Mucho antes de la llegada de los europeos, las aguas del río San Lorenzo y su laberinto de islas eran territorio de los pueblos originarios de la región. Naciones de lengua iroquesa (haudenosaunee) y, en distintas épocas, también algonquina, navegaban entre las islas, pescaban en sus aguas y se desplazaban por el gran río, una de las principales arterias de comunicación del noreste del continente. Para estos pueblos, las islas no eran un paisaje vacío, sino un territorio conocido y cargado de significado.
Una de las explicaciones tradicionales más bellas del origen de las islas proviene del acervo de relatos indígenas. Según una versión popularizada, el Gran Espíritu había prometido un paraíso a los pueblos que vivieran en paz; al ver que las naciones volvían a enfrentarse, recogió el jardín celestial que había ofrecido y, al llevárselo, dejó caer fragmentos sobre el río, que se convirtieron en las mil islas. De ahí el nombre poético de 'Jardín del Gran Espíritu' (Manitouana, en algunas versiones) con que se ha designado a la región.
Más allá del relato, lo cierto es que estas islas formaban parte de un mundo indígena rico y dinámico, atravesado por rutas de comercio, alianzas y conflictos, sobre el que más tarde se superpondría la presencia europea. El nombre del pueblo de Gananoque, de origen indígena, recuerda esa herencia.
Con la llegada de los europeos, el río San Lorenzo se transformó en la gran ruta de penetración hacia el interior de Norteamérica. Los franceses de Nueva Francia fueron los primeros en surcar estas aguas en busca de pieles y rutas comerciales, seguidos por exploradores, misioneros y comerciantes. La región de las Mil Islas, en la transición entre el lago Ontario y el San Lorenzo, era un paso obligado en ese corredor estratégico.
Tras la caída de Nueva Francia y el dominio británico, y luego de la independencia de Estados Unidos, la región adquirió una característica que la define hasta hoy: la frontera internacional entre Canadá y Estados Unidos quedó trazada por el medio del río San Lorenzo, serpenteando literalmente entre las islas. Así, algunas islas quedaron en territorio canadiense (Ontario) y otras en territorio estadounidense (estado de Nueva York), a veces a muy pocos metros unas de otras.
Esta frontera fluvial, una de las más pintorescas del mundo, convive con una larga tradición de intercambio entre ambas orillas. Con el tiempo, puentes internacionales —como el conjunto del Thousand Islands Bridge— unirían los dos países a través de las islas, y la región se volvería un símbolo de la relación entre Canadá y Estados Unidos.
A fines del siglo XIX, las Mil Islas vivieron su época más glamorosa. La expansión del ferrocarril y de los vapores acercó la región a las grandes ciudades del noreste de Estados Unidos, y la alta sociedad de Nueva York, Filadelfia y otras urbes descubrió en estas islas un destino de veraneo de moda. Comenzaron a levantarse grandes hoteles, clubes náuticos y, sobre todo, lujosas residencias de verano en las islas, que se convirtieron en un símbolo de estatus para los magnates de la época dorada del capitalismo norteamericano (la 'Gilded Age').
De ese fervor nacieron los célebres castillos de las islas. El más famoso es el Boldt Castle, en Heart Island: en 1900, el magnate hotelero George Boldt, propietario del Waldorf-Astoria de Nueva York, mandó construir un fastuoso castillo de seis pisos al estilo de los castillos del Rin como regalo para su esposa Louise. Cientos de obreros trabajaban en él cuando, en 1904, Louise murió de repente. Devastado, Boldt ordenó detener todas las obras de inmediato y nunca regresó a la isla; el castillo quedó inacabado, convertido en un melancólico monumento al amor truncado. Otro castillo notable es el Singer Castle, en Dark Island.
De esta época dorada proviene también, según la tradición, el popular aderezo 'Thousand Island dressing', cuyo origen se asocia a la región y a sus hoteles y residencias de lujo. Aunque el esplendor de aquellos años se apagó con el tiempo, dejó en las islas un legado de mansiones, historias románticas y un aura de elegancia que sigue atrayendo visitantes.
Mientras la región vivía su auge turístico, también empezó a tomar forma una idea de conservación. En 1904 se creó, del lado canadiense, un parque nacional para proteger varias de las islas del San Lorenzo: el St. Lawrence Islands National Park, uno de los parques nacionales más antiguos de Canadá y el primero al este de las Rocosas. Con el tiempo pasó a llamarse Thousand Islands National Park, el nombre con que se lo conoce hoy.
Gestionado por Parks Canada, el parque es el más pequeño y oriental de Ontario. Protege más de veinte islas y un sector de la costa continental, en una zona de gran valor ecológico: las islas se encuentran sobre el llamado 'arco de Frontenac', un puente natural de granito que conecta el Escudo Canadiense con los montes Apalaches y que permite la convivencia de una biodiversidad inusual, con especies de reptiles, anfibios, aves y plantas poco comunes en el resto de la provincia.
A lo largo del siglo XX y XXI, el parque desarrolló su centro de visitantes en Mallorytown Landing y una red de islas con muelles, senderos y sitios de acampe, pensada sobre todo para quienes recorren la región en kayak y canoa. La creación y consolidación de este parque reflejó un cambio de mirada sobre las Mil Islas: de paisaje de veraneo de lujo a patrimonio natural digno de protección para las generaciones futuras.
El siglo XX transformó lentamente el carácter de las Mil Islas. El esplendor de la 'Gilded Age' se apagó con la Gran Depresión, las guerras y los cambios sociales, y muchas de las grandes mansiones de verano cambiaron de manos, se deterioraron o desaparecieron. Pero la región no perdió su atractivo: al glamour de otra época lo reemplazó un turismo más democrático y familiar, centrado en los cruceros por el río, la pesca deportiva, el kayak, la náutica y el disfrute del paisaje. Gananoque, del lado canadiense, se consolidó como la capital turística de las islas, con sus muelles, su teatro de verano y su ambiente relajado.
En 2002, el valor natural de la región recibió un reconocimiento internacional: la Unesco designó a la zona de las Mil Islas y el arco de Frontenac como Reserva de Biosfera (Frontenac Arch Biosphere), una de las áreas más biodiversas de todo Canadá. El motivo es geológico y ecológico a la vez: el arco de Frontenac es una antigua cresta de granito que cruza el San Lorenzo y tiende un puente natural entre el Escudo Canadiense y los montes Adirondack, un corredor donde confluyen hasta cinco regiones forestales distintas. Esa encrucijada explica la sorprendente riqueza de especies —muchas de ellas raras o en su límite de distribución— que habitan las islas y sus orillas.
Hoy las Mil Islas conviven en un delicado equilibrio: por un lado, un destino turístico consolidado que atrae a visitantes de Canadá, Estados Unidos y el mundo a sus cruceros, castillos y miradores; por otro, un territorio de gran valor natural que se busca preservar a través del Thousand Islands National Park, la reserva de biosfera y las iniciativas de conservación. Ese doble carácter —paisaje romántico cargado de historia y santuario de biodiversidad— es lo que hace de las Mil Islas un lugar único en el este de Ontario.