Veliko Tarnovo fue la capital del Segundo Imperio Búlgaro entre 1185 y 1393 y, en su apogeo, una de las grandes ciudades de los Balcanes. Encaramada sobre las curvas del río Yantra, en tres colinas fortificadas, fue elegida por los hermanos Asen y Pedro precisamente por lo defendible de su posición cuando encabezaron la rebelión contra Bizancio en 1185. Desde aquí, el zar Iván Asen II convirtió a Bulgaria en la potencia dominante de la región en el siglo XIII.
Tarnovo no fue solo un centro de poder, sino también de cultura y religión: albergó al patriarca búlgaro y a la Escuela Literaria de Tarnovo, que renovó la lengua y la literatura eslavas. Su esplendor terminó de golpe en 1393, cuando los otomanos la tomaron y la quemaron tras un asedio de tres meses.
La fortaleza de Tsarevets, sobre una de las colinas de Tarnovo, era el corazón político y religioso del imperio: allí estaban el palacio de los zares y la sede del patriarcado. Reconstruida en gran parte en el siglo XX, hoy es el gran símbolo de la ciudad, y cada noche un espectáculo de luz y sonido recrea sobre sus muros la historia de Bulgaria.
En la roca vecina de Trapezitsa se agrupaban las iglesias y las casas de la nobleza. Este paisaje de casas que trepan por un cañón, coronadas por la ciudadela iluminada, hizo que Tarnovo conservara su prestigio simbólico incluso después de perder la capitalidad. Por eso, cuando Bulgaria renació como estado, se volvieron los ojos hacia ella.
El peso simbólico de la vieja capital medieval reapareció en los momentos fundadores del estado moderno. En 1879, apenas liberada Bulgaria, fue en Veliko Tarnovo donde la Asamblea Constituyente aprobó la primera ley fundamental del país, la Constitución de Tarnovo, un texto notablemente liberal para su época. Y fue también en Tarnovo donde, el 5 de octubre de 1908, el príncipe Fernando proclamó la independencia total de Bulgaria y se coronó zar.
Elegir Tarnovo para estos actos no fue casual: era una manera de enlazar la nueva Bulgaria con la gloria del imperio medieval, de decir que el estado no nacía de la nada sino que resucitaba tras cinco siglos de interrupción otomana.
A orillas del Danubio, en la frontera con Rumania, Ruse floreció en el siglo XIX como la ciudad más cosmopolita y europea de Bulgaria. Su elegante arquitectura neobarroca y secesionista le valió el apodo de "pequeña Viena". Aquí funcionó el primer ferrocarril del país, la línea Ruse-Varna inaugurada en 1866, que conectaba el Danubio con el Mar Negro, y llegaron los primeros bancos, consulados y periódicos modernos.
Esa apertura al mundo dejó también una huella cultural: en Ruse nació en 1905 Elias Canetti, futuro Premio Nobel de Literatura, que retrató en sus memorias la mezcla de lenguas y comunidades —búlgaros, judíos sefardíes, turcos, griegos, armenios— de su ciudad natal. Hoy el gran puente sobre el Danubio, largamente el único entre Bulgaria y Rumania, sigue marcando su papel de frontera y de puente.
Toda la franja norte de Bulgaria está definida por el Danubio, el gran río que hace de frontera natural con Rumania. Esa condición de límite viene de lejos: en época romana el Danubio era la frontera del imperio, defendida por ciudades-campamento como Novae y Durostorum. A lo largo de la Edad Media fue una zona de paso de invasores —pechenegos, cumanos, tártaros— y de constante disputa.
Fue también aquí donde se libró uno de los últimos capítulos del estado medieval: cerca de estas orillas, la derrota de la cruzada cristiana en la batalla de Nicópolis de 1396 abrió el camino a la caída de Vidin y al fin de la Bulgaria independiente. La llanura danubiana, fértil y cerealera, se convertiría después en el granero del país, con un desarrollo agrícola que marcó su carácter rural.