La isla de Terranova y la vasta región continental de Labrador fueron hogar de pueblos originarios distintos: los beothuk en la isla, los innu y los inuit en Labrador, y los mi'kmaq que llegaron más tarde. La tragedia de los beothuk marca la historia de la provincia: acorralados por la colonización y las enfermedades, desaparecieron como pueblo en 1829 con la muerte de Shanawdithit, la última superviviente conocida, fallecida de tuberculosis en St. John's.
En el extremo norte de la isla se encuentra el primer y único asentamiento vikingo confirmado en América: L'Anse aux Meadows, ocupado hacia el año 1021 —fecha establecida con precisión mediante el estudio de los anillos de la madera— y hoy Patrimonio de la Humanidad. Es la prueba de que los europeos llegaron al continente casi cinco siglos antes que Colón. En 1497, Juan Caboto arribó a estas costas y difundió la noticia de un mar rebosante de bacalao.
Durante siglos, los Grandes Bancos de Terranova fueron el mayor caladero de bacalao del mundo, disputado por pescadores ingleses, franceses, portugueses y vascos, que secaban su captura en las costas antes de llevarla a Europa. En 1583, Sir Humphrey Gilbert tomó posesión de la isla para la reina Isabel I, convirtiéndola en la primera colonia inglesa de ultramar. St. John's, su capital, es una de las ciudades europeas más antiguas de Norteamérica.
Terranova siguió un camino aparte del resto de Canadá. Rechazó unirse a la Confederación en el siglo XIX y llegó a ser un dominio autónomo dentro del Imperio Británico. La Gran Depresión, sin embargo, la llevó a la quiebra y a renunciar a su autogobierno en 1934, quedando bajo administración directa de Londres.
Tras la Segunda Guerra Mundial, el futuro de Terranova se decidió en dos ajustados referéndums. Impulsada por Joey Smallwood, que prometía los beneficios sociales del Estado canadiense —seguro de desempleo, pensiones, el 'baby bonus'—, la opción de la unión con Canadá venció en 1948, y el 31 de marzo de 1949 Terranova y Labrador se convirtió en la décima y última provincia en incorporarse a la Confederación. Smallwood fue su primer premier hasta 1972.
La dependencia del bacalao terminó en catástrofe. La sobreexplotación con flotas industriales redujo la biomasa reproductora en más de un 90% en tres décadas, y el 2 de julio de 1992 el gobierno federal decretó una moratoria total a la pesca del bacalao del norte. Fue el mayor despido de la historia canadiense: unas 30.000 personas quedaron sin trabajo de la noche a la mañana y se puso fin a un modo de vida de siglos en cientos de pequeñas aldeas pesqueras (outports).
Terranova ofrece algunos de los paisajes más dramáticos de Canadá. El Parque Nacional Gros Morne, Patrimonio de la Humanidad, protege fiordos glaciares y las Tablelands, una extensión de roca ocre del manto terrestre expuesta por la tectónica de placas que hizo del parque un sitio de referencia mundial para la geología y la teoría de la deriva continental.
St. John's, la capital, con sus casas de colores trepando las laderas del puerto y su faro de Cape Spear —el punto más oriental de Norteamérica—, es la puerta de la provincia. La cultura terranovense, con su acento de raíz irlandesa e inglesa inconfundible, su música, sus icebergs a la deriva y su legendaria hospitalidad, es una de las más singulares y queridas del país.
A menudo eclipsada por la isla, la parte continental de la provincia —Labrador— es un territorio inmenso y salvaje casi tres veces mayor que Terranova, de tundra, taiga y montañas. Es hogar ancestral de los innu y de los inuit, estos últimos organizados desde 2005 en el gobierno autónomo de Nunatsiavut, el primero de su tipo para los inuit dentro de una provincia canadiense. El Parque Nacional Torngat Mountains, cogestionado con las comunidades inuit, protege los picos más altos del este continental de Canadá.
Labrador guarda además una de las mayores obras hidroeléctricas del mundo, la central de Churchill Falls, y enormes reservas de hierro en torno a Labrador City. La ruta costera y la Trans-Labrador Highway abren poco a poco esta última gran frontera a los viajeros más aventureros, en un paisaje donde los caribúes migran por millares y la naturaleza conserva una escala abrumadora.