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Historia · Canadá

Historia de Isla del Príncipe Eduardo

Los mi'kmaq y la Île Saint-Jean

La isla, que los mi'kmaq llamaban Epekwitk ('descansando sobre las olas'), fue durante milenios su territorio estacional de pesca y caza. Los franceses la colonizaron en el siglo XVIII con el nombre de Île Saint-Jean, poblándola de acadios, muchos de ellos refugiados de las deportaciones del continente; la deportación de 1758 golpeó también a la isla tras la caída de la vecina fortaleza de Louisbourg.

Tras la conquista británica, la isla pasó a manos inglesas y fue rebautizada en 1799 en honor al príncipe Eduardo, duque de Kent. Su suelo de arenisca roja, rico en óxido de hierro, le dio el color característico que define su paisaje: campos verdes sobre tierra rojiza, bordeados por playas de arena y dunas.

La cuna de la Confederación

Aunque es la provincia más pequeña de Canadá, la Isla del Príncipe Eduardo ocupa un lugar central en su historia. En septiembre de 1864, en Charlottetown, se reunieron los delegados de las colonias británicas de Norteamérica en la conferencia que puso en marcha el proceso de la Confederación. Por eso la provincia se enorgullece de ser la 'cuna de la Confederación' (Birthplace of Confederation).

Paradójicamente, la isla no se sumó al nuevo país en 1867: recelosa de perder autonomía, esperó hasta el 1 de julio de 1873, cuando una crisis financiera ligada a la construcción de su ferrocarril la empujó a unirse como séptima provincia, con la promesa de que Ottawa asumiera sus deudas y garantizara una comunicación permanente con el continente.

Ana de las Tejas Verdes y el puente de la Confederación

La Isla del Príncipe Eduardo es mundialmente famosa por ser el escenario de 'Ana de las Tejas Verdes' (Anne of Green Gables), la novela de Lucy Maud Montgomery publicada en 1908, que atrae a legiones de admiradores —especialmente de Japón— a la granja que inspiró la historia y a la localidad de Cavendish. El personaje de la niña pelirroja se convirtió en un símbolo cultural de Canadá.

Durante más de un siglo la isla dependió del ferry para conectarse con el continente, hasta que en 1997 se inauguró el Confederation Bridge, un puente de casi 13 kilómetros que cruza el estrecho de Northumberland y es el puente más largo del mundo sobre aguas que se congelan en invierno. Charlottetown, la capital, conserva su ambiente victoriano y su papel de sede histórica en el Confederation Centre of the Arts.

La isla jardín del Golfo

La economía de la Isla del Príncipe Eduardo vive de la tierra y del mar. Es célebre por sus papas, que cultivan aprovechando el suelo rojo y fértil, y por la pesca de langosta, mejillones y ostras que la han hecho famosa entre los amantes de los mariscos. Sus paisajes bucólicos de granjas, faros y campanarios sobre un mar azul le han valido el apodo de 'isla jardín'.

El Parque Nacional de la Isla del Príncipe Eduardo protege un tramo de sus dunas, playas de arena roja y acantilados a lo largo de la costa norte, sobre el Golfo de San Lorenzo. Pequeña, tranquila y de escala humana, la isla ofrece la cara más apacible y rural de Canadá.

Charlottetown y el legado acadio y mi'kmaq

Charlottetown, la capital y única ciudad de la provincia, conserva el ambiente de un pueblo victoriano en torno a la Province House, donde se celebró la conferencia fundacional de 1864, y al moderno Confederation Centre of the Arts, que cada verano representa el musical de Ana de las Tejas Verdes. Es el centro cultural, administrativo y universitario de la isla.

Bajo la imagen bucólica pervive una historia plural. La comunidad mi'kmaq mantiene su presencia en Epekwitk, con reservas como Lennox Island y Abegweit, y celebra su cultura y su lengua. La minoría acadia francófona, descendiente de los colonos de la Île Saint-Jean que escaparon a la deportación o regresaron, conserva vivas sus tradiciones en la región de Évangéline, al oeste de la isla, donde el francés y la bandera acadia siguen ondeando.

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Charlottetown

📚 Bibliografía

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