Sarajevo es, en lo esencial, una creación otomana. Aunque en el valle del Miljacka hubo asentamientos ilirios, romanos (la cercana Aquae Sulphurae, en la actual Ilidža) y medievales eslavos, la ciudad tal como la conocemos nació en la década de 1460, poco después de que el Imperio otomano incorporara el reino medieval de Bosnia. El gobernador Isa-beg Ishaković levantó entonces los edificios fundacionales de una ciudad musulmana: una mezquita, un mercado cubierto, un hamam (baño público), un puente sobre el Miljacka, un albergue de caravanas y su propia residencia, el 'saray'. De ese palacio y del campo que lo rodeaba —'saray ovası'— derivó el nombre de la ciudad: Sarajevo.
El gran salto llegó en el siglo XVI de la mano de Gazi Husrev-beg, gobernador (sanjakbey) de Bosnia y uno de los grandes mecenas del Imperio. Entre 1521 y 1541 dotó a Sarajevo de un conjunto monumental extraordinario: la gran mezquita que lleva su nombre (1531), una madraza, una biblioteca, un bezistan (mercado de telas), baños, fuentes y una cocina pública para los pobres, todo financiado con fundaciones piadosas (vakuf). Bajo su impulso, Sarajevo se convirtió en la ciudad más importante de Bosnia y en uno de los grandes centros urbanos otomanos de los Balcanes, con decenas de mezquitas, barrios (mahala) organizados en torno a ellas y un bazar bullicioso, la Baščaršija, dividido por gremios de artesanos.
Aquella Sarajevo otomana era ya una ciudad cosmopolita. A los musulmanes bosnios se sumaron comerciantes y artesanos ortodoxos y católicos, y, sobre todo, los judíos sefardíes expulsados de España en 1492, que se instalaron en la ciudad, levantaron su sinagoga y aportaron su lengua (el ladino) y su cultura. Esa convivencia de credos, que perduraría durante siglos, es el origen del carácter multicultural que todavía define a Sarajevo.
Durante los siglos XVI y XVII, Sarajevo vivió su época de mayor esplendor otomano. Era una ciudad rica y populosa, con un comercio activo que la conectaba con Estambul, Dubrovnik y Venecia, y con una vida urbana refinada de mezquitas, tekkes (conventos de derviches), fuentes y cafés (el café, de hecho, llegó a Europa en buena parte a través de ciudades como esta). La población era mayoritariamente musulmana, pero con comunidades ortodoxa, católica y sefardí bien establecidas, cada una con sus barrios y templos.
Ese auge se quebró en 1697. Durante la Gran Guerra Turca, un ejército de los Habsburgo al mando del príncipe Eugenio de Saboya realizó una incursión relámpago hasta Sarajevo, saqueó la ciudad y la incendió casi por completo. El desastre fue brutal: la mayor parte de la Sarajevo de madera ardió y muchos habitantes huyeron o murieron. La ciudad se reconstruyó, pero nunca recuperó del todo su antiguo peso, y a lo largo del siglo XVIII y comienzos del XIX vivió una lenta decadencia, marcada además por epidemias y por las tensiones entre el poder central otomano y los notables bosnios locales.
En el siglo XIX, el debilitamiento del Imperio otomano y el ascenso de los nacionalismos en los Balcanes alcanzaron también a Bosnia. Hubo revueltas de los señores bosnios contra las reformas de Estambul y, más tarde, levantamientos campesinos. La gran insurrección de 1875-1878 en Bosnia y Herzegovina, contra los impuestos y el dominio otomano, tuvo repercusión internacional y precipitó el fin de una era: en el Congreso de Berlín de 1878, las grandes potencias decidieron el destino de la provincia.
En 1878, el Congreso de Berlín entregó la administración de Bosnia y Herzegovina al Imperio austrohúngaro, que la ocupó pese a la resistencia local, y que en 1908 se la anexionó formalmente. Para Sarajevo, cuatro décadas de dominio de Viena supusieron una transformación radical. La ciudad se modernizó a marchas forzadas: llegaron el ferrocarril, el tranvía (Sarajevo fue una de las primeras ciudades de Europa con tranvía en servicio permanente), el alumbrado, los bancos y una nueva arquitectura centroeuropea que convivió con el bazar otomano. Se levantaron edificios señoriales, la catedral católica del Sagrado Corazón, la vistosa Vijećnica pseudomorisca y anchas avenidas, dando lugar a esa doble ciudad —oriental y occidental— que todavía hoy define su centro.
Pero bajo la modernización latía el descontento. Muchos serbios de Bosnia aspiraban a unirse a Serbia, y surgieron organizaciones nacionalistas clandestinas como la Joven Bosnia. Ese malestar estalló en la mañana del 28 de junio de 1914, cuando el archiduque Francisco Fernando, heredero del trono austrohúngaro, visitaba Sarajevo con su esposa Sofía. Junto al Puente Latino, sobre el Miljacka, un joven miembro de la Joven Bosnia, Gavrilo Princip, disparó y mató a la pareja.
El magnicidio fue la chispa que encendió la Primera Guerra Mundial: en las semanas siguientes, el sistema de alianzas europeas arrastró a las grandes potencias a una guerra que dejaría millones de muertos y cambiaría el mapa del mundo. Sarajevo quedó así inscrita para siempre en la historia universal como el lugar donde empezó el siglo XX de las catástrofes. El edificio de la esquina del atentado alberga hoy un museo dedicado a aquel período.
Tras 1918, Sarajevo pasó a formar parte del nuevo Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, rebautizado Yugoslavia en 1929. La Segunda Guerra Mundial golpeó a la ciudad con dureza: en 1941 quedó bajo el control del Estado Independiente de Croacia, aliado del Eje, y la comunidad judía sefardí de Sarajevo, una de las más antiguas y arraigadas de los Balcanes, fue casi enteramente exterminada en el Holocausto, junto a serbios y romaníes. Aquella tragedia borró en pocos años una parte esencial del alma multicultural de la ciudad. Sarajevo fue liberada en 1945 por los partisanos yugoslavos.
En la Yugoslavia socialista de Tito, Sarajevo se convirtió en la capital de la república de Bosnia y Herzegovina y vivió décadas de crecimiento y modernización. Se levantaron nuevos barrios de bloques (como Novo Sarajevo y Dobrinja), se industrializó y se consolidó como una ciudad de convivencia entre bosnios musulmanes, serbios ortodoxos, croatas católicos y otros, con altas tasas de matrimonios mixtos y un fuerte sentido de identidad común.
El momento de mayor orgullo llegó en febrero de 1984, cuando Sarajevo fue sede de los Juegos Olímpicos de Invierno, los primeros celebrados en un país socialista. Las montañas que rodean la ciudad —Jahorina, Bjelašnica, Igman, Trebević— se llenaron de pistas, y la ciudad se mostró al mundo moderna, abierta y confiada. Aquella imagen luminosa de la Sarajevo olímpica haría más doloroso, apenas ocho años después, el contraste con lo que vendría.
Con la disolución de Yugoslavia y la independencia de Bosnia y Herzegovina en 1992, estalló una guerra que dividió al país por líneas étnicas y nacionales. Sarajevo, capital de la nueva república y símbolo de la convivencia, quedó cercada. Entre abril de 1992 y febrero de 1996, las fuerzas serbobosnias, apostadas en las montañas que rodean la ciudad, la mantuvieron rodeada y bajo fuego durante casi cuatro años: fue el asedio más largo de una capital en la historia de la guerra moderna. Este texto lo aborda de forma sobria, remitiendo a la abundante bibliografía histórica y judicial sobre el tema.
La población civil vivió esos años sin electricidad, agua ni gas de forma regular, con escasez de alimentos y bajo el fuego constante de la artillería y de los francotiradores; la avenida principal fue apodada 'callejón de los francotiradores'. Murieron miles de personas, muchas de ellas civiles, incluidos numerosos niños. Episodios como las matanzas del mercado de Markale (1994 y 1995), causadas por proyectiles de mortero, tuvieron enorme repercusión internacional. Pese a todo, la ciudad mantuvo un extraordinario pulso de resistencia: siguió habiendo escuela, teatro, prensa, conciertos y hasta un concurso de belleza bajo las bombas.
El único enlace con el exterior fue el Túnel de la Esperanza, cavado a mano en 1993 bajo la pista del aeropuerto controlado por la ONU, por el que entraban alimentos, ayuda y armas y salían heridos. La guerra en toda Bosnia dejó cerca de cien mil muertos y millones de desplazados, e incluyó crímenes atroces, como el genocidio de Srebrenica de 1995, juzgados después por el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia. El asedio de Sarajevo terminó tras los Acuerdos de Dayton, firmados a finales de 1995, que pusieron fin a la guerra. Hoy, las 'rosas de Sarajevo' —cráteres de mortero rellenos de resina roja— recuerdan en el asfalto, sin estridencias, a las víctimas.
Los Acuerdos de Dayton de 1995 pusieron fin a la guerra y organizaron Bosnia y Herzegovina en dos entidades: la Federación de Bosnia y Herzegovina y la República Srpska, dentro de un mismo Estado. Sarajevo quedó como capital, aunque una parte de su periferia oriental pasó a la Srpska (la actual Istočno Sarajevo). Reconstruir la ciudad y, sobre todo, recomponer la convivencia fue una tarea larga: durante años, edificios acribillados y solares vacíos convivieron con las obras de rehabilitación, y muchos vecinos no volvieron.
Con el paso del tiempo, Sarajevo fue renaciendo. Se restauraron monumentos emblemáticos, como la Vijećnica, reabierta en 2014 tras arder en 1992; se reconstruyó el teleférico de Trebević en 2018; y la ciudad recuperó su vida cultural, con festivales de prestigio como el Sarajevo Film Festival, nacido durante el asedio y hoy uno de los más importantes del sureste de Europa. El turismo creció, atraído por la mezcla única de historias y culturas, por la calidez de su gente y por unos precios asequibles.
La Sarajevo de hoy sigue cargando con el peso de su historia y con los problemas de un país complejo y a veces bloqueado políticamente. Pero es también una capital viva, joven y hospitalaria, orgullosa de su condición de encrucijada de culturas. Pasear por Baščaršija con el aroma del café bosnio, cruzar la línea que separa Oriente y Occidente, asomarse a una rosa de Sarajevo o ver el atardecer desde la Žuta Tabija es entender, en pocas horas, cómo una ciudad puede haber sido a la vez escenario del inicio de un siglo trágico y símbolo de resistencia y reconciliación.