Plovdiv se cuenta entre las ciudades habitadas más antiguas de Europa, con poblamiento continuo desde el sexto milenio a. C. Fue una fundación tracia; en el 342 a. C. la conquistó Filipo II de Macedonia, el padre de Alejandro Magno, y de él tomó el nombre de Filipópolis. Bajo Roma se llamó Trimontium —la de las tres colinas— y desde el año 46 fue la capital de la provincia de Tracia. De aquella época se conserva un teatro romano del siglo II que todavía se usa para espectáculos, uno de los mejor preservados del mundo.
De cada capa de su historia queda algo: el estadio romano bajo la calle principal, mezquitas otomanas como la Dzhumaya, y sobre todo el barrio antiguo (Stariyat grad), un conjunto excepcional de casas de colores del Renacimiento búlgaro trepadas por las colinas. Hoy, con el barrio creativo de Kapana y su nombramiento como Capital Europea de la Cultura en 2019, Plovdiv reivindica ese cruce milenario de pueblos como su gran seña de identidad.
Koprivshtitsa es un pueblo-museo de casas de colores del siglo XIX, pero su fama viene sobre todo de un hecho concreto: aquí empezó, antes de lo previsto, el Levantamiento de Abril de 1876 contra el dominio otomano. La tradición cuenta que el líder local Todor Kableshkov anunció el inicio de la revuelta con la llamada "carta ensangrentada", escrita según la leyenda con la sangre de un funcionario otomano.
El alzamiento fue aplastado con brutalidad en toda la región de Sredna Gora y en pueblos vecinos como Panagyurishte y Klisura, y la represión desató las matanzas que conmocionaron a Europa. Aquella derrota, sin embargo, precipitó la intervención rusa y la liberación de 1878. Koprivshtitsa quedó como un santuario de la memoria nacional: sus casas de próceres del Renacimiento se conservan casi intactas y hoy funcionan como museos.
Entre las montañas de los Balcanes y la Sredna Gora se extiende el Valle de las Rosas, el corazón de la producción mundial de aceite de rosa. Desde el siglo XVII se cultiva aquí la rosa de Damasco, cuyos pétalos se destilan para obtener el atar de rosa, un aceite esencial carísimo que es materia prima de la alta perfumería internacional. Bulgaria es, todavía hoy, uno de los mayores productores del planeta.
La cosecha, que se hace a mano en las madrugadas de mayo y junio antes de que el sol evapore el aroma, se celebra desde 1903 con el Festival de la Rosa de Kazanlak, con desfiles y la elección de una "reina de la rosa". Este cultivo, más que una postal turística, ha sido durante siglos una parte central de la economía y la identidad de la región.
Kazanlak, capital del Valle de las Rosas, es también la puerta de entrada a uno de los conjuntos arqueológicos más ricos de Bulgaria: el llamado Valle de los Reyes Tracios, sembrado de túmulos funerarios. La tumba tracia de Kazanlak, del siglo IV a. C., conserva unos frescos extraordinarios que representan un banquete funerario y es Patrimonio de la Humanidad desde 1979; como la original es frágil, se visita una réplica exacta.
En los alrededores se encuentran otras tumbas espectaculares, como la de Golyama Kosmatka, donde apareció una máscara de oro, y los restos de Seutópolis, la capital del rey tracio Seutes III. Todo esto recuerda que, mucho antes de los búlgaros, esta región fue el núcleo del reino odrisio, la organización política más poderosa que tuvieron los tracios.
Más allá de cada lugar puntual, toda la Bulgaria central fue el escenario donde se fraguó el Renacimiento Nacional del siglo XIX. Las ciudades y pueblos de las faldas de la Sredna Gora y los Balcanes se enriquecieron con el comercio de la lana, el cuero y el aceite de rosa, y esa prosperidad financió escuelas, iglesias y las casas señoriales que hoy definen el estilo del Renacimiento búlgaro.
Esa misma base económica y cultural fue la que sostuvo la conspiración revolucionaria. No es casualidad que el Levantamiento de Abril tuviera su epicentro justo aquí, ni que Plovdiv —capital de la efímera Rumelia Oriental entre 1878 y 1885— fuera protagonista de la unificación de 1885 que juntó al principado con esa provincia autónoma del sur. El centro fue, a la vez, el cerebro cultural y el corazón rebelde de la Bulgaria moderna.