Nunavut —que en inuktitut significa 'nuestra tierra'— abarca casi todo el Ártico oriental canadiense, cerca de un quinto de la superficie del país. Ha sido habitado durante miles de años por los inuit y sus antecesores, las culturas Dorset y Thule, pueblos que dominaron uno de los ambientes más duros del planeta gracias al iglú, el kayak, el trineo tirado por perros y una relación profunda y minuciosa con el mar, el hielo y la fauna ártica.
Los primeros contactos europeos llegaron con los balleneros y con los exploradores que buscaban el mítico Paso del Noroeste. Entre ellos, la trágica expedición de Sir John Franklin, cuyos dos barcos —el Erebus y el Terror— quedaron atrapados en el hielo en la década de 1840 y cuya tripulación entera pereció; los pecios, hallados recién en 2014 y 2016 gracias al conocimiento oral inuit, son hoy sitios históricos nacionales.
El siglo XX trajo cambios profundos y a menudo dolorosos para los inuit: la sedentarización forzada en comunidades, los internados residenciales, el sacrificio de perros de trineo y el reasentamiento de familias enteras en el Alto Ártico. En respuesta, el movimiento político inuit reclamó durante décadas el control de su territorio y sus recursos.
Ese largo proceso, que se extendió unos veinte años, culminó con la firma del Acuerdo sobre Reclamaciones Territoriales de Nunavut en Iqaluit el 25 de mayo de 1993 —el mayor acuerdo territorial indígena de la historia de Canadá— y con el nacimiento del territorio el 1 de abril de 1999, al separarse de los Territorios del Noroeste. Nunavut es la única jurisdicción de Canadá con mayoría inuit, donde el inuktitut es lengua oficial y el gobierno integra los valores tradicionales inuit (el Inuit Qaujimajatuqangit).
Iqaluit, en la isla de Baffin, es la capital y la única localidad con estatus de ciudad del territorio, un pequeño centro administrativo a orillas de la bahía de Frobisher que carece de carreteras que lo conecten con el resto de Canadá: al Ártico se llega solo en avión o en barco durante el breve verano. Ninguna de las 25 comunidades de Nunavut está unida por rutas con las demás.
El territorio es un mundo de tundra, fiordos, glaciares y banquisa donde viven osos polares, morsas, narvales, belugas y caribúes. La cultura inuit —el arte de la escultura en piedra jabón (esteatita) y hueso, el grabado, el canto gutural (katajjaq) y la caza tradicional— sigue viva y es hoy uno de los grandes atractivos de uno de los rincones más remotos y auténticos del planeta, en el corazón helado de América del Norte.
Nunavut alberga algunos de los parques nacionales más remotos y espectaculares del planeta. El Parque Nacional Auyuittuq, en la isla de Baffin, cuyo nombre significa en inuktitut 'la tierra que nunca se derrite', protege fiordos, glaciares y el imponente monte Thor, con la mayor pared vertical de roca del mundo. Más al norte, los parques de Sirmilik y Quttinirpaaq —este último en la isla de Ellesmere, a pocos cientos de kilómetros del Polo Norte— figuran entre los territorios protegidos más septentrionales de la Tierra.
Estos parques son santuarios de fauna ártica: osos polares, bueyes almizcleros, caribúes de Peary, focas y aves marinas que anidan por millares en los acantilados. Recorrerlos exige expediciones cuidadosamente planificadas, a menudo con guías inuit, y ofrece al viajero una de las experiencias de naturaleza más extremas y prístinas que quedan en el mundo.
El arte inuit de Nunavut goza de reconocimiento internacional. Desde mediados del siglo XX, comunidades como Kinngait (Cape Dorset) se convirtieron en centros mundiales del grabado y la escultura, y hoy las obras de artistas inuit se exhiben en los grandes museos del planeta; una escultura inuit incluso figura en la moneda canadiense. La música gutural, la narración oral y la vestimenta tradicional mantienen viva una identidad milenaria.
Pero el territorio afronta enormes desafíos: el altísimo costo de la vida, la escasez de vivienda, la inseguridad alimentaria y las secuelas del colonialismo, junto a los efectos del cambio climático, que derrite la banquisa de la que dependen la caza y el transporte. En medio de estas dificultades, Nunavut representa un experimento único de autogobierno indígena y un modelo de cómo un pueblo puede recuperar el control de su tierra en el corazón del Ártico.