El 5 de septiembre de 1986, una avioneta Cessna sobrevolaba la meseta de Huanchaca, en el extremo más remoto del noreste boliviano, cuando sus ocupantes divisaron algo que no debía estar ahí: una pista de aterrizaje en pleno corazón de una selva que se suponía deshabitada. Decidieron bajar a investigar. En cuanto las ruedas tocaron tierra, hombres armados salieron de la maleza y abrieron fuego. Murieron el piloto Juan Cochamanidis, el guía Franklin Parada y el naturalista boliviano Noel Kempff Mercado; solo el científico español Vicente Castelló logró escapar y esconderse entre los matorrales. Cuando la policía llegó días después, encontró los restos desmantelados de la mayor fábrica de cocaína descubierta hasta entonces en Bolivia, con documentación que involucraba a funcionarios de alto rango. Ese episodio, tan brutal como revelador, es el origen del nombre que hoy lleva uno de los parques más extraordinarios del planeta.
Porque más allá de esa historia trágica, lo que protege el parque es un paisaje de otro tiempo geológico: las grandes mesetas de arenisca, en especial la de Caparú o Huanchaca, que se alzan abruptas sobre la llanura del noreste cruceño. Estas formaciones, de paredes verticales de cientos de metros, son vestigios de antiquísimas plataformas geológicas erosionadas a lo largo de millones de años, emparentadas con los tepuyes del escudo guayanés que dominan la Gran Sabana venezolana.
De los bordes de estas mesetas se precipitan grandes cascadas —como El Encanto y Arcoíris—, alimentadas por las lluvias y los ríos que recorren las altiplanicies. El contraste entre las cumbres de roca, los saltos de agua y la selva que las rodea crea escenarios de una belleza sobrecogedora, que durante mucho tiempo permanecieron prácticamente desconocidos por lo remoto de la región.
Esta naturaleza intacta y su singularidad geológica y biológica son el corazón del valor del parque. Las mesetas funcionan como islas ecológicas, con condiciones particulares que favorecen la presencia de especies adaptadas, y aportan al conjunto del área una diversidad de ambientes —de la cima de la meseta a la selva del piedemonte— que pocos lugares del mundo conservan en tan buen estado.
El parque lleva el nombre del naturalista boliviano Noel Kempff Mercado, una de las figuras más importantes de la historia de la ciencia natural y la conservación en Bolivia. Nacido en Santa Cruz de la Sierra, se formó como biólogo y dedicó buena parte de su vida a recorrer, catalogar y estudiar la flora y la fauna del oriente boliviano, en una época en que gran parte de esa región permanecía prácticamente inexplorada científicamente. Su trabajo de campo, paciente y meticuloso, contribuyó de manera decisiva al conocimiento de ecosistemas que hasta entonces apenas figuraban en la literatura científica internacional.
Kempff Mercado no era un investigador de gabinete: sus expediciones lo llevaron una y otra vez a las zonas más remotas de Santa Cruz, incluida la meseta de Huanchaca, cuya riqueza biológica documentó con dedicación. Esa misma pasión por conocer de primera mano los rincones más apartados del país fue, trágicamente, lo que lo llevó a la pista de aterrizaje clandestina donde perdió la vida en 1986, a los 60 años, en la que sería su última expedición.
Como homenaje a su labor y a su sacrificio, el área protegida —que había sido creada años antes con otra denominación— pasó a llevar su nombre. Así, el Parque Nacional Noel Kempff Mercado honra la memoria del científico que tanto hizo por dar a conocer y defender la biodiversidad del oriente boliviano, convirtiendo su nombre en símbolo de la conservación en el país y en advertencia de los riesgos que, incluso hoy, enfrentan quienes trabajan por proteger la naturaleza en zonas de frontera.
El extraordinario valor natural del parque recibió su consagración internacional en el año 2000, cuando la Unesco lo inscribió en la lista de Patrimonio Mundial Natural. El organismo destacó la excepcional diversidad de hábitats —desde las cimas de las mesetas hasta la selva amazónica y las sabanas—, la integridad de sus ecosistemas, prácticamente vírgenes, y su importancia como refugio de una rica fauna y flora, muchas de cuyas especies están amenazadas en otras partes.
El parque, creado originalmente en 1979 y ampliado con el tiempo hasta abarcar una vastísima superficie, es uno de los mayores y mejor conservados de Bolivia. Su lejanía y su difícil acceso, lejos de ser un obstáculo para su valor, han sido en buena medida la clave de su conservación, al mantenerlo a salvo de la deforestación y la presión humana que han afectado a otras regiones del país.
Hoy Noel Kempff Mercado representa uno de los últimos grandes refugios de naturaleza intacta de Sudamérica y un patrimonio de relevancia mundial. Visitarlo es un privilegio reservado a quienes están dispuestos a emprender una verdadera expedición; pero, sobre todo, su existencia es un testimonio del compromiso con la conservación de un legado natural irremplazable, sellado con el nombre del científico que entregó su vida por él.
Más allá de su geología y de la memoria de su epónimo, lo que hace de Noel Kempff Mercado un patrimonio irremplazable es su biodiversidad. La convergencia de la selva amazónica, las sabanas del cerrado y los bosques de las mesetas en un mismo territorio sostiene una riqueza biológica extraordinaria: más de 4.000 especies de plantas registradas o estimadas, alrededor de 600 especies de aves, más de un centenar de mamíferos y una herpetofauna y una ictiofauna muy diversas. Conviven aquí especies emblemáticas como el jaguar, el tapir, el ciervo de los pantanos, la nutria gigante, el lobo de crin y el armadillo gigante, muchas de ellas amenazadas en otras regiones.
Esta riqueza no es casual: el parque abarca una gradiente de ambientes —de la cima de la meseta de Caparú a la selva del piedemonte y las sabanas inundables— que multiplica los nichos ecológicos. La baja presión humana, fruto de su aislamiento, ha permitido que esos ecosistemas funcionen en su plenitud, algo cada vez más raro en Sudamérica. Por eso el parque es también un laboratorio científico de primer orden, donde se siguen estudiando especies y procesos naturales.
La zona guarda además una historia humana singular ligada al nombre de Huanchaca. En esa meseta funcionó, a fines del siglo XIX, una explotación ligada a la goma y, mucho después, el lugar quedó tristemente asociado al episodio de 1986 en que un campamento clandestino de procesamiento de cocaína, oculto en la selva, fue el escenario del asesinato de Noel Kempff Mercado y sus acompañantes. Aquel hecho, que conmocionó a Bolivia, terminó por dar al área protegida el nombre del científico y reforzó la voluntad de preservar para siempre este rincón salvaje del oriente boliviano.