Mucho antes de que existiera el parque, las tierras del actual Kootenay eran zona de paso y aprovisionamiento de pueblos originarios de las Rocosas, entre ellos los Ktunaxa (Kootenay), que dan nombre a la región. Los valles de Kootenay conectaban las llanuras del este con la meseta interior del oeste a través de los pasos de montaña, y eran recorridos en busca de caza, plantas y recursos.
Uno de los lugares más significativos para estos pueblos eran los actuales Paint Pots: surgencias de agua rica en hierro que tiñen el suelo de intensos tonos ocres y anaranjados. Durante siglos, las comunidades originarias acudían a recoger este ocre, con el que elaboraban pigmentos para pinturas corporales, decoración de objetos y prácticas ceremoniales. El ocre era además un bien valioso de intercambio. Por todo ello, el sitio tiene un profundo valor cultural y espiritual que se mantiene hasta hoy.
La región conserva así una doble herencia: la natural, con sus cañones, termas y montañas, y la cultural, ligada al uso milenario que los pueblos originarios hicieron de estos parajes. Ese vínculo se reconoce hoy en la interpretación del parque y en el respeto que se pide a los visitantes en lugares como los Paint Pots.
El origen del Parque Nacional Kootenay como tal está ligado a un acuerdo singular entre la provincia de la Columbia Británica y el gobierno federal de Canadá. A comienzos del siglo XX existía el proyecto de construir una carretera que uniera Banff, en Alberta, con el valle del Columbia y la zona de Windermere, en la Columbia Británica, abriendo el sur de las Rocosas al naciente turismo automovilístico. Pero la obra, costosa y técnicamente difícil, se estancó.
La solución llegó mediante un trueque: la Columbia Británica cedió al gobierno federal una franja de tierra a ambos lados del trazado proyectado, a cambio de que Ottawa se hiciera cargo de completar la carretera Banff-Windermere. De ese acuerdo nació, en 1920, el Parque Nacional Kootenay, que protegía la franja cedida y se organizaba precisamente en torno a la nueva ruta.
La carretera, hoy la Highway 93 Sur, se completó y se convirtió en la columna vertebral del parque. A diferencia de otros parques pensados en torno a un núcleo, Kootenay se estructura como un largo corredor escénico a lo largo del cual se suceden los atractivos. Esta génesis ferroviaria y vial explica el carácter del parque, ideal para recorrer en auto haciendo paradas en cañones, fuentes y miradores.
En el extremo sur del parque, junto a la entrada por el valle del Columbia, las aguas termales de Radium Hot Springs fueron desde temprano un atractivo. Sus manantiales geotermales, ricos en minerales, se desarrollaron como balneario y dieron nombre al pueblo vecino. Las piscinas, administradas hoy por Parks Canada, se mantienen como el punto más popular del parque, abiertas todo el año en un marco de cañones rojizos y montañas.
El paisaje de Kootenay también ha estado marcado por el fuego. Como buena parte de los bosques de montaña del oeste de Norteamérica, el parque ha sufrido a lo largo de su historia grandes incendios forestales, algunos de gran extensión, que han dejado huellas visibles en sus laderas. Lejos de ser solo una catástrofe, el fuego forma parte de la dinámica natural de estos ecosistemas, y la regeneración del bosque tras los incendios es parte de la historia viva del parque.
El reconocimiento internacional llegó cuando Kootenay, junto con Banff, Jasper, Yoho y varios parques provinciales contiguos, fue incluido en el conjunto de Parques de las Montañas Rocosas Canadienses, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Ese estatus consagró la excepcionalidad del paisaje de montaña, los glaciares, los cañones y los fenómenos geológicos de la región, de la que Kootenay es una pieza menos famosa pero no menos valiosa.
Bajo la superficie de Kootenay se esconde uno de los tesoros científicos más importantes del planeta. Las rocas del parque y de los vecinos Yoho y Banff contienen afloramientos del Burgess Shale (esquisto de Burgess), un yacimiento de fósiles del período Cámbrico, de unos 508 millones de años de antigüedad, que conserva con un detalle excepcional la fauna marina de cuerpo blando de aquella era, cuando estallaba la diversidad de la vida animal en los océanos primitivos.
El yacimiento original fue descubierto en 1909 por el paleontólogo estadounidense Charles Doolittle Walcott en el cercano monte Burgess, dentro del Parque Nacional Yoho. Su valor fue revalorizado en el siglo XX por su capacidad de mostrar organismos extraños y extintos que ayudaron a entender la llamada 'explosión cámbrica'. En 2012 se anunció el hallazgo de un nuevo y riquísimo sitio fosilífero en el área de Marble Canyon, dentro del Parque Nacional Kootenay, que amplió enormemente el conocimiento de esta fauna ancestral.
Hoy, el conjunto de yacimientos del Burgess Shale está protegido y es parte del valor universal que llevó a declarar los Parques de las Montañas Rocosas Canadienses Patrimonio de la Humanidad. En temporada, Parks Canada y la Burgess Shale Geoscience Foundation ofrecen caminatas guiadas a algunos de estos sitios, una oportunidad única de asomarse a la vida de hace más de quinientos millones de años en plena montaña.
El nombre mismo del parque, Kootenay, es una versión anglicanizada del de los Ktunaxa, el pueblo originario que ha habitado esta región durante más de 10.000 años. Los Ktunaxa son un caso singular: su lengua es un aislado lingüístico, es decir, no está emparentada con ninguna otra lengua conocida del mundo, lo que subraya la antigüedad y la profundidad de su presencia en las montañas y valles del sureste de la Columbia Británica, el suroeste de Alberta y zonas de los actuales Estados Unidos (Idaho, Montana, Washington).
Para los Ktunaxa, este rincón de las Rocosas no era un paso cualquiera. Aquí estaban los Paint Pots, las surgencias de ocre rojo que consideraban un lugar sagrado. Recogían ese ocre ferruginoso, lo modelaban en tortas y lo cocían para obtener un pigmento intenso con el que pintaban símbolos importantes en la roca, en los tipis, en la ropa y en el cuerpo, en contextos ceremoniales. El ocre de los Paint Pots era, además, uno de sus bienes de intercambio más preciados: viajaba por extensas redes comerciales que cruzaban las montañas y la meseta interior, y se cambiaba por productos de pueblos lejanos, como la sal que llegaba desde la zona del Gran Lago Salado, en Utah.
Por eso, cuando hoy se camina el sendero llano que lleva a los Paint Pots, no se visita solo una curiosidad geológica de barro anaranjado, sino un sitio espiritual y económico de un pueblo milenario. La creación del parque, en 1920, se hizo —como en tantos casos— sobre un territorio indígena sin que se contara con sus dueños ancestrales, y durante décadas el relato oficial de Kootenay giró en torno a la carretera, las termas y los cañones. Hoy, en cambio, Parks Canada reconoce y trabaja con la Nación Ktunaxa en la interpretación y el cuidado del parque, y la historia del ocre sagrado vuelve a ocupar el lugar central que siempre tuvo. Es un recordatorio de que Kootenay, antes de ser un parque nacional, fue —y sigue siendo— tierra ktunaxa.