que dio origen a todo un estilo: hoy la inmensa mayoría de la cerveza que se bebe en el mundo es una pale lager de tipo «pilsen» o «pils».
La cervecería Pilsner Urquell, con sus vastas bodegas subterráneas y su monumental puerta de entrada, sigue siendo el gran emblema de la ciudad y una visita imprescindible. Plzeň, además, es una de las capitales cerveceras del país en el que más cerveza per cápita se consume del mundo, y su nombre quedó ligado para siempre a una bebida que conquistó el planeta.
Más allá de la cerveza, Plzeň fue durante siglo y medio uno de los grandes centros industriales de Europa central. En 1859 se instaló en la ciudad una fábrica de maquinaria que, comprada en 1869 por el ingeniero Emil Škoda, se convirtió en las célebres Škoda Works (Škodovy závody): un gigantesco complejo metalúrgico y de armamento que llegó a ser uno de los mayores de la monarquía austrohúngara y, luego, de la Primera República checoslovaca.
Las fábricas Škoda de Plzeň producían acero, locomotoras, turbinas, puentes, maquinaria pesada y, sobre todo, armamento: cañones y material bélico que abastecieron a los ejércitos de media Europa. (Conviene no confundir esta Škoda de Plzeň, la industria pesada, con los automóviles Škoda, fabricados en Mladá Boleslav, aunque ambas nacieron del mismo tronco empresarial.) Durante la ocupación nazi, las Škoda Works trabajaron para la maquinaria de guerra alemana, lo que convirtió a Plzeň en objetivo de los bombardeos aliados.
El final de la guerra dejó en Plzeň un episodio singular: mientras el resto de Bohemia era liberado por el Ejército Rojo soviético, el oeste del país, con Plzeň, fue liberado en mayo de 1945 por el ejército estadounidense del general George Patton. Cada año, la ciudad conmemora esa liberación con un festival, un hecho que durante el régimen comunista fue silenciado y que hoy se celebra abiertamente como parte de la memoria local.
Tras la Segunda Guerra Mundial, la Bohemia occidental quedó marcada por dos procesos traumáticos. El primero fue la expulsión, en 1945-1946, de la numerosa población alemana de sus distritos fronterizos, que vació pueblos enteros y borró siglos de presencia germánica en la región. El segundo fue la instalación del «telón de acero»: con el golpe comunista de 1948 y la Guerra Fría, la frontera con la Alemania Occidental se convirtió en una zona militar sellada, con alambradas electrificadas, campos minados y torres de vigilancia que costaron la vida a numerosos fugitivos.
La caída del comunismo en 1989 y la posterior integración de Chequia en la Unión Europea (2004) y en el espacio Schengen transformaron por completo esta frontera antaño hermética, hoy abierta y transitada, con un intenso intercambio económico y turístico con la vecina Baviera. Los pueblos y bosques fronterizos, despoblados durante la Guerra Fría, se han convertido en algunos casos en espacios naturales protegidos de gran valor.
Libre de aquellas tensiones, la Bohemia occidental vive hoy de su doble vocación histórica: la industria de Plzeň y su cerveza mundialmente famosa, y el termalismo de lujo del llamado «triángulo balneario» de Karlovy Vary, Mariánské Lázně (Marienbad) y Františkovy Lázně (Franzensbad), tres ciudades-balneario reconocidas por la Unesco. Es la Bohemia elegante de las columnatas y las aguas curativas, que ha recuperado su antiguo prestigio de destino de salud y de reposo.