Pocos viajeros que brindan hoy con una copa de singani en el Valle de la Concepción saben que ese trago tiene un origen tan improbable como fascinante: nació para resolver un problema logístico del imperio español en el Cerro Rico de Potosí. A mediados del siglo XVI, con la plata potosina moviendo media economía mundial, los misioneros jesuitas y franciscanos que acompañaban la conquista promovieron los primeros viñedos al sur del Alto Perú, en los valles que hoy son Tarija y Chuquisaca, buscando abastecer de vino de misa y de mesa a una ciudad minera que crecía a un ritmo vertiginoso y que quedaba lejísimos de cualquier puerto.
Según documentos del Archivo Histórico de Potosí, ya en 1550 existían plantaciones de moscatel de Alejandría —una variedad de origen mediterráneo, traída en 1535 junto con esquejes de las bodegas de Jerez y La Rioja— en el valle de 'Sinkani', en la provincia Nor Lípez del actual departamento de Potosí. Ese topónimo, Sinkani, es señalado por buena parte de la tradición oral y varias fuentes especializadas como el origen probable de la palabra 'singani', aunque el propio nombre sigue siendo objeto de debate entre historiadores y sommeliers.
La moscatel de Alejandría encontró en los valles de Tarija —de clima templado, luminoso y con una amplitud térmica extrema entre el día y la noche— una tierra casi hecha a su medida. El Valle de la Concepción, por sus condiciones particulares dentro de esos valles, se fue afirmando como uno de los núcleos principales de esta viticultura de altura, concentrando viñedos y bodegas que con el tiempo terminarían plantándose entre los 1.700 y los 2.400 metros sobre el nivel del mar, entre los más elevados del planeta.
Durante siglos, la producción tuvo un carácter sobre todo local y artesanal, ligado a bodegas familiares que elaboraban vino y, especialmente, un aguardiente que resolvía un problema muy práctico: el vino de los valles del sur no siempre viajaba bien por los caminos de mula hacia Potosí, pero destilado en singani se conservaba, pesaba menos y llegaba entero. Esa larga tradición fue sentando las bases de una cultura vitivinícola profundamente arraigada en la identidad de la región, que más tarde daría el salto hacia una producción moderna y reconocida internacionalmente.
El producto más emblemático nacido de estos valles es el singani, el aguardiente de uva que se ha convertido en la bebida nacional de Bolivia. Se elabora por destilación del vino obtenido de la uva moscatel de Alejandría, cultivada en los viñedos de altura, lo que le confiere un aroma floral y un carácter particulares, muy distinto al de otros aguardientes de uva americanos como el pisco o la grappa. Su elaboración en la región se remonta a la época colonial y ha sido transmitida de generación en generación, sobrevivió guerras, sequías y el fin del propio imperio que lo vio nacer.
Con el tiempo, el singani obtuvo el reconocimiento como producto con denominación de origen, vinculado específicamente a determinadas zonas productoras de los valles del sur de Bolivia, entre ellas los valles tarijeños donde se inserta el Valle de la Concepción. Esta protección legal reconoce la importancia del origen geográfico, la variedad de uva y los métodos de elaboración en la identidad y la calidad de la bebida, y significa en la práctica que solo puede llamarse 'singani' al aguardiente elaborado en estas zonas específicas, bajo reglas definidas.
El singani es mucho más que un licor: forma parte de la cultura y la sociabilidad bolivianas, presente en celebraciones patrias, matrimonios, fiestas patronales y en cócteles populares como el chuflay (singani con bebida gaseosa de lima-limón, la combinación más pedida en cualquier boliche del país) y el yungueñito. El Valle de la Concepción, como uno de sus territorios de origen, es un lugar privilegiado para conocer su elaboración, degustarlo directamente en destilería y comprender su papel en la identidad nacional boliviana, algo que ningún otro país puede replicar exactamente.
En las últimas décadas, la industria del vino y el singani de Tarija experimentó una notable modernización. Junto a las antiguas bodegas familiares y artesanales surgieron modernas instalaciones de las principales marcas bolivianas, que apostaron por mejorar la calidad, incorporar tecnología y proyectar los vinos de altura tarijeños en los mercados nacional e internacional. El Valle de la Concepción quedó en el centro de este renacer vitivinícola, que hoy hace que el Valle de Tarija, el más importante del país, concentre más del 80% de toda la producción vitivinícola boliviana.
De la mano de esa modernización llegó el enoturismo. La ruta del vino y el singani, que recorre las bodegas del valle ofreciendo visitas, explicaciones y catas, convirtió a la región en uno de los principales destinos enoturísticos de Sudamérica, comparado incluso por especialistas internacionales con regiones emergentes de altura de otros países andinos. El valle, con sus viñedos, sus bodegas y su clima amable, pasó a ser un atractivo turístico de primer orden del departamento de Tarija, y hoy recibe visitantes de todo el mundo curiosos por probar un vino que crece más cerca del cielo que casi cualquier otro en el planeta.
La Fiesta de la Vendimia (o Fiesta de la Uva), que celebra la cosecha con catas, música, danzas y tradición, corona cada año este calendario enoturístico y reafirma el vínculo entre la comunidad y su cultura del vino. Durante esos días, el valle se llena de visitantes bolivianos y extranjeros, y el pisado tradicional de la uva —con los pies, al ritmo de coplas chapacas— recuerda que, detrás de las etiquetas premiadas internacionalmente, sigue habiendo una tradición campesina de siglos. Así, el Valle de la Concepción ha sabido transformar su antigua vocación agrícola en una experiencia que combina paisaje, historia, gastronomía y la rica tradición vitivinícola de los valles del sur boliviano.
El Valle de la Concepción es la cabecera del municipio de Uriondo, en la provincia Avilés del departamento de Tarija, y su historia está entrelazada con la del poblamiento de los valles tarijeños. Tras la fundación de Tarija en 1574 por Luis de Fuentes y Vargas, los valles cercanos —fértiles y de clima benigno— se fueron poblando de haciendas y caseríos dedicados a la agricultura, la vid y la cría de ganado, dando origen a una sociedad rural de fuerte identidad propia, muy distinta de la del altiplano frío que domina buena parte de Bolivia.
De ese mundo de valle nació la cultura chapaca, el modo de ser tarijeño, con su música de coplas y erkes, sus tonadas, sus comidas (saice, cabrito, chancho a la cruz), su devoción religiosa y su carácter alegre y hospitalario, a menudo descrito como el más 'andaluz' o mediterráneo de toda Bolivia, quizás no por casualidad en la misma región donde se aclimató la vid europea. El Valle de la Concepción, con su iglesia, su plaza y sus tradiciones, es uno de los lugares donde mejor se respira esa identidad chapaca, ligada a la tierra, al vino y a las fiestas patronales.
El municipio de Uriondo lleva su nombre en homenaje a figuras de la historia regional, y a lo largo del tiempo el valle ha combinado su vocación agrícola y vitivinícola con una vida comunitaria rica en tradiciones. Comprender el valle no es solo conocer sus bodegas, sino también esta cultura chapaca que le da alma: la copla que se canta en la vendimia, el vino que se comparte entre vecinos y el orgullo de una identidad regional que se siente, con razón, distinta al resto del país.
El despegue moderno de la viticultura del Valle de la Concepción y los valles tarijeños se apoyó en algunas bodegas pioneras. Bodegas y Viñedos Kohlberg, fundada en 1963 por Julio Kohlberg Chavarría en Santa Ana la Vieja, a unos 15 kilómetros de Tarija, es considerada la bodega más antigua de Bolivia en su escala industrial y abrió el camino de la producción tecnificada; hoy cultiva 147 hectáreas de variedades francesas y produce millones de litros de vino al año. A ella se sumaron, en las décadas siguientes, casas como Aranjuez, Campos de Solana y Casa Real, esta última especializada en singani y hoy la marca más premiada del país, que profesionalizaron la elaboración y comenzaron a competir en concursos internacionales.
En las últimas décadas, los vinos de altura de Tarija —con variedades como malbec, tannat, cabernet sauvignon y la moscatel de Alejandría para el singani— han obtenido premios y reconocimientos en certámenes de distintos países, lo que ha puesto a Bolivia en el mapa vitivinícola mundial, un logro notable para un país que hasta hace pocas décadas no figuraba en ninguna guía internacional de vinos. La marca colectiva 'Vinos y Singanis de Altura' subraya el rasgo distintivo de la región: viñedos entre los más elevados del planeta, superados en altitud por muy pocas regiones vitivinícolas del mundo, como algunos experimentos recientes en el Tíbet.
Este reconocimiento ha reforzado el orgullo local y el desarrollo del enoturismo. Hoy, recorrer las bodegas del Valle de la Concepción —desde Campos de Solana y su elegante terraza hasta la Casa del Singani de Casa Real, con su portal de madera chiquitana— es asistir a la convivencia de la tradición artesanal de siglos, la que empezó en el valle de Sinkani para abastecer a los mineros de Potosí, con instalaciones modernas que hoy exportan a otros continentes. Un valle que ha sabido transformar cuatro siglos y medio de historia vitivinícola en su mayor atractivo turístico.